Enseñar a aprender



El otro día hablaba de una educación que toma al alumno como símbolo de centralización, que no sólo es el centro y que todo va a parar a él, sino que además, todo surge de él.

 


Dejando opiniones y preferencias a la hora de educar – o enseñar a ello- de lado, creo que tendríamos que darnos cuenta de nuestra realidad, de las sociedades que conforman el mundo y actuar en consecuencia pero yendo de la mano con éstas.

Lo que esta claro es que hoy en día no es ese aprendizaje autónomo el que predomina a lo largo y ancho de todos los continentes ni de los océanos y mares. No obstante, hay promotores de esa enseñanza, del mismo modo que también hay activistas -por decirlo de alguna manera- de una enseñanza donde todo el papelón recae sobre la figura del profesor.

Vernos forzados a escoger entre una enseñanza donde el maestro es el eje del aprendizaje del alumno o una donde el alumno no necesite para nada al docente, sería como escoger como deportista más influyente de los Estados Unidos de América entre Muhammad Ali y Michael Jordan, sería como dar por sentado lo que ocurrió entre EEUU e Irak sin preguntarles -como se ha hecho hasta ahora- a los segundos, sería como escoger entre unas Louboutin o unas Kirkwood. Para gustos colores y para virtudes - pregunten a los griegos- la búsqueda de la armonía entre todas las entidades.

Creo que es hora de defender el aprendizaje a medias entre docente y mente inquieta del discente. Nos encontramos en una sociedad y como se ha hecho a lo largo de la historia -muy a mi pesar- tendremos que adaptarnos, de otro modo desapareceremos -como les ha pasado a tantísimos defensores de la libertad a finales del siglo XVIII allá por territorio francés-.

Seremos más o menos fans del aprendizaje por descubrimiento y por iniciativa propia, pero no podemos negar su efectividad así como no podemos esconder nuestras sonrisas al ver a algún niño ponerse a leer, escribir o investigar sobre algo sin que nadie se lo pida.

Negar la existencia de dicho sistema de aprendizaje y su posibilidad de éxito sería un error, pero mayor lo sería no darnos cuenta de que la legislación vigente propone unos contenidos y objetivos que hay que superar, de que tenemos que adaptar las formas de enseñar y aprender a ella -sin renunciar a la esencia de este descubrimiento- si queremos que los niños sigan avanzando en el camino que la escuela ha forjado, los cursos y sus nuevas posibilidades. Esto si sería una equivocación, un disparate semejante a pedir un autógrafo de nuestro cantante favorito y seguidamente deshacernos de él, sería como hacerse con unas Manolo Blahnik y dejarlas en el fondo del armario, perdidas para la eternidad.

Tenemos que luchar, entonces, por hacer a nuestros alumnos más independientes y tratar de dejarles una imprenta de las que no se olvidan, la del espíritu crítico.

Han de seguir escalando en el mundo de los cursos escolares porque sólo de este modo se les enseñara nuevas teorías y se les demostrara otras formas de ver el mundo, de comprender la vida.

Estamos sujetos a un sistema, un sistema que, por el momento, no podemos cambiar, pero lo que si podemos es cambiar la educación dejando aparte al sistema. Hemos de transformar los productos que ahora salen de la escuela en unos que no necesiten ser alimentados al terminar, que sepan buscarse la vida. ¿Alguien se ha comprado un Chanel y al llevarlo a casa ha encontrado algún hilo suelto? Queremos y -creo- necesitamos niños que sepan dónde están y qué están haciendo, para qué les va a servir, se precisan niños que ante la duda cacen, no que supliquen -suplícale a un ciervo a ver que te dice-.

Si dejamos que se formen personas mansas, sin sangre para cazar – y, por tanto, investigar- estaremos condenando a toda la humanidad, dejaremos de andar, nos arrastraremos detrás de los demás.

No podemos ser oveja, hemos de ser lobo y decidir nosotros mismos nuestra presa y que sea por voluntad propia cuando atacarla. Es aquí donde entra el agente clave de todo nuestro futuro, el profesorado. Hay que enseñar a aprender.

La única manera posible que veo de solucionar lo que se avecina es mediante profesionales de la educación que se dejen la piel, por medio de gente con pasión, que enseñe el camino a los más pequeños – ójo, y a los grandes también- y estén continuamente asegurándose de que todos y cada uno de sus alumnos ha entendido el mensaje y comprendido el motivo de su educación.

El docente no ha de reclamar protagonismo, pero si credibilidad por parte del sistema, no ha de ser el centro, pero si quien más trabaje y se entregue.

Por supuesto, aquí habrá muchas variables a tener el cuenta como el del interés del niño, el de los padres, la presión del gobierno y de la sociedad en general. Bien, el maestro tendrá que intentar conseguir la mayor cantidad de apoyo posible de todas las partes.

Nadie dijo que fuera fácil.



