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La muerte ya no existe.


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18/03/2011


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   Ὁ θάνατος οδν πρς μς· (La muerte nada es para nosotros). Estas palabras de Epicuro, contempladas desde el siglo XXI, poseen un componente profético que el autor jamás pudo imaginar. Y es que, en efecto, la muerte hoy no es un problema; ha desparecido del horizonte de nuestras preocupaciones. De ella no hablan ni filósofos, ni artistas, ni científicos. Sin embargo, no siempre ha sido así. Desde Sócrates, que afirmaba que la vida del filósofo es una preparación para el momento de la muerte, hasta los angustiados existencialistas, la muerte ha sido uno de los muros con los que la humanidad continuamente se ha enfrentado, consciente de que en tal cuestión se hallaba en juego el sentido último de la existencia.


 

   Tanto es así, que la historia de nuestra cultura se podría escribir tomando como hilo conductor el modo en el que cada momento ha vivido la ineludible presencia de la muerte. La Antigua Grecia se acercó a ella horrorizada. No tenían resortes para concebir la más mínima esperanza. Un pueblo que vivía fascinado por la belleza y la bondad del ser humano (hasta el punto de unir todo ello en el ideal de la kalokagathia), veía en la muerte la negación de todo lo valioso. La visita de Odiseo al Hades es el mejor testimonio de ello. Siendo la única vía para conocer el camino que le llevaría a Itaca, Odiseo tiene que descender hasta el lugar de los muertos, y allí se ve atrapado en un espacio tenebroso, sombrío, en el que las almas vagan sin rumbo (es decir, hundidas en lo absurdo). El contacto con los vivos es imposible; de hecho, en tres ocasiones el protagonista intenta abrazar a su madre, y en todas ellas se le escapa como una sombra. Es el signo de que la muerte implica una ruptura radical con todas nuestras categorías; un abismo en el que naufraga cualquier intento de comprensión.

 

   En la Edad Media la perspectiva cambia. La entrada en escena de las Religiones del Libro hace que la muerte se asocie al Juicio; es decir, representa la síntesis de toda la vida, el momento en el que el ser humano ha de mirar cara a cara lo que realmente es, lo que ha hecho de sí mismo en el transcurso de su existencia temporal. Por ello, se trata de un momento que, también en este caso, trasciende los contornos de lo natural, de lo cotidiano, situando al hombre ante un horizonte que lo sobrepasa. En efecto, judaísmo, cristianismo, e Islam, aunque le dan un nuevo sentido, no suavizan el carácter tremendo del hecho. La Danza de la muerte, muy popular en toda Europa, nos sitúa perfectamente ante el sobrecogimiento que el hombre medieval sentía cuando la muerte lo miraba a los ojos. En el manuscrito castellano se describe cómo la muerte va llamando a papas, nobles, clérigos, labriegos, etc., sin hacer distinciones, pues en ella se revela la verdad que nos hace a todos iguales: la precariedad de nuestra existencia, y la de todo lo que está a ella asociado: triunfos, desgracias, goces, tormentos, etc., todo es igual, porque todo es nada frente a la eternidad.

 

   La Modernidad nace bajo el signo de la Reforma, y, dentro del contexto católico, de la Devotio moderna. Se trata, en ambos casos, de una espiritualidad que pone todo el acento en la descripción del naufragio de lo humano frente a la inmensidad de Dios. Esto generó una concepción de la existencia temporal como algo deficitario, relativo, necesitado de salvación. Con el tiempo, la visión religiosa se transformó en sistemas filosóficos, y surgen así todos los intentos de resolver las contradicciones del mundo finito en un Absoluto en el que todo debía encontrar su justificación. No en vano decía Nietzsche que los abuelos del idealismo alemán eran los predicadores luteranos. Lo finito en términos filosóficos no es más que lo caduco, lo creado, lo abocado a la condena, en términos religiosos. La muerte, en este caso, se vive como la irrupción de una antítesis que clama por su superación. Uno de las expresiones más bellas de esta comprensión de la muerte son los Himnos a la noche de Novalis. En ellos, la muerte de Sophie, la amada del poeta, se presenta como una ocasión para expresar la agonía de un mundo que se sabe al borde de la nada, e implora su salvación.

 

   Cuando el anhelo de la redención (de la síntesis final en lenguaje idealista) desaparece, la angustia se apodera del pensamiento, que se autocontempla frágil en su desnudez. Los existencialistas tuvieron la audacia de asomarse a lo más profundo de la nada, sabiendo que con ello se estaban precipitando en el absurdo más radical. La muerte, para ellos, no era más que la caída de la última máscara, de la última mentira: la que nos hace creer que la vida tiene algún sentido.

 

   Esta historia tiene su final en una mentalidad que ha clausurado el problema. Nosotros somos hijos de la postmodernidad, de un pensamiento débil que censura todo aquello que rebasa los estrechos límites de la finitud. Se trata de una filosofía que evita plantearse cuestiones para las que no tiene respuesta; es decir, estamos ante una razón que ha renunciado a su propia naturaleza, que no es otra que la de buscar, investigar, inquirir. Nuestra cultura huye tanto de las alturas como de las profundidades, y reduce el pensamiento a simples juegos de lenguaje con el gesto de un dilettante ahogado en su propio tedio. La frase de Epicuro con la que abríamos este artículo era, posiblemente, fruto de una larga reflexión, de una lucha interior en la que el filósofo tuvo que rastrear cada posibilidad, cada respuesta, hasta elaborar un camino propio. Nuestro hedonismo, por el contrario, es sólo negligencia, miopía de un mundo cegado por su propio bienestar. Recuerdo una película que hace algunos años tuvo un enorme éxito: El club de los poetas muertos. En una de sus mejores escenas, el protagonista, un profesor de literatura, hacía pasar la atenta mirada de sus alumnos sobre una galería de personajes ilustres explicándoles que ya no quedaba nada de ellos. Y en el instante en el que estos, seducidos por sus palabras, estaban más expectantes, cuando todos esperábamos que estimulara sus inteligencias con preguntas sobre sí mismos; justo en ese momento, les aconseja que se limiten a aprovechar el instante (carpe diem). Es el signo de nuestro tiempo: huir antes que sufrir. En la entrada de las ermitas de Córdoba una calavera recibe al visitante con la inscripción: como te ves, yo me vi; como me ves, te verás. No estaría de más darnos un paseo de vez en cuando por allí para no olvidar que la piel que nos cubre es sólo una envoltura provisional.

 



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