De musas y sirenas. Apuntes sobre música y psicoanálisis
Donde
el sujeto y el objeto se tocan está la vida. (Goethe, 1999: 217)
. (Goethe, 1999: 217)
Este
trabajo se desprende de una pregunta insistente que intersecta mi práctica
clínica y mi espacio como saxofonista. La pregunta se refiere a las relaciones
entre la escucha musical y la escucha de un analista. El primer puente que hace
posible un camino fue el hecho de que todo discurso trae una musicalidad, en
donde a veces dicen más las formas que las palabras. Como músico diría que
improvisar es, casi en su totalidad, escuchar; sólo a partir de ello se puede
intervenir.
La
técnica analítica y la musical se incorporan a la forma de escuchar. De ahí que
la intervención del analista y el momento de intervenir de un músico sigue la
temporalidad y las formas y la inercia de lo que escucha. Quizás en la
formación del analista, la técnica es fundamental y cuando se incorpora
entonces puede devenir arte. La música nos ha acompañado desde el origen del
sujeto y la cultura. Es difícil proponer el momento cronológico de su aparición
pero sabemos que ha sido parte de la historia de las religiones, desde las formas
más arcaicas del ritual. Sin embargo, este carácter mítico de la música es muy
importante cuando abordamos la relación de la música con los procesos primarios
de la subjetividad. Al igual que el concepto de tiempo, no sabemos que es, pero
la hemos usado siempre.
Algunos
filósofos han contribuido a desarrollar un marco teórico para comprender los
procesos de la música. En este campo está la aportación de algunos filósofos
como Hegel que, en La fenomenología del espíritu, la propone como una de las
síntesis más importantes que se ubica antes de la experiencia mística; es el
arte más inmaterial y, por ello, el más cercano al espíritu. La improvisación
musical es una forma de sublimar sin pasar por lo simbólico.
El
espacio analítico también es sostenido por el cuerpo. Escuchar es también un
ejercicio del cuerpo en el sentido de que el analista trabaja con su
inconsciente. Una parte importante de la escucha se produce en el cuerpo.
Asimismo, en los terrenos de la música, la improvisación se produce a través de
una relación particular con el cuerpo. Digamos por ahora que el sujeto deviene
su escucha y el cuerpo produce una voz; una manera de leer el espacio, donde lo
que habla es el propio cuerpo. Ahí se articulan una intención, una tonalidad
—que también se le llama color—, el momento de intervenir que es su ritmo, su
propia temporalidad. El músico y el psicoanalista comparten una práctica de la
escucha donde la sonoridad del discurso produce los colores del espacio, pero
también habla de las formas de sus silencios.
Es
bien sabido que uno de los ingredientes inaugurales del psicoanálisis fue el
arte, especialmente la escritura, a partir de la cual Freud nos recuerda los
destinos de la pulsión. En este campo, el artista crea el objeto que será el
destino de su pulsión, desde ahí podemos partir para precisar al acto creador.
En la ejecución musical, el instrumento deviene una extensión del cuerpo.
Deviene otra voz en una lengua que no necesita pasar por lo simbólico. Quizás
la escucha del músico se produce entre lo real y lo imaginario.
El
acto de improvisar en un instrumento es una forma de crear el destino de una
pulsión sin la condición de lo simbólico. Sin materia ni palabras. Sin embargo,
es una forma de crear un espacio a partir de sus propias reglas. En este
sentido tiene una r elación con la lógica del juego en la que la actividad
fantaseadora (Freud, 1907) es la que habla a través del sujeto y su instrumento
que, como señalábamos anteriormente, es un solo cuerpo. Un discurso del cuerpo
que aparece desde el espacio de la ensoñación. El instrumento musical tiene un
estatuto particular en este análisis de la relación entre el sujeto y la
música. Aprender a tocar un instrumento significa apropiarse de su
materialidad, hacerlo parte del cuerpo propio, una extensión de nuestra
investidura narcisista. Tocar un instrumento no significa solamente dominar la
parte mecánica del mismo. Un instrumento es una extensión del cuerpo
imaginario; se pierde la frontera entre el músico y el instrumento, de la misma
forma que se pierde la frontera entre el sujeto y su voz. Aquí cabe dejar
abierta la pregunta sobre los instrumentos del analista.
