. También
estamos los que no, y sabemos que ni la música, ni la prosa encarnada en ella se
van a acabar. Por eso provoca una sensación reconfortante descubrir al chileno Riveros,
una figura nueva en el rock poético, pero con un oficio a la antigua a la hora
de escribir canciones.
No es curioso que sus discos hayan terminado
por tocarme la puerta, producto de un boca en boca del que no me pude restar. La
culpa es de mi predilección a la poesía en la música en castellano, al nivel de Bunbury,
Draco, Corcobado, Vegas o el supergrupo Bushido, y sobre todo teniendo en
cuenta que no es mucho lo que sabemos de lo que se hace en esa línea en Chile
(solo habían flotado en el aire un par de nombres con canciones onomatopéyicas y en la línea del world music), pero Riveros viene a aportar con
profundidad y coherencia.
Con un pasado largo en la música
alternativa en su país, recién el año pasado supimos de él, cuando se rebautizó sólo con su apellido. Antes de eso se hacía llamar Truman (¿Capote?), un bocado travieso
de glam y electrorock (toda una sorpresa es googlearle o buscarle en youtube). Luego
de eso se lavo la cara y se quitó el maquillaje para hacer un disco tan
arrabalero como cosmopolita, invitó a cantar al barcelonés Carlos Ann, y se dió
el lujo de sentar frente al piano al mismísimo maestro Copi, pianista de los
Héroes del Silencio y co autor de varias luminarias del repertorio de Bunbury,
algo que de seguro no podría contar otro debutante.
Después de todo eso ya tenía mi atención.
Ahora acaba de publicar “El eco del duelo”, un EP (si, el fetiche de la industria hoy
por hoy) donde le sacó todos los artificios a nuevas canciones; armonías
vocales, baterías, máquinas y todo lo que lo liara a un cable, logrando un
sonido como si estuviera en el mismo cuarto que tú, en una publicación valiente
de cuatro asaltos.
El resultado es hermoso, y arriesgado claro, pero
el chileno echa mano a su bagaje como poeta de otra clase. Su música son
paisajes, noches y paginas de la vida en copas. En “El adiós invisible” es
imposible no imaginar las montañas y el desierto del país delgado, o una fiesta
de cantina con “El eco del duelo” en cualquiera de sus puertos del Pacífico,
todo con su voz de textura singular siempre pronunciada y la maestría de las guitarras sin efectos.
Otro mérito para rendirse es que no hay
frases sueltas en los escritos del chileno, no hay oraciones que se hayan
disparado como balas perdidas para rebotar dentro del EP. No, sus canciones sirven
de comienzo a fin y ahí donde se evidencia el oficio otra vez. Poeta maldito
que de seguro se debe haber alimentado de otra poesía maldita, quizás la de Mallarmé o la de Rimbaud: “tu
dolor de etiqueta, y tus mordidas gran reserva” o “nada saben quienes me han
apuntado y dijeron que han bebido de mis labios…”, entre varias frases fuertes
de un EP demasiado corto para tanta intensidad.
Riveros tiene varios años menos que su
familia musical, cuyo público le ha recibido con los brazos y oídos abiertos, hablamos de Vegas, Ann, Bunbury
y los demás, y si él fuera una punta de iceberg de lo que está pasando en
el rock poético en Chile, entonces hay que asomarse de inmediato tras Los Andes,
porque Riveros es un buen síntoma y quizás pertenezca a una generación como
la de 1927 en los libros. Si eso no fuera así, y resulta que es una rareza en
su ecosistema, tampoco sería algo malo, ya que habríamos encontrado el
satélite mas al sur del rock poético español, cuya señal no tenemos que dejar
de captar.