. Mostraba de esta manera el creciente descontento que se viene
produciendo en todo el país y que, sin embargo, todavía no se ha podido traducir
en una preferencia clara hacia los que se oponen al gobierno.
Se ha tratado de explicar el ascenso del presidente en el
año 98 diciendo que se debió a la traición que se le hizo a la democracia, a la
rebelión de los náufragos, al desgaste de los partidos tradicionales, al surgimiento
de la antipolítica y el outsider que no supo representar Irene Sáenz. Pero nada
de esto parece explicar suficientemente la popularidad de la cual goza todavía
el presidente y que no pudieron capitalizar otros candidatos, con argumentos
similares, en algún momento de nuestra historia. Lo cierto es que el presidente
ha sabido hilvanar un discurso cuya base es la polarización, en el que parece proporcionar significado a
algunos términos que siempre han permanecido abiertos (como libertad, igualdad,
justicia, etc.), creando una especie de
ilusión de que por fin se ha logrado su cierre y estabilización. Esto, sin embargo,
tampoco parece ser suficiente si miramos a la otra acera y vemos que quienes
hacen lo mismo, como Corina Machado y Diego Arria, no son los preferidos por el
electorado opositor, el cual hace tiempo mantiene su favoritismo por un
candidato como H. Capriles, quien no podríamos decir precisamente que “habla
bien”.
Por supuesto que no podemos olvidar tampoco la gran masa
de dinero que le ha correspondido administrar al presidente en estos años. En
este sentido, son muchos los factores que han confluido para crear este fenómeno que se llama
chavismo. Así, tal vez el éxito en política sea del mismo tenor que las de
cualquier faceta de la vida, y es tal vez la misma conjunción de todos estos
factores lo que lo ha hecho exitoso incluso más allá de nuestras fronteras.
La coincidencia, casualidad, serendipia o sincronía de varios fenómenos, hacen que
misteriosamente ciertas cosas prosperen
y otras no, en todos los órdenes (el descubrimiento de América es una gran
serendipia, como ha expuesto Eco). Pero todavía hay algo más inexplicable aún
que es el que dos o mas fenómenos
iguales sucedan al mismo tiempo, sin que se relacionen causalmente. De estas cosas está llena la vida misma y
hasta esa cosa tan respetable que llamamos ciencia (piénsese en la teoría de la
evolución, que se atribuyeron Darwin y
Wallace, o en el descubrimiento
simultáneo del virus del SIDA, hecho
tanto por Montagnier como por Gallo), y que Jung trató de explicar con su tesis
del inconsciente colectivo. (Sin ir muy lejos, Vargas llosa relataba estos días
a la cadena CNN que luego de escribir Pantaleón
y las visitadoras, conoció a un militar llamado precisamente Pantaleón
Pantoja, que se había encargado de un servicio de prostitución en la
Amazonía, de igual manera a como lo
había hecho el mismo personaje que él, desconociendo este hecho, había
retratado en su novela. Yo mismo la semana pasada escribí un artículo para este
medio, “No llores por mí, Pyongyang”, sin tener conocimiento que días antes
había aparecido una nota llamada de igual manera en El País de España). ¿Pero cómo explicar ese otro tipo de sincronías
todavía más impresionantes, como la periodicidad de las mareas, el canto armónico de los grillos, el que varios relojes de péndulo al juntarse
oscilen de forma exactamente igual, la tendencia de las mujeres que viven bajo el
mismo techo a menstruar en la misma fecha, o el que los millones de átomos que
componen el láser se comporten en perfecta concordancia para emitir una haz de luz?
Por supuesto que esta autoorganización y autorregulación
que constituye la sincronicidad es una alternativa atractiva para la ya
tradicional hipótesis de la causalidad. Y
tal vez algún día tendremos que recurrir a ella parar explicar ese extraño fenómeno
por el cual un pueblo en algún momento de su historia se enamora ciegamente de un
líder político, y que cuando cesa dicha atracción, no se lo logra explicar
racionalmente, caso también de pueblos más cultos que el nuestro, como el
alemán.
En fin, si tomamos en cuenta las codificaciones
genéticas, las pulsaciones instintivas y estas sincronizaciones o
simultaneidades, es poco el espacio que queda para la libertad individual y la
escogencia. Pero siempre hay esperanza de que la sincronicidad de nuestras
acciones nos lleven no sólo a abjurar de nuestros actos, como hace este
jubilado, sino a preferir mundos mejores.