Cien años de la hoguera bárbara

    Sin duda Quito es una de las más bellas urbes latinoamericanas, por su ubicación geográfica, por ser un centro político y cultural y por guardar una larga historia de cientos de años. Caminar por las calles de Quito colonial al forastero le causa una extraña sensación como de navegar a través de su historia y leyendas que se remontan a épocas anteriores a la invasión hispana de 1534. Construida la nueva ciudad sobre las ruinas humeantes de la capital imperial del norte del Tahuantinsuyo, brotaron las hermosas edificaciones que hoy conocemos: la iglesia de San Francisco, la Compañía de Jesús, varios monasterios, el Arco de la Reina, la iglesia de Santo Domingo, calles empedradas, en fin, todo un nuevo mundo de arte, belleza arquitectónica transferida desde España, por supuesto con el trabajo sacrificado y de cabezas agachadas pero inteligentes de indígenas para complacer a sus amos, y paradojas, llegando a sublimar su situación sin salida, con amor y productos sin igual.

 

. Caminar por las calles de Quito colonial al forastero le causa una extraña sensación como de navegar a través de su historia y leyendas que se remontan a épocas anteriores a la invasión hispana de 1534. Construida la nueva ciudad sobre las ruinas humeantes de la capital imperial del norte del Tahuantinsuyo, brotaron las hermosas edificaciones que hoy conocemos: la iglesia de San Francisco, la Compañía de Jesús, varios monasterios, el Arco de la Reina, la iglesia de Santo Domingo, calles empedradas, en fin, todo un nuevo mundo de arte, belleza arquitectónica transferida desde España, por supuesto con el trabajo sacrificado y de cabezas agachadas pero inteligentes de indígenas para complacer a sus amos, y paradojas, llegando a sublimar su situación sin salida, con amor y productos sin igual.
    Sobre las ruinas del palacio del Inca Atahualpa, asesinado por Pizarro en Cajamarca poco tiempo atrás, se hizo el templo de San Francisco, y por sus alrededores más templos para honrar al Dios extraño de los indios,  casas de administración civil y militar que en el siglo XVIII se unificarían en el Palacio de Carondelet, obra y genio de Luis Francisco Héctor, Barón de Carondelet, según dicen, el mejor presidente de la Real Audiencia de Quito. Y pasados los siglos, no podía faltar una cárcel grande. Para eso estuvo destinado un personaje singular, enérgico, visionario y constructor, tirano para muchos, el “Santo del patíbulo”, para el sabio Benjamín Carrión, regenerador de los monjes, fusilador, idealista que trajo a los mejores maestros de Europa, controvertido mandatario que vio que era necesario un penal para los corruptos y delincuentes que hoy lleva su nombre, Gabriel García Moreno, y que, aunque lo quieran borrar, no se puede, porque está escrito con tinta indeleble.

    Justamente en el Penal García Moreno, el 28 de enero de 1912, tuvo lugar el crimen más horrendo que registra la historia ecuatoriana y que en los minutos y las horas se prolongó por las calles de Quito hasta concluir en la “hoguera bárbara” de El Ejido. Poco antes, el mismo tren que el Viejo Luchador había construido como un sueño para el porvenir ecuatoriano, se transformó en una pesadilla que lo condujo a su inmolación, exactamente hace cien años, causando vergüenza nacional y dolor en las más íntimas fibras del pueblo que lo aclamó y lo recuerda.

César Pinos Espinoza

UNETE



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