China ante la trampa de los ingresos medios

 

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Impresiona la previsión para Asia, representando un 51 % del PIB mundial, quedando Europa en el 18 % y EE. UU. en el 15 %. Dentro de los países asiáticos, China obviamente ocupa el lugar más destacado, un país con una economía que ha crecido más de un 10 % en los últimos cinco años, y que ha sacado de la pobreza a 440 millones de personas, sin apenas resentirse por la crisis financiera y todo ello sobre la base de una movilización de mano de obra con salarios bajos y un papel del Estado omnipresente con grandes inversiones en industrias pesadas y de uso energético intensivo.

China ha sobrepasado a Japón situándose como la segunda economía del mundo y la discusión se centra en determinar cuando superará a EE. UU. para alcanzar el liderazgo mundial, hay quien opina que ello tendrá lugar en esta misma década. De producirse este hecho será la primera vez que un país no occidental se convierte en la primera economía .

Pero no es oro todo lo que reluce, en el informe del Banco Asiático de Desarrollo se pone de manifiesto la imperiosa necesidad para todas las economías asiáticas de realizar reformas, para no caer en lo que el Banco Mundial denomina "la trampa de los ingresos medios", o lo que es lo mismo la posibilidad de estancamiento una vez alcanzado un determinado nivel de riqueza si no se modifica el modelo, al no poder competir con otras naciones exportadoras con salarios bajos ni tampoco con aquellas con capacidad de innovación.

Hay países pobres, ricos y de ingresos medios, para clasificarlos el Banco Mundial toma como referencia los ingresos per cápita y la horquilla para estos últimos se sitúa entre 976 dólares y 11.905 dólares. El reto para estos países es llegar a la categoría de ricos escapando de la de pobres, pero la trampa de los "ingresos medios" consiste en que se acomoden y languidezcan en esta categoría por no implementar las reformas necesarias para dar el salto. 

Como ejemplo de dicha trampa se suele tomar como referencia el caso de Brasil y Sudáfrica tal como se refleja en el gráfico siguiente comparados con Corea del Sur. Se puede comprobar como las economías de los dos primeros países se estancan durante décadas, frente a la pujanza coreana.

En ese sentido, China sigue obsesionada principalmente por el crecimiento del PIB, pero la ventaja competitiva que supone el bajo coste de la mano de obra intensiva se va diluyendo poco a poco. Así, el gigante asiático tiene precisamente como uno de sus principales problemas el del envejecimiento de su población y la reducción de la fuerza laboral, que comenzará a partir de 2020 mucho antes que en otros países asiáticos.

En esta situación también se encuentran India, Indonesia o Vietnam que tendrán que demostrar su capacidad para sortear el citado obstáculo y la desacelaración del crecimiento resultante. De no conseguir tal objetivo, tal como refleja el primer gráfico, en su parte derecha, el PIB asiático representará el 32 %, ocupando la Unión Europea y EE. UU. una posición más favorable (el 26 % y el 23 % respectivamente). Están en juego nada menos un 20 % de PIB mundial.

China debe desarrollar su capacidad de innovación para participar en el sector de los bienes de alto valor, si quiere alcanzar a los países desarrollados. El reto que tiene ante sí, por tanto, deberá centrarse en el terreno de la productividad y de la innovación, fortaleciendo sus instituciones, tanto políticas como económicas y luchando contra la desigualdad, con un mejor reparto de la renta para estimular la demanda interna como motor de crecimiento económico. Es decir deberá implantar un modelo de menor crecimiento, olvidando la obsesión por el crecimiento del PIB, pero más equilibrado y sostenible. Este cambio de mentalidad no será fácil ya que se remonta a Deng cuando afirmó que sin crecimiento económico el Partido Comunista Chino sería historia, pronóstico acertado en lo que se refiere a sus homólogos soviético y del resto de europa oriental. 

Ahora bien, una creciente clase media, objetivo necesario para la economía, demandará más voz, participación y transparencia en la asignación de recursos, quizá esto sea lo más comprometido para el modelo chino de "un país dos sistemas"; pero lo cierto es que quién se aferra a un poder absoluto suele terminar sin ninguno.

La gran paradoja como refleja hoy The Economist es que para triunfar China deberá abandonar la fórmula que le ha funcionado también hasta la fecha.

UNETE



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