Para
Liberman la experiencia de la música es una forma lúdica. El acto de tocar
deviene una forma de “jugar con”. Señala: “Un juego que no tendía a una meta
que no fuera el juego mismo. Era el movimiento en cuanto movimiento. Allí tuve
una curiosa intuición de lo que era realmente la música: un jugar con”
(Liberman, 1993: 16). Pero, ¿quienes y cómo serían los participantes en este
juego? El oído del músico no sólo se refiere a la precisión en la afinación,
sino más bien en la escucha. La primera regla del juego es escuchar al otro, es
decir, incluirse en el espacio sonoro. De esta forma de escuchar es de donde
deviene una respuesta; es el cuerpo el que escucha y habla, desde ahí se
produce una respuesta aun cuando aquello que aparece son las formas de un
silencio. Ése es el cuerpo de la obra, su escritura es también un objeto
interior proyectado hacia afuera; sin embargo, ese exterior sigue siendo un
objeto que puede ser nombrado de una infinitud de formas. En el momento de la
interpretación todo el exterior del espacio es una forma proyectada del
interior. Un color del espacio.
La
música nos muestra esa misma dimensión del lenguaje en donde se instaura el
grito inaugural del neonato. Llega como un canto provocado por la separación de
la madre, denunciando su incompletud. En este sentido, la dimensión acústica
acompaña de alguna forma todo el periodo perinatal; una prehistoria del cuerpo
y el sujeto que regresa, que deviene así una rítmica. Estos ritmos y timbres
del interior de la madre envuelven acústica mente el desarrollo perinatal.
Desde ahí se produce la primera relación con el espacio, en su forma más
primitiva. Un espacio indiferenciable, desde el cuerpo de la madre. La madre y
el hijo en un mismo espacio corporal, seno del sentimiento oceánico que después
tratara Freud con dificultades. Al nacer, el espacio rompe fronteras y responde
diferente. El grito es la primera respuesta del cuerpo, arcaica. La música
deviene así en una regresión, quizás como una dimensión mítica, deviene una
re-ligazón a ese periodo prehistórico. En este contexto, Schenquerman señala en
su libro La trama sonora de la interpretación :
Las
líneas melódicas son anteriores a una representación cosa, no a cualquier
huella mnémica. El niño, cuando empieza a imitarse, es que pudo rescatar el
recuerdo de las huellas mnémicas de ese sonido y tiene que ver con los
componentes afectivos y el primer esfuerzo por expresar pensamientos
inconscientes; sólo después surge la palabra (Schenquerman, 1999: 70).
Este
origen de la música se encuentra en el centro de la fundación mítica del
sujeto. Como señala Schenquerman, hablamos un idioma anterior a la
representación palabra. Si la música es la forma más primitiva del lenguaje,
entonces es la primera forma de escritura. Después llegarán las palabras.
Primero liga afecto, luego representación. Primero el grito, luego la voz. La
forma en este sentido antecede al símbolo. Julia Kristeva (1985: 43-79) ubica
en el nivel infralinguístico la dimensión sonora y rítmica que representa a
esta madre. El placer de la música revive la fusión primitiva; en este sentido
rebasa a lo simbólico en la interpretación. Si se escucha desde el cuerpo, eso
implica la operación preponderante de mecanismos inconscientes. El cuerpo
también tiene su forma acústica. La escucha del analista y el oído del músico
comparten una dimensión significante de la forma.
La
música también llega desde adentro, como voces, cantos. Ése ha sido siempre el
territorio donde aparecen las sirenas. La voz hipnótica del deseo que hace
llegar desde afuera sus formas. Una voz del amor alucinado. La ausencia de la
mujer aparecía en la alucinación a partir de su canto. La mujer como bruja aparece
desde el exterior. La música regresa del exterior como el delirio. Así, algunos
marineros que escuchaban su llamado acababan abrazando las olas en el mar.
