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La arrogancia revolucionaria


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25/01/2012

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Se cuenta que Aristipo, que tenía fama de superficial, y a quien Diógenes llamaba “perro real” por la forma cómo se arrastraba ante los poderosos para obtener sus favores, un día se vistió con una indumentaria vieja y remendada para demostrar su sencillez, y que Sócrates cuando lo vio, exclamó: “Tu vanidad se ve a través de los agujeros de tu túnica”.  Algo similar nos sucede con nuestros amigos revolucionarios, quienes, a pesar de hacer gala de su humildad y compenetración con el pueblo, no pueden ocultar su ironía cuando se dirigen a quienes discrepamos de ellos.


No es sólo que un gobernante no se digne a contestar una pregunta de un representante público, como sucede y vemos continuamente en los diferentes países donde primeros ministros y presidentes son interpelados continuamente por sus respectivos parlamentos. Esto supone además que hay al menos dos visiones o concepciones de la política actualmente en pugna en nuestro país. Una que ejercen quienes creen en la interpelación y la rendición de cuentas; y otra que practican los que están convencidos de que su posición y su comprensión de la realidad los exime de darnos a todos nosotros una explicación.  Ello no se debe  únicamente a que nuestros gobernantes actuales precedan casi todos del estamento militar, ni siquiera a la cantidad de poder político y económico que se dice han acumulado, sino que proviene también  de las ideas que los inspiran, de la revolución de corte centralista, intervencionista y colectivista que dicen llevar a cabo, donde la planificación de la economía y de nuestras vidas en general es su principal distintivo.

Esa especie de vanidad parece emanar de la certeza que dicen tener estos líderes sobre los asuntos humanos y la marcha de la sociedad. Es la misma arrogancia que caracteriza a todos aquellos que han calificado de “científico” al llamado materialismo histórico y que Hayek llegó a tildar como “fatal arrogancia”. Una jactancia característica de las revoluciones de inspiración marxista  que parece  fundamentarse en la convicción de que se ha aprendido  “científicamente” cómo y hacia dónde marcha la historia; en la  suposición de  que se puede disponer de un sólo discurso para dar cuenta de toda la realidad y afrontar todas las complejísimas situaciones que se nos presentan en la vida ( por ejemplo, culpando al imperialismo, al capitalismo,. etc.) ; e incluso  en la seguridad de que el conocimiento de un sólo grupo de individuos (por lo tanto, un conocimiento limitado) es más que suficiente para planificar y guiar la vida de todos nosotros en todo momento.

Esta actitud no sería tan perjudicial si a través de ella no se nos estuviera “obligando” a ser libres, controlando todos nuestros actos (desde cómo y qué producir, hasta qué debemos consumir, cuántos dólares gastar, por dónde transitar, qué programas escuchar o ver, qué estudiar, etc.); y si con ella, los que nos están prometiendo libertad política y económica, no nos estuvieran conduciendo paradójicamente por una senda que parece conducir, como lo señaló también Hayek, a la servidumbre.   “La manera más eficaz –dice éste– de hacerle aceptar al pueblo los ideales a los que se quiere que sirva, es hacerle creer que son los mismos que siempre ha perseguido, pero que no se habían comprendido debidamente….la técnica más eficiente para lograr ese propósito consiste en emplear las mismas palabras de antaño, pero dándoles un significado distinto”.

En fin, todo esto parece imposibilitar la comunicación que deberíamos tener con estos compatriotas que, desde su Olimpo, parecen observar cómo nos equivocamos una y otra vez los simples mortales. Otra cosa es determinar si este tipo de arrogancia en política no conduce siempre a abrazar  métodos violentos, como supuso Popper. Pero ese es otro asunto. 



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