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India, la potencia emergente


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05/01/2012


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Las imágenes con las que evocamos a la India pueden ser muy contradictorias a la luz de las proyecciones económicas de este país. Es fácil imaginar a los famélicos, los sistemas de castas, las ostentaciones principescas rodeadas de miseria, la pobreza y el atraso de un país que en la primera mitad del siglo pasado seguía siendo una colonia. Pero los datos que hoy presenta India nos hablan de una realidad cambiante: con un crecimiento económico promedio superior al 8% en los últimos años, con una población de 1300 millones de habitantes, con un fuerte desarrollo en materia tecnológica, apunta a convertirse -posiblemente en la próxima década- en la tercera potencia económica mundial, solo detrás de Estados Unidos y China.


India forma parte de los países denominados “BRIC”, junto con Brasil, Rusia y China, que apuntan a transformarse en los principales motores de la economía mundial en 2050, por su población, su territorio, sus riquezas naturales y su PIB en conjunto. Y presenta algunos resultados que son más que interesantes: su crecimiento económico promedio es muy cercano al de China, y duplica el promedio de América Latina; ha logrado sacar de la pobreza a 100 millones de personas en los últimos quince años, ha cuadruplicado su clase media y ha convertido ciudades pobres en emporios de desarrollo tecnológico.

Aunque tengamos la visión de la India como la de un país en donde el contraste entre la opulencia y los “intocables” es uno de los más radicales, lo cierto es que hay un trabajo constante que ha venido disminuyendo las diferencias. Y la apuesta que hace India para lograrlo es el potencial humano, enfocado desde la necesidad del conocimiento tecnológico. Desde hace más de medio siglo, los indios se dedicaron a formar recursos humanos competentes en cuanto a tecnología, conscientes de que para progresar requieren estar a la vanguardia en materia de innovaciones. Hoy tenemos como resultado que hay una producción masiva de cerebros que pueden liderar los proyectos de desarrollo que ayuden a revertir la pobreza: ingenieros, programadores y profesionales vinculados a la informática ingresan todos los años al mercado laboral, con nuevas ideas y con un alto nivel de competitividad.

Algunos de los datos que avalan esta avalancha de conocimiento al mercado laboral son impresionantes: hay 300 mil ingenieros graduados por año, y el 25% de la población india con el más alto coeficiente intelectual es superior a toda la población de Estados Unidos. Esto nos habla de un verdadero ejército de cerebros dispuestos a barrer con la competencia de otros países en cuanto a tecnología informática. El objetivo es claro: liderar todos los procesos de desarrollo tecnológico y convertir a la India en el cerebro mundial.

Detrás de estos avances, en medio de enormes contradicciones que llevan a formar ciudades tecnológicas rodeadas de miseria, hay cuestiones culturales que sirven para explicar cómo han logrado este cambio: lo primero es la conciencia de las necesidades. Los indios se adelantaron al prever que habría una enorme necesidad de profesionales competitivos en tecnología, por lo que apostaron a la formación de élites mucho antes que naciones más avanzadas. Igualmente, a diferencia de nuestros países latinoamericanos, no esperaron que los gobiernos solucionen el problema educativo. Mientras la inversión en educación de India es inferior a países como Chile, México, Brasil o Argentina, hay una cultura de fondo que corrige esta aparente carencia: los indios ahorran toda su vida para financiar la educación de sus hijos, en las mejores universidades del mundo, por lo que no dependen de una política de Estado sino de sus propios esfuerzos.

Con gobiernos constantes en el seguimiento de un plan país, con gente consciente de la necesidad de la formación y, sobre todo, con una planificación orientada a adelantarse a los tiempos, no resulta raro pensar en la India como la gran potencia económica global dentro de unas cuantas décadas.

El ejemplo y el desafío que se presentan a partir de la experiencia india son grandes para economías acostumbradas a vivir de la explotación de sus recursos naturales. América Latina no ha sabido hacer la transición desde economías primarias, dependientes de los precios de las materias primas, hacia economías del conocimiento, en donde el capital más cotizado es lo que la gente sabe.

Países pequeños como el Paraguay deberían aprender a planificar y adelantarse a los tiempos –como hacen en India- para formar élites de profesionales competitivos, repatriar a los cerebros y priorizar la educación de la gente por encima de la cría de ganado o la sobreexplotación de la tierra para producir soja. El potencial de crecimiento y equidad no se encuentra en los recursos naturales, sino en el conocimiento que la gente tiene para producir, fabricar oportunidades y disminuir las injusticias.




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