Entre el amor y la muerte, delirio de amor, de música. Entonces, la música se
escucha desde el mismo lugar donde se origina el grito; el mismo lugar donde
hablan las sirenas.
La
música del diván
La
escucha muestra una musicalidad del discurso desde el diván, que se dirige
hacia el analista desde un espacio imaginario de la transferencia. La primera
apuesta es escuchar cada discurso para que muestre cada caso una forma
distinta, es decir, a partir de sus diferencias. En este campo, el silencio del
analista produce polifonías. El espacio analítico es un foro, un lugar para
escucharse e inventar. En cierta forma, escuchar es hacer el espacio necesario
para inventar. Cada paciente produce un espacio distinto que descubre una forma
diferente de la cura, a destiempos. Quizás la interpretación es un contrapunto
y, en ese contexto, la escansión como puntuación rítmica quizás devenga, con
suerte, una canción.
En
los terrenos del psicoanálisis también encontramos una problemática similar a
la música cuando abordamos el terreno de la transmisión. La relación entre la
técnica y la práctica opera en función de cada sujeto a partir de sus
diferencias. Para la formación del psicoanalista o el oído del músico. ¿Cómo se
enseña a escuchar? ¿Qué se transmite? Las dos artes tienen algunas semejanzas.
Igual que el músico; se enseña la técnica, mas no a tocar. En la música como en
el psicoanálisis no se trata de repetir; se trata de escuchar. Intervenir sólo
escuchando al Otro. De ahí se desprenden algunas consecuencias. Podríamos
preguntarnos: ¿en qué sentido podría la música ser un juego? Este acto
fantaseador se traduce al inglés como play, que literalmente significa jugar.
Lo mismo sucede con la pieza de teatro; en idioma francés el acto musical se
traduce como jouir, que también significa jugar, y en nuestra lengua la palabra
se nombra distinto: tocar.
Necesariamente
improvisar frases melódicas y apalabrar comparten muchos procesos, per o la
improvisación es una escritura sin la inter mediación de lo simbólico. Deviene
una forma de leer el cuerpo propio. Como un atrevimiento de topología, ¿podría
ser una articulación entre lo imaginario y lo real? Inefable; escuchamos en
función de los desfiladeros del proceso primario. La música aparece en una
función histórica, mitológica, es decir, hacia esa primera aproximación al
cuerpo de la madre. En la improvisación, la música parece llenar el espacio de
pura intención; la improvisación sería un arte de hacer un espacio en el otro.
El silencio del analista produce en sus pacientes la posibilidad de que los
analizantes escuchen su propio discurso y, con ello, su propia musicalidad en
la que se reanuda una forma de ligar afecto y representación. ¿Cómo escucha un
analista la musicalidad del discurso? Quizás lo escucha también desde su
cuerpo. Sería otra forma de pensar la atención flotante. Pero no sólo debemos
pensar la operación de esta musicalidad del lado de la escucha, pues también la
intervención del analista tiene su propia tonada. En este sentido, no existe un
discurso sin este envoltorio de tonos, ritmos y colores. El ritmo toma un lugar
preponderante en este intercambio, pues no sólo se refiere a esa pulsación de
las palabras, sino a eso que aparece vedado para el paciente hasta donde los
silencios producen el discurso.