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Enseñar a aprender


El otro día hablaba de una educación que toma al alumno como símbolo de centralización, que no sólo es el centro y que todo va a parar a él, sino que además, todo surge de él.

 


Dejando opiniones y preferencias a la hora de educar – o enseñar a ello- de lado, creo que tendríamos que darnos cuenta de nuestra realidad, de las sociedades que conforman el mundo y actuar en consecuencia pero yendo de la mano con éstas.

Lo que esta claro es que hoy en día no es ese aprendizaje autónomo el que predomina a lo largo y ancho de todos los continentes ni de los océanos y mares. No obstante, hay promotores de esa enseñanza, del mismo modo que también hay activistas -por decirlo de alguna manera- de una enseñanza donde todo el papelón recae sobre la figura del profesor.

Vernos forzados a escoger entre una enseñanza donde el maestro es el eje del aprendizaje del alumno o una donde el alumno no necesite para nada al docente, sería como escoger como deportista más influyente de los Estados Unidos de América entre Muhammad Ali y Michael Jordan, sería como dar por sentado lo que ocurrió entre EEUU e Irak sin preguntarles -como se ha hecho hasta ahora- a los segundos, sería como escoger entre unas Louboutin o unas Kirkwood. Para gustos colores y para virtudes - pregunten a los griegos- la búsqueda de la armonía entre todas las entidades.

Creo que es hora de defender el aprendizaje a medias entre docente y mente inquieta del discente. Nos encontramos en una sociedad y como se ha hecho a lo largo de la historia -muy a mi pesar- tendremos que adaptarnos, de otro modo desapareceremos -como les ha pasado a tantísimos defensores de la libertad a finales del siglo XVIII allá por territorio francés-.

Seremos más o menos fans del aprendizaje por descubrimiento y por iniciativa propia, pero no podemos negar su efectividad así como no podemos esconder nuestras sonrisas al ver a algún niño ponerse a leer, escribir o investigar sobre algo sin que nadie se lo pida.

Negar la existencia de dicho sistema de aprendizaje y su posibilidad de éxito sería un error, pero mayor lo sería no darnos cuenta de que la legislación vigente propone unos contenidos y objetivos que hay que superar, de que tenemos que adaptar las formas de enseñar y aprender a ella -sin renunciar a la esencia de este descubrimiento- si queremos que los niños sigan avanzando en el camino que la escuela ha forjado, los cursos y sus nuevas posibilidades. Esto si sería una equivocación, un disparate semejante a pedir un autógrafo de nuestro cantante favorito y seguidamente deshacernos de él, sería como hacerse con unas Manolo Blahnik y dejarlas en el fondo del armario, perdidas para la eternidad.

Tenemos que luchar, entonces, por hacer a nuestros alumnos más independientes y tratar de dejarles una imprenta de las que no se olvidan, la del espíritu crítico.

Han de seguir escalando en el mundo de los cursos escolares porque sólo de este modo se les enseñara nuevas teorías y se les demostrara otras formas de ver el mundo, de comprender la vida.

Estamos sujetos a un sistema, un sistema que, por el momento, no podemos cambiar, pero lo que si podemos es cambiar la educación dejando aparte al sistema. Hemos de transformar los productos que ahora salen de la escuela en unos que no necesiten ser alimentados al terminar, que sepan buscarse la vida. ¿Alguien se ha comprado un Chanel y al llevarlo a casa ha encontrado algún hilo suelto? Queremos y -creo- necesitamos niños que sepan dónde están y qué están haciendo, para qué les va a servir, se precisan niños que ante la duda cacen, no que supliquen -suplícale a un ciervo a ver que te dice-.

Si dejamos que se formen personas mansas, sin sangre para cazar – y, por tanto, investigar- estaremos condenando a toda la humanidad, dejaremos de andar, nos arrastraremos detrás de los demás.

No podemos ser oveja, hemos de ser lobo y decidir nosotros mismos nuestra presa y que sea por voluntad propia cuando atacarla. Es aquí donde entra el agente clave de todo nuestro futuro, el profesorado. Hay que enseñar a aprender.

La única manera posible que veo de solucionar lo que se avecina es mediante profesionales de la educación que se dejen la piel, por medio de gente con pasión, que enseñe el camino a los más pequeños – ójo, y a los grandes también- y estén continuamente asegurándose de que todos y cada uno de sus alumnos ha entendido el mensaje y comprendido el motivo de su educación.

El docente no ha de reclamar protagonismo, pero si credibilidad por parte del sistema, no ha de ser el centro, pero si quien más trabaje y se entregue.

Por supuesto, aquí habrá muchas variables a tener el cuenta como el del interés del niño, el de los padres, la presión del gobierno y de la sociedad en general. Bien, el maestro tendrá que intentar conseguir la mayor cantidad de apoyo posible de todas las partes.

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