. Dice que se comen a mis adorables haditas, las
que, de acuerdo con el biólogo y autor Richard Dawkins, es imposible demostrar
que no vivan en el fondo de un pozo. Al igual que Dawkins, me siento tan
agnóstica sobre los dioses como sobre las haditas; todos ellos, pienso, son inventos
del pensamiento humano.
“El hecho de que no se pueda probar la no
existencia de Dios es algo aceptado y trivial en el sentido de que nunca
podremos absolutamente demostrar la no existencia de algo”, escribió el
popular ateo británico en su libro El espejismo de Dios.
Lo
que nos lleva a las sabias palabras del filósofo Bertrand Russell, quien decía
lógicamente que es aquel que afirma algo quien debe demostrarlo; y, por
supuesto, si se trata de un evento extraordinario, añadiría Carl Sagan, se
requieren de evidencias igual de extraordinarias para que lo demos como un
hecho. Sin embargo, la gente en general va descartando deidades y ritos
gradualmente; filtros culturales y educacionales nos impulsan a rechazar las
haditas y a otros seres sobrenaturales según lo consideremos aceptable;
ciertamente, descartamos más dioses de los que adoramos. Otros más aseguran que
es imposible conocerlo todo.
Y
digo yo, si la especie sobrevive el tiempo necesario, los misterios del
Universo serán todos resueltos y ninguno tendrá que ver con un creador. Los
dioses, como los monstruos, las hadas, Spock y Shrek, son producciones humanas
y por tanto destinados a morir con la especie. Pero imaginemos por un momento
que otras especies en otros planetas también hayan arribado a estas
experiencias divinas; pues no estaría fuera de lugar si tenemos en cuenta que
los animales al evolucionar van entendiendo mejor el mundo que habitan de
acuerdo a la capacidad cerebral y la información que vayan adquiriendo. Tenemos
suerte de poder vivir pero nada más; el mundo no apareció para que lo
habitáramos, evolucionamos gracias a esos accidentes y singularidades, y no al
revés.
Pensar
que la ciencia no tendrá acceso a las incógnitas de hoy es ignorar lo que hemos
conseguido hasta el momento. Los resultados del progreso humano están ahí,
palpables; estancarnos en la idea de que nunca lo conoceremos todo es
subestimar esa parte del ser humano que es impulsada por una intensa e
incansable curiosidad. Yo no lo conoceré todo, pero la especie tiene todo el
potencial para hacerlo, puedo ser escéptica frente a las actividades científicas,
pero no agnóstica.
Evidentemente,
ser escéptico es saludable. La ciencia enarbola el método científico como su
mejor arma contra la subjetividad y el anhelo humano. Hasta el momento ha
funcionado (con sus fallas, que generalmente son capturadas por el tiempo), y
nos provee con formas variadas de muestrear, probar y diseccionar el Universo.
Pero a la hora de informar sobre estos temas, el pensamiento humano se encierra
ante su fría e indiferente perspectiva. La prensa, que hoy la caracteriza el
mercantilismo, profesa un sensacionalismo tan alto que hay que pasarse la vida
peleando por el título menos condescendiente o erróneo. En ese sentido, las
metáforas ayudan a la hora de brindar explicaciones a incidentes singulares;
sin embargo, ocurre muchas veces que en el proceso predisponemos a cierto tipo
de lector a formar vínculos metafísicos que no están ahí.
Un
ejemplo llamativo es el de la partícula subatómica Higgs cuando se convierte en
la partícula de Dios. Al cambiar el significado, el autor quiere emitir y hacer
obvia la importancia que tiene este descubrimiento en cuanto al origen del
Universo. Sin embargo, utilizar el concepto de dios, aunque entendible como
metáfora, también conlleva a la facilitación de una relación entre estos
fenómenos físicos y una idea puramente humana pero que es entendida como
sobrenatural por millones de “corderos”. Al final, sea lo que sea que
descubramos estará siempre dentro de las posibilidades de que ocurra por el simple
hecho de ocurrir.
