. Es fácil imaginar a los famélicos, los
sistemas de castas, las ostentaciones principescas rodeadas de miseria, la
pobreza y el atraso de un país que en la primera mitad del siglo pasado seguía
siendo una colonia. Pero los datos que hoy presenta India nos hablan de una
realidad cambiante: con un crecimiento económico promedio superior al 8% en los
últimos años, con una población de 1300 millones de habitantes, con un fuerte
desarrollo en materia tecnológica, apunta a convertirse -posiblemente en la
próxima década- en la tercera potencia económica mundial, solo detrás de
Estados Unidos y China.
India forma
parte de los países denominados “BRIC”, junto con Brasil, Rusia y China, que
apuntan a transformarse en los principales motores de la economía mundial en
2050, por su población, su territorio, sus riquezas naturales y su PIB en
conjunto. Y presenta algunos resultados que son más que interesantes: su
crecimiento económico promedio es muy cercano al de China, y duplica el
promedio de América Latina; ha logrado sacar de la pobreza a 100 millones de
personas en los últimos quince años, ha cuadruplicado su clase media y ha
convertido ciudades pobres en emporios de desarrollo tecnológico.
Aunque tengamos
la visión de la India como la de un país en donde el contraste entre la
opulencia y los “intocables” es uno de los más radicales, lo cierto es que hay
un trabajo constante que ha venido disminuyendo las diferencias. Y la apuesta
que hace India para lograrlo es el potencial humano, enfocado desde la
necesidad del conocimiento tecnológico. Desde hace más de medio siglo, los
indios se dedicaron a formar recursos humanos competentes en cuanto a
tecnología, conscientes de que para progresar requieren estar a la vanguardia
en materia de innovaciones. Hoy tenemos como resultado que hay una producción
masiva de cerebros que pueden liderar los proyectos de desarrollo que ayuden a
revertir la pobreza: ingenieros, programadores y profesionales vinculados a la
informática ingresan todos los años al mercado laboral, con nuevas ideas y con
un alto nivel de competitividad.
Algunos de los
datos que avalan esta avalancha de conocimiento al mercado laboral son
impresionantes: hay 300 mil ingenieros graduados por año, y el 25% de la
población india con el más alto coeficiente intelectual es superior a toda la
población de Estados Unidos. Esto nos habla de un verdadero ejército de
cerebros dispuestos a barrer con la competencia de otros países en cuanto a
tecnología informática. El objetivo es claro: liderar todos los procesos de
desarrollo tecnológico y convertir a la India en el cerebro mundial.
Detrás de estos
avances, en medio de enormes contradicciones que llevan a formar ciudades
tecnológicas rodeadas de miseria, hay cuestiones culturales que sirven para
explicar cómo han logrado este cambio: lo primero es la conciencia de las
necesidades. Los indios se adelantaron al prever que habría una enorme
necesidad de profesionales competitivos en tecnología, por lo que apostaron a
la formación de élites mucho antes que naciones más avanzadas. Igualmente, a
diferencia de nuestros países latinoamericanos, no esperaron que los gobiernos
solucionen el problema educativo. Mientras la inversión en educación de India
es inferior a países como Chile, México, Brasil o Argentina, hay una cultura de
fondo que corrige esta aparente carencia: los indios ahorran toda su vida para
financiar la educación de sus hijos, en las mejores universidades del mundo,
por lo que no dependen de una política de Estado sino de sus propios esfuerzos.
Con gobiernos
constantes en el seguimiento de un plan país, con gente consciente de la
necesidad de la formación y, sobre todo, con una planificación orientada a
adelantarse a los tiempos, no resulta raro pensar en la India como la gran
potencia económica global dentro de unas cuantas décadas.
El ejemplo y el
desafío que se presentan a partir de la experiencia india son grandes para
economías acostumbradas a vivir de la explotación de sus recursos naturales.
América Latina no ha sabido hacer la transición desde economías primarias,
dependientes de los precios de las materias primas, hacia economías del
conocimiento, en donde el capital más cotizado es lo que la gente sabe.
Países pequeños
como el Paraguay deberían aprender a planificar y adelantarse a los tiempos
–como hacen en India- para formar élites de profesionales competitivos,
repatriar a los cerebros y priorizar la educación de la gente por encima de la
cría de ganado o la sobreexplotación de la tierra para producir soja. El
potencial de crecimiento y equidad no se encuentra en los recursos naturales,
sino en el conocimiento que la gente tiene para producir, fabricar
oportunidades y disminuir las injusticias.