La
dimensión puramente acústica tiene un valor significante desde la
interpretación pues ésta no tiene que ser necesariamente desde lo simbólico,
puede ser onomatopéyica. Un sonido puede invitar al analizante a llenarlo de
palabras.* Este intercambio se realiza desde un proceso dialéctico; el analista
deviene por momentos un espacio de escucha en donde el sujeto reproduce su
propia tonada. También a veces el analista deviene voz, cuando esta melodía
siempre es la misma, efecto de una misma posición discursiva. El sonido y la
palabra es lo único que aparece del analista cuando el paciente apuesta a apalabrar
eso que su cuerpo sabe. En el ensueño desde el diván, la voz invita, el
silencio sostiene, en esta relación provoca la aparición de las palabras, las
hipótesis sobre su condición, así como una temporalidad. En la sesión
analítica, el silencio devuelve al analizante su propia voz en la cual el
analista puede ter minar una sesión en un acto, un fin que apuesta a recomenzar
un tiempo lógico. Un acto que provoque historia.
En
la clínica lacaniana se instala una escucha asociada al tiempo de los procesos
psíquicos (Lacan, 1975). En este sentido se diferencia de la clínica puramente
freudiana en donde el tiempo tiene otro estatuto. Digamos pues, entonces, que
la temporalidad del síntoma es aquello que dicta una rítmica donde se insertan
las intervenciones del analista. Desde ahí, la escansión apuesta a inaugurar
otro instante de la mirada y así un tiempo para comprender.
Este
campo se presta a preguntarnos sobre si el escuchar se trata de una técnica o
un arte, es decir, si el corpus freudiano puede dar cuenta de las diferencias
de cada caso, o quizás la técnica se incorpora para después producir un estilo,
una escucha del analista que puede también habitar una forma del silencio que
abre espacio a la palabra del analizante. Como siempre, la técnica es necesaria
para producir un arte. Cada forma de escuchar es también una forma de producir
un silencio y en cada forma se produce un espacio transferencial. Así, el
cuerpo del analista —es decir, la presencia real— cumple la función de una
provocación a hablar. Cada analizante deviene a través de sus palabras un
espacio diferente en cada sesión. El problema de la relación con la ciencia es
que la técnica y su objeto no parecen resolver la singularidad. La escucha sólo
puede ser de uno a uno a partir de la técnica. Además, de lo simbólico aparecen
formas que contradicen las palabras.
Así,
a veces habla más la forma que las palabras y cada discurso conlleva una
rítmica y una musicalidad. Ahí podría quizás decirse que el cuerpo del analista
escucha la musicalidad del discurso, lo que significa entonces que el analista
trabaja con su inconsciente. Preguntémonos qué caminos recorre la “atención
flotante” planteada por Freud, en donde la fantasía es una de las formas de
realización del deseo en donde se juega la escucha del analista. El
psicoanálisis tendría necesariamente una condición de arte en la producción del
estilo.
¿Como
es entonces la puesta en práctica del saber del psicoanalista cuan do se trata
de un arte? El cuerpo produce una forma de captura, un ejercicio donde el saber
reside en la r elación inconsciente que se produce. Ahí no sólo se muestra un
saber de lo simbólico. La r enuncia a ello puede producir en el cuerpo del
analista una musicalidad que produce los colores del espacio, pero también el
arte de escuchar los silencios.
* Mmm, ohh, ahh, etcétera.
DR. JUAN MANUEL RODRÍGUEZ
PENAGOS: Miembro fundador de Foro Psicoanalítico Mexicano y de la Red Analítica
Lacaniana; saxofonista de jazz. [manerodr@yahoo.com].
BIBLIOGRAFÍA
Goethe, W. (1996). Goethe y la
ciencia, Siruela, Madrid.
Freud, S. (1907). El creador
literario y el fantaseo, t. IX, Amorrortu, Buenos Aires.
Liberman, A. (1993). De la
música, el amor y el inconsciente, Gedisa, Barcelona.
Schenquerman, N. (1999). La trama
sonora de la interpretación, PubliKar, Buenos Aires.
Kristeva, J. (1985). “De la
identificación: Freud, Baudelaire, Stendhal”, en J. Kristeva (coord.), El
trabajo de la metáfora, Gedisa, Barcelona.
Lacan, J. (1975). “El tiempo
lógico y el aserto de certidumbre anticipada. Un nuevo sofisma”, en Escritos 1,
Siglo XXI, México.