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Bombón o la economía del cuidado


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28/01/2012

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Hace una semana dábamos un paseo en familia por un parque de la localidad donde vivimos, y entre unos cactus encontramos un perrito, aparentemente abandonado o perdido, que no llegaría a los dos meses de vida. Aparte del susto que tenía encima, sus orejitas estaban heridas e infectadas.


Preguntamos a nuestro alrededor y nadie sabia nada, así que decidimos llevarlo a un centro municipal de recogida de animales que hay cerca de nuestra casa, donde les cuidan y les buscan un nuevo dueño. Pero era sábado por la tarde y estaba cerrado.

Claro, no lo podíamos abandonar; así que fuimos en busca de una clínica veterinaria que estuviera abierta a esas horas para que le curaran sus orejitas. No tardamos en encontrarla. Una amable especialista le curó con delicadeza, nos informó de lo que teníamos que saber y nos dijo que volviéramos al día siguiente para hacer su seguimiento. 

Pasó la noche en casa y, ya se sabe lo que son estas cosas: que si  mira que bonito es, qué ojitos más tristes tiene, qué bien se porta… Total, que al día siguiente ya tenía nombre, Bombón, y una nueva familia adoptiva, la nuestra.

La llegada de Bombón ha sido todo un acontecimiento. Todos estamos ilusionados con el perrito, aunque desde luego supone una reorganización de la vida cotidiana, en la que hay que hacer hueco a nuevas rutinas, preocupaciones y gastos. Pero quiero verlo como una oportunidad a distintos niveles; uno de ellos, sin duda, es la educación de mis hijas, contribuyendo el perrito (con la adecuada mediación de los padres) a que no piensen tanto en sí mismas y en los videojuegos, y a que asuman responsabilidades con el animal y el resto de la familia.

También es una oportunidad para los adultos, a menudo excesivamente tiranizados por las preocupaciones típicas del ego: quién soy, de dónde vengo, a donde voy, qué va a ser de mí, cuanto tengo, cuanto quiero, cómo me ven y demás ruidos mentales que consumen energía y estupidizan distrayendo de lo fundamental.

En cierto modo, algo parecido, pero mucho más intenso, lo vivimos con nuestras hijas al principio de tenerlas, cuando la vida dio un vuelco y nuestra atención, tiempo, energía y demás recursos se pusieron en función de ellas, olvidándonos casi de nosotros mismos. Un antes y un después en la vida, como muchos nos habían advertido. Creo que esta es una experiencia común a la mayoría de padres y madres.

Con un nivel emocionalmente más bajo, desde luego, este descentramiento también lo he experimentado cuando cuido de las plantas de mi casa (no soy un experto, pero me gusta la jardinería). Es decir, cuando te orientas afectivamente al cuidado de algo o de alguien parece que se da con facilidad esa experiencia que los psicólogos llaman “estado de flujo o de fluidez”, que conlleva un alto nivel de olvido de sí mismo y, al mismo tiempo, de satisfacción.

Ahora que tengo perro, mi visión de las personas que también lo tienen ha evolucionado. Cuando pienso en ellas veo ahora a seres humanos que tienen perro porque a muchas les compensa afectivamente (aunque hay otros motivos para tener un perro, claro), pero creo que también les ayuda a descentrarse, a no pensar constantemente en sí mismos, a tener algo vivo que cuidar además de sí mismos. Por no hablar, ciertamente, de que un perro te da la oportunidad de construir una identidad social (según el perro que tengas y el amo que quieras ser) y relacionarte socialmente en el amplio club “de los que tienen perro”, donde las conversaciones giran a menudo en torno al cuidado de estos animales.

Demos ahora un salto de nivel. Me pregunto cómo podemos trasladar esta economía del cuidado a otras esferas de la vida social. Es una economía donde te olvidas de ti mismo para ocuparte de las necesidades de otro y obtienes a cambio satisfacción, cariño y, a menudo, apoyo recíproco. Es una economía en la que la identidad social se construye con relación a lo que se cuida y las interacciones con los demás tienen como objeto de conversación el cuidado de un tercero.

Imaginemos esto, por ejemplo, aplicado al ámbito de las relaciones laborales. Empleadores que cuidan de las necesidades e intereses de los trabajadores que contratan. Trabajadores que cuidan de las necesidades e intereses de los empleadores que les contratan. Empleadores que cuidan de otros empleadores. Trabajadores que cuidan de otros trabajadores. Empleadores, trabajadores, desempleados y ciudadanos en general que cuidan unos de otros olvidándose de sí mismos.

Imaginemos que las negociaciones que tienen lugar estos días con motivo de la crisis entre gobierno, patronal y sindicatos se fundaran en una economía del cuidado, en la que todos se olvidaran de sí mismos para cuidar lo mejor posible del otro.

Sí, ya se que esto es difícil o muy idealista si se prefiere, porque la lógica económica no está construida sobre el cuidado (del otro, sea persona, animal o planta), sino sobre la competencia y la producción de escasez para lograr la apropiación y acumulación privada de los recursos. Además, en la historia reciente no han faltado democracias orgánicas y sindicatos verticales que en buena lógica fascista proclamaban la unidad del Capital y el Trabajo, ignorando, ocultando o negando las condiciones reales de explotación.

Pero también en la historia reciente el Estado del Bienestar surgió como respuesta a las graves consecuencias de un capitalismo dejado a su libre expansión; y se impusieron una serie de regulaciones a la economía de la competitividad excluyente (cabría distinguirla de unacompetitividad inclusiva), con el fin de redistribuir la riqueza, expandir y sostener el crecimiento económico y, al mismo tiempo, generar cohesión social.

Ahora el Estado del Bienestar está en crisis y  el desempleo, la pobreza y la desesperación crecientes están poniendo las bases de un grave conflicto social que antes o después nos estallará en las narices; y entonces nos preguntaremos cómo es posible que esto nos haya ocurrido (¿vuelto a ocurrir?) a nosotros.

El pacto social “para cuidar del otro” que, aun con sus contradicciones e insuficiencias, se había objetivado en el Estado del Bienestar en la Europa capitalista después de la 2ª Guerra Mundial, se está desmoronando ¿Qué va a ser de ese pacto? ¿Alguien piensa que ya no es necesario? ¿o que es imposible de mantener?  Quien piense así ¿es consciente de a dónde conduce la falta de este tipo de pacto? Ahora bien, si es necesario ¿en qué nuevo sistema de relaciones sociales puede objetivarse si el Estado del Bienestar declina o lo derrumban?

Me parece imprescindible un gran ejercicio de mediación social para introducir la economía del cuidado en el debate público y en las políticas necesarias para gestionar esta crisis. Sin un pacto social del cuidado mutuo las cosas se van a poner peor porque a la crisis económica le seguirá una crisis de cohesión social que nos puede retrotraer a tiempos que creíamos superados.

En cuanto a Bombón, sus orejitas ya están mejor y estamos agradecidos a la vida por haberlo puesto en nuestro camino. Ahora él, en cierto modo, también cuida de nosotros.



(+ información en www.javiermalagon.com)



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