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Chile es hoy un país que ha
consolidado posiciones en los mercados mundiales, principalmente como proveedor
de commodities, productos primarios y semielaborados, pero también
desarrollando sectores con producciones e industrias con alta tecnología
incorporada. Somos una sociedad abierta al mundo no sólo en lo económico y
comercial, sino también en lo tecnológico y en lo cultural. Nuestro país es
mercado de prueba para las innovaciones tecnológicas internacionales, hemos
internalizado la Internet como lo hiciéramos con la radio hace poco más de un
siglo. En los hogares la división de funciones ya no responde a la antigua concepción
de padre proveedor, madre a cargo de la casa y los hijos. La mujer incorporada
plenamente a la actividad económica busca formas de conciliar roles y dentro de
ello la consecuencia es que vamos envejeciendo como país. La sociedad chilena
ha mutado, para bien y para mal, las lecturas dependen del ángulo que se quiera
aplicar y lo evidente es que estas complejidades de la vida cotidiana son el
reflejo de un modelo de sociedad que hemos hecho entre todos y frente al cual
se supone deberían pronunciarse las clásicas izquierdas y derechas de la
política moderna.
Cuando alguien, en
la superficialidad de la etiquetas express, me preguntaba si era de derecha o
de izquierda, solía contestar con un “depende con quién me compares”.
Hoy, hasta esa respuesta requeriría muchas explicaciones. Si aplicásemos el filtro de la consecuencia,
separando el decir del hacer, no quedarían títeres con cabeza. Muchos de los
que se declaran de izquierda no han tenido escrúpulos para aliarse o servir a
intereses privados multinacionales. Muchos políticos de derecha han impulsado o
apoyado reformas al modelo económico que eran banderas electorales de los
sectores autodenominados progresistas. Después que la Concertación administró
el modelo por 20 años, las cúpulas dirigentes que manejaron el poder durante
ese período se fueron insertando fuertemente en el sistema, generando alianzas,
puentes, vinculaciones y colusiones entre la política y los negocios, asumiendo que en una
sociedad mediática el poder se sostiene con recursos. De ahí a la primacía del
pragmatismo que dicta que la función de marketing político demanda disponer de
medios; la política dejó de ser asunto de ideologías para pasar a ser un tema
de expertos en marketing y comunicaciones.
Cuando la
Concertación pierde el gobierno es precisamente por el cuestionamiento
profundo que surgió de sus propias filas, frente a malas prácticas que toleró
el pragmatismo político. También fue consecuencia del desencanto por la falta
de voluntad política para atender demandas sociales y a la falta de compromiso
para efectuar correcciones o cambios mínimos en temas sensibles, tales como el
medio ambiente o la previsión social.
En estos momentos, la derecha en el
gobierno busca imponer su impronta, tomar posiciones de centro y representar
sentidas inquietudes de la clase media. Por su parte, la oposición trata de
defender el patrimonio del progresismo y busca un rol diferenciado. Pero se
debate entre un confrontacionismo destructivo, que llena las redes sociales de
epítetos de descalificación; y un colaboracionismo condicionado, que resigna la
paternidad de la idea progresista para apoyar lo que sea bueno para la
ciudadanía. Sin embargo, al interior de esa oposición, las cúpulas se aferran
al poder, sin abrir compuertas, moviendo sus piezas con el pragmatismo de
siempre, manteniéndose al interior de los partidos, instrumentos de poder que
optimizan el bilateralismo, las hegemonías y disputas de siempre. La derrota no
ha abierto espacios a la autocrítica ni a nuevas visiones que refresquen a la
coalición autodenominada de centro izquierda. Por su parte, los sectores de la
izquierda marxista, con una mínima representación parlamentaria, alcanzada
gracias a los pactos con la Concertación, tratan de aglutinar una oposición
combativa, rescatan las banderas de los derechos humanos, pero ven con
desconcierto cómo el gobierno logra gestionar soluciones en frentes que fueron
postergados o desatendidos por la Concertación, y que, por tanto, su impronta
de oposición no puede ser la misma que se desplegó en los ochenta en contra de
un régimen de facto.
En general, la gente de a pie, las
comunidades de base, la sociedad civil, las redes sociales, se van manejando
con una dinámica propia que poco tiene que ver con las categorías gastadas de
izquierdas o derechas.
Una sensibilidad
transversal en la sociedad se refiere a la exigencia de probidad en la gestión
pública y la privada, al trabajo transparente y a la rendición de cuentas.
Mientras se mantenga este divorcio de percepciones, la brecha se profundizará y
si el gobierno logra interpretar esa demanda de un Estado que funcione sin
corruptelas, que fiscalice con efectividad y donde la igualdad ante la ley
comience a ser algo creíble, es altamente probable que los extensos sectores
medios emergentes, generaciones de la post dictadura, generaciones 2.0 en
materia social, avalen un estilo de hacer política que vaya erradicando las
desgastadas etiquetas, por formas de evaluación de la política que tengan que
ver con el milenario adagio que señala que por sus obras los conoceréis. La
prueba de la blancura la coloca una ciudadanía que ya no comulga con ruedas de
carreta.
Periodismo Independiente, Atacama,
19.11.2010