No es igual la lógica de razonamiento de un joven político o ciudadano en formación a la de uno curtido por la experiencia que otorga la práctica cotidiana y su ambiente de adiestramiento. Hace unos días durante un almuerzo entre compañeros de trabajo un colega sexagenario me recriminó que yo era un auténtico “escuálido” (término usado en Venezuela para clasificar a una persona de la oposición) por definirme como demócrata. Opté por no contradecirlo y hacerle saber por escrito que el hecho de ser partidario del proceso democrático no significa que pertenezca a una de las tendencias nacionales.




