. La hermosa obra
“Manuela”, de Luis Zúñiga, narra detalles de esta joven quiteña, valiente y
perseverante, hija de un español arrogante y orgulloso. Tuvo un amor muy
pronto, un joven militar que rompió su corazón y originó con él el primer
escándalo en el mojigato ambiente quiteño de entonces. Según la novela, decían,
“eso le pasa por tratar de lisonjear a todos los hombres. Le encanta
exhibirse y provocar malos pensamientos
por donde camina”. Un día conoció a un médico y comerciante inglés, de nombre
James Thorne, alto, calvo, delgado y de ojos azules que se enamoró de la joven
de 19 años y poco después se casó, pero así mismo en poco tiempo comenzó a aburrirse de él. Estando en Lima conoció de
las hazañas del Libertador Bolívar que ya había entrado victorioso en Bogotá el
10 de agosto de 1819. Quizá por eso, se embarcó en el Callao con dirección a
Guayaquil para retornar a Quito, en donde la gente se aprestaba para recibir a
Bolívar, momento en el cual la vida de la heroína iba a dar un tremendo giro.
Una multitud recibía al General caraqueño en Quito el 16 de junio de
1822 luego de la batalla de Pichincha. “Se podía distinguir al General que
comandaba el desfile: a caballo con caminar acompasado, su uniforme empolvado,
al igual que del resto de la tropa”, relata Zúñiga. Y ella recordaba: “Cuando se acercaba al paso de nuestro
balcón, tomé la corona de rosas y ramitas de laureles y la arrojé para que
cayera al frente del caballo de S.E.; pero con tal suerte que fue a parar con
toda la fuerza de la caída, a la casaca, justo en el pecho de S. E. Me
ruboricé de la vergüenza, pues el Libertador alzó su mirada y me descubrió aún
con los brazos estirados en tal acto; pero S. E. se sonrió y me hizo un
saludo con el sombrero pavonado que traía a la mano”. Y el autor complementa:
“Era moreno y delgado; su casaca con galones dorados lo distinguía; saludaba a
los balcones y a toda la gente de la calle…” Manuela se comenzó a alejar del
Dr. Thorne, ya no lo amaba, había nacido un nuevo amor. En la Batalla de Junín
estuvo cerca del Libertador, de Sucre, Necochea, La Mar y Miller. El choque
contra los realistas fue horroroso: había cuerpos ensangrentados por todas
partes, hombres pisoteados por la caballería, decapitados, gritería y quejas.
Quizás fue aquí cuando Camacaro, el mulato de Tocuyo, salvó de la muerte a
Necochea, cuando el héroe argentino había caído de su caballo e iba a ser
pisoteado y rematado. El 9 de diciembre de 1824, se produjo un nuevo triunfo en
Ayacucho, “el rincón de la muerte”. Mientras tanto, Thorne, ebrio, lloraba y
condenaba la actitud de Manuela, que perseguía a su Héroe. Le seguía escribiendo,
hasta que un día, fue asesinado por unos maleantes. Fallecido el Libertador el
17 de diciembre de 1830, Manuelita fue desterrada a Paita, porque temían de
ella su venganza por el asesinato de su hermano el General José María Sáenz, en
un oscuro incidente. En el puerto peruano pasó sus últimos días hasta el 23 de noviembre de 1856,
término de su azarosa y apasionada vida, a los 59 años de edad, gorda y
lisiada, abrazando las cartas de Bolívar y sus pequeñas joyas y recuerdos que
alguna vez le regalara. Esperaba su viaje hacia lo desconocido, junto al mar…