. El show
finalizó con una espontánea y sonora ovación de los espectadores que tenía doble
mensaje. Por una parte recibían con agrado el veredicto absolutorio de los
protagonistas encausados en la esperpéntica parodia. Por otra parte, la ovación
tenía también como mensaje una clamorosa recriminación a las formas, modos y
circunstancias empleadas en la conducción del espectáculo a cargo de las
fiscales y del propio presidente, quien al final no supo contener su enfado por
el resultado y, sin los previos avisos preceptivos, ordenó de malas formas el
desalojo de la sala.
El
desenlace final del espectáculo, incluido el texto de despedida, ha creado dos
situaciones dispares, extremas y distintas. Mientras para los dos protagonistas
de la parodia circense, Francisco Camps y Ricardo Costa, el resultado
absolutorio dictado por el Jurado Popular ha sido acogido con alegría y especial
satisfacción, para los guionistas, tramoya, figurantes, actores de reparto y
resto de jaleadores, la cosa ha sido muy distinta. Casi dramática. El conjunto
de diseñadores y ayudantes del esperpento han recibido el final de la
representación como un duro mazazo, totalmente inesperado, que les ha provocado
más fobia y desesperación.
Ante
el importante revés que se han llevado los planificadores del guión, ahora
tienen por delante un tiempo para analizar los resortes del mecanismo activado y
tramado para hundir al expresidente valenciano, Camps, y ver los fallos del
operativo. Pero como aquí, en España, el que no se consuela es porque no quiere,
los defraudados por la absolución no han tardado en cantar victoria, y lo han
hecho sin reparar en consecuencias y autoconfesando el ardid tramado.
Es
el caso del principal muñidor del proceso contra Camps, el portavoz socialista
en la asamblea valenciana, Ángel Luna, a los pocos minutos de anunciarse el
fallo, empezó a echar por la boca eso de la poca gracia que le habían hecho los
argumentos del Jurado. Para redondear la faena, confirmó la trama urdida para el
linchamiento político del procesado diciendo que, al margen de la absolución, el
objetivo de su partido “era destruir la vida política de Camps, y esto se ha
conseguido”. Así de rotundo mostró su satisfacción por el linchamiento moral un
individuo que cuenta en su haber con un dudoso historial.
El
proceso de tres trajes, acuñado durante tres años de ruido mediático y
esperpéntica parafernalia, ha concluido con la celebración de 27 sesiones,
algunas de más de 9 horas de duración, 78 testigos, 3 fiscales, y 19.000 folios
escritos en 59 tomos. El bochornoso espectáculo ofrecido durante un mes nos va a
costar a todos los españoles más de 400.000 euros que, en justicia, deberían de
pagar los instigadores y promotores del espectáculo. Como detalle que muestra la
desproporción del asunto, este proceso ha sido más largo que el de Marta del
Castillo, 19 sesiones, y ha contado con el refuerzo de tres fiscales, uno menos
que en el proceso del 11-M.
La
pantomima ha tenido casi la misma atención mediática y judicial que al 11-M, el
chivatazo del ‘Faisán’, y los medios le han dedicado más atención y espacio que
a asuntos relacionados con el narcotráfico, espolios, robos, siniestros,
asesinatos y resto de causas delictivas.
Y
es que lo de ‘Camps
inocente’, ha hecho que algunos exclamen ¡qué putada!