. Caminar por las calles de Quito colonial al
forastero le causa una extraña sensación como de navegar a través de su
historia y leyendas que se remontan a épocas anteriores a la invasión hispana
de 1534. Construida la nueva ciudad sobre las ruinas humeantes de la capital
imperial del norte del Tahuantinsuyo, brotaron las hermosas edificaciones que
hoy conocemos: la iglesia de San Francisco, la Compañía de Jesús, varios
monasterios, el Arco de la Reina, la iglesia de Santo Domingo, calles
empedradas, en fin, todo un nuevo mundo de arte, belleza arquitectónica
transferida desde España, por supuesto con el trabajo sacrificado y de cabezas
agachadas pero inteligentes de indígenas para complacer a sus amos, y
paradojas, llegando a sublimar su situación sin salida, con amor y productos
sin igual.
Sobre las ruinas del palacio del Inca Atahualpa, asesinado por Pizarro
en Cajamarca poco tiempo atrás, se hizo el templo de San Francisco, y por sus
alrededores más templos para honrar al Dios extraño de los indios, casas de administración civil y militar que
en el siglo XVIII se unificarían en el Palacio de Carondelet, obra y genio de
Luis Francisco Héctor, Barón de Carondelet, según dicen, el mejor presidente de
la Real Audiencia de Quito. Y pasados los siglos, no podía faltar una cárcel
grande. Para eso estuvo destinado un personaje singular, enérgico, visionario y
constructor, tirano para muchos, el “Santo del patíbulo”, para el sabio
Benjamín Carrión, regenerador de los monjes, fusilador, idealista que trajo a
los mejores maestros de Europa, controvertido mandatario que vio que era
necesario un penal para los corruptos y delincuentes que hoy lleva su nombre,
Gabriel García Moreno, y que, aunque lo quieran borrar, no se puede, porque
está escrito con tinta indeleble.
Justamente en el Penal García Moreno, el 28 de enero de 1912, tuvo lugar
el crimen más horrendo que registra la historia ecuatoriana y que en los
minutos y las horas se prolongó por las calles de Quito hasta concluir en la
“hoguera bárbara” de El Ejido. Poco antes, el mismo tren que el Viejo Luchador
había construido como un sueño para el porvenir ecuatoriano, se transformó en
una pesadilla que lo condujo a su inmolación, exactamente hace cien años,
causando vergüenza nacional y dolor en las más íntimas fibras del pueblo que lo
aclamó y lo recuerda.
César
Pinos Espinoza