“Estaban seguros de que habían obtenido
cierta ‘gnosis’, de que habían, más o menos exitosamente, resuelto el problema
de la existencia, mientras que yo estaba seguro de que no y disfrutaba de una
fuerte convicción de que el problema era insoluble”.
De
esta forma, tan absoluta en su incertidumbre como la iglesia en su certitud, T.
X. Huxley expone por primera vez (supuestamente en una fiesta en Londres), su
idea sobre el agnosticismo, la cual sigue algunas de las conclusiones de Hume y
asume que el agnóstico se adjudica la posición contraria frente al conocimiento
absoluto que proclama la Iglesia. Hoy su postura representa, entre muchas, la
idea de que es imposible conocer el origen de todo y, para algunos, que es
imposible demostrar la existencia o no de un Dios.
Es
posible que si Huxley viviera hoy, con todo el conocimiento y la información
disponibles, no estaría tan seguro sobre su enunciado. Homo sapiens posee el
potencial para descubrir cada recoveco de este Cosmos y si disfrutáramos del
tiempo necesario y las condiciones ideales, continuaríamos investigando hasta
saberlo todo. Y aunque también es posible que las cosas cambien y que
enfrentemos, como hemos hecho antes, un retraso en el progreso, una era de
oscuridad y represión (además de que somos vulnerables a varios tipos de
extinciones masivas), ya sabemos suficiente para sacar conclusiones racionales;
no hay por qué negarlo.
Sin
embargo, la humildad sigue siendo premiada. Asumir que se sabe poco es mucho
más noble y cordial para los demás. En ese sentido, a los ateos se nos observa
como engreídos, vivir sin dioses denota para muchos una arrogancia que raya en
el pecado. Es más sublime adoptar una actitud de duda y desconocimiento, denota
elegancia e inteligencia; de nuevo aquel adagio de que es de “sabios reconocer que no se sabe nada”
que ha sido una constante durante milenios, memes difíciles de cambiar; cosas
de humanos.
Pero
el Universo no es humano, estamos aquí porque numerosos accidentes y variables
lo permitieron. Al Cosmos no le importa lo que yo piense y creer que sí es
continuar con la visión antigua de que somos el centro de todo y que conceptos
que van más allá de lo físico controlan nuestras vidas. Para mí, reconocer que
tengo una suerte inmensa de haber nacido y vivir sin dioses no es arrogancia,
es notar lo espectacular que es el mundo que describe la ciencia y maravillarme
con lo ocurrido; de hecho, que la vida en general carezca de sentido metafísico
sólo me impulsa a darle más sentido físico a mi vida, además, lo que hoy sé es
suficiente para plantearme conclusiones lógicas sobre el mundo. Por eso soy
atea y no agnóstica.
El que crea en la telequinesis que levante
mi mano
Capgras y Cotard en el cerebro
De
la misma forma en que nos percibimos como el centro del Universo, así también
deseamos pensar que nuestro cerebro se rige por la metafísica; así, promovemos
ideas ambiguas que impulsan la aparición de embrollos paranormales, la nueva
religión de millones. Pero la neurología moderna me ha convencido de que
podemos reducir nuestro comportamiento a un análisis objetivo entre químicos y
memes. Ahí está todo: en los genes que construyen neuronas y sus intercambios
con el ambiente por donde se mueve el animal. Fallos provocan cambios en las
conductas y la percepción, lo demás es interpretación. Veamos un ejemplo.
Arturo
tiene un problema particular, este señor reconoce físicamente a sus padres pero
asegura que son impostores, que se los han cambiado por otros que lucen
exactamente igual. Los neurólogos Oliver Sacks y Vilayanur Ramachandran han
escrito sobre este desorden del Capgras, el problema que padece Arturo, y de
otros peculiares desórdenes neurológicos. Por mucho tiempo, escribe
Ramachandran, se intentó dar una explicación “freudiana” al Capgras, se asumió
que ocurría debido a los lazos conflictivos que todo hijo tiene con sus padres,
sin embargo, la diversidad de casos derrumbó aquella hipótesis, especialmente
cuando uno de los pacientes afirmaba que su perrita, Fifí, era también una
impostora.
