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El país de las ventanas rotas


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18/01/2012

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Son como las siete de la mañana de un martes cualquiera. Los conductores que transitan por la autopista Francisco Fajardo aceleran sus vehículos para llegar temprano a sus trabajos y evitar la cola que seguramente se formará minutos más tarde. A la altura de la estatua de María Lionza , vía centro, un dálmata bastante asustado trata de cruzar la avenida. Unos y otros  reducen la velocidad con la esperanza de que el animal alcance por fin los jardines del lado derecho. Cuando al fin está por llegar,  un camionetero, en actitud burlona y sin conmoverse, acelera y se lleva por delante al pobre perro. Los diferentes conductores no salen de su asombro, sin embargo saben que deben reanudar la marcha: el trabajo los espera y la bendita cola no se hará esperar. Por lo tanto, hay que tragar grueso y olvidar.  Total, éste es el país que nos tocó vivir, como dice Mingo.


Aunque no  comulgo mucho con aquellos que miman en demasía a sus mascotas y que, sin embargo, no muestran ningún tipo de consideración hacia los que pasan trabajo a su alrededor; y estoy consciente de que lo narrado no es de ninguna manera comparable a las 19.336 muertes violentas que sucedieron en el país durante el año 2011 ,o a los 123.919 casos de personas asesinadas entre el 2003 y el año pasado, este hecho de la vida real pone en evidencia igualmente los niveles alarmantes de deshumanización y violencia en que hemos caído; niveles que han obligado al  episcopado nacional a llamar la atención sobre “la guerra civil camuflada” que vive el país.

No sabemos mucho (más bien poco) sobre el sentido de esto que llamamos existencia. Pero lo que sí parece que tenemos claro es que la misma debe ser lo más placentera y agradable posible; y ello no sería posible si no nos pusiéramos de acuerdo en la forma que debe tener nuestra convivencia. Al respecto, existen varias y diferentes  propuestas;  y es tarea de los políticos y conductores de hombres convencernos de que unas son mejores que otras.  Pero todas, todas, deben incluir tanto el respeto por el otro como por nuestro entorno. Lo contrario nos conduciría a la barbarie y a épocas ya superadas por el hombre.

En 1996  los autores George Kelling y Catherine Coles publicaron un libro de criminología titulado Arreglando ventanas rotas. Restaurando el orden y reduciendo el crimen.  En el mismo se exponía más en detalle la teoría de las Ventanas Rotas que Kelling había expuesto en un artículo académico seis años antes, y que terminó siendo la inspiración de lo que se conoció como la política de  “tolerancia cero”, implementada en New York por el alcalde Rudy Giuliani y el “super policía” Bratton  . En pocas palabras, se trataba de demostrar que en la sociedad suceden cosas similares a las que pueden acontecer, por ejemplo,  en un edificio de apartamentos. Si éste tiene una ventana rota y la misma no se arregla inmediatamente, los desadaptados y antisociales tenderán a romper unas ventanas más y, si la edificación está desocupada, tratarán finalmente de irrumpir en ella. También se ponía el ejemplo de una esquina o un banco de plaza donde se acumulaba un poco de basura. Si la esquina o el banco no se limpian a tiempo, pronto la gente comenzará a dejar bolsas de basura y aquello terminará convirtiéndose en un basurero.

En verdad no sé si esta teoría es correcta o no (aunque lo que sucede en varias esquinas y edificios de Caracas  parece confirmarla). Tampoco entiendo mucho de qué se trata esta revolución. Sin embargo, y mientras tanto, no estaría demás arreglar unas cuantas ventanas o hacer respetar algunas normas de convivencia; pues de lo contrario corremos el riesgo de convertirnos en un país “invivible”, como decía, refiriéndose a República Dominicana,  el desaparecido  presentador quisqueyano Freddy Beras Goico  cuando defendía a algunos de sus compatriotas, como los jugadores de las Grandes Ligas,  que se negaban a regresar a Santo Domingo.  



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