Hoy
sabemos que el cerebro se conforma de varios caminos con funciones bastante
específicas. Ramachandran explica que cuando vemos un rostro varias actividades
ocurren; una de ellas trabaja en reconocimiento: ¿es conocido o no? Una vez la
respuesta es arrojada, otro camino envía la información al sistema límbico
donde se hace un levantamiento emocional: ¿cómo me siento cuando veo a esta
persona? Otras vías recogen después memorias y otros aspectos de nuestra asociación
con el rostro.
El
paciente Arturo reconoce que esas personas a las que llama impostores lucen
como sus padres. “El problema no parece
estar en la vía de reconocimiento. Pero para asegurarnos, realizamos
experimentos donde probamos su capacidad, no sólo al reconocer rostros, sino
para distinguirlos de otros iguales o parecidos. Arturo no tuvo problemas en
esa área”, relata Ramachandran en su libro Fantasmas en el cerebro.
Aparentemente,
el problema anda en el camino hacia el sistema límbico. Arturo reconoce los
rostros de sus padres pero el camino que solicita y envía sus emociones sobre
ellos está dañado; al no sentir nada hacia ellos, el cerebro de Arturo intenta
interpretar esa paradoja y recurre a inventos: “son impostores”.
Ramachandran
también realizó pruebas galvánicas en Arturo y otras personas que no sufrían de
Capgras. Estos exámenes miden la reacción en la piel cuando reconoces a alguien
a quien te une un lazo intenso. Los individuos sin Capgras muestran altas
lecturas galvánicas al ver las fotos de sus padres. Pero en Arturo nunca hubo
cambio espontáneo, a veces un pequeño pico después de varios segundos, como si
lo recordara tardíamente, más de ahí, sus medidas no se diferenciaban entre
rostros.
Arturo
tampoco se comportaba como pacientes con la enfermedad de Cotard, por ejemplo,
quienes han perdido la capacidad de sentir y por eso aseguran estar muertos,
dicen oler la descomposición de su piel y hasta ver como los gusanos la
devoran. Algunas personas cuyas amígdalas cerebrales (todos tenemos dos) han
tenido que ser extirpadas, pierden el contacto con el sistema límbico y, por
tanto, carecen de emoción pero no inventan historias para explicar lo que les
ocurre; sin embargo, estos pacientes con Cotard, al no saber qué les pasa sus
cerebros recurren a cualquier dilucidación por más inverosímil que parezca.
Pero Arturo sí posee emociones, Ramachandran hasta lo vio llorar.
No
todas estas conductas son síntomas de locura aunque así lo parezcan. Estos
problemas pueden ser explicados si los reducimos a fallos neurológicos. De
hecho, para Arturo y sus padres esa explicación alivió la carga de su
enfermedad, el intérprete en la azotea tenía ya una razón lógica sobre lo que
no sentía. Muchos temas neurológicos no deben ser asumidos como problemas psiquiátricos
ya que pueden ser explicados a través de daños ocasionados por traumas o
derrames en conocidos circuitos cerebrales. Reducir la mente a lo que es,
químicos, conexiones, caminos y sistemas, eliminará la necesidad de crear esas
ideas metafísicas que sólo contribuyen a confundir y a llenar los bolsillos de
las pseudociencias. Es el escepticismo duro frente a todos los dioses, tanto
los dictadores como los místicos, y no el suave y permisivo agnosticismo, lo
que al final frenará la ignorancia, erradicando así las posibilidades de
fraudes y engaños.
Como
bien lo describió el conjurador y escéptico James Randi: “¿La nueva era? Es sólo la vieja era metida en el microondas por 15
segundos”.