Los ricos en
Colombia vienen haciéndose al 6 por ciento del ingreso nacional, en tanto que
las mayorías captan el 3 por ciento.
Una
forma simple de desenmascarar la posición política de extrema derecha,
dogmática y retrógrada de alguien, o mejor, digámoslo de una vez, de
desentrañar su liviandad de principios morales y el abuso que hace de su fe
religiosa o de sus privilegios económicos y de clase, es ver de qué manera
juzga las causas de la desigualdad social y las expresiones populares que
tienden a encontrar soluciones a esa discriminación a través de la protesta u
otras formas de lucha reivindicatoria.
Basta
observar con detenimiento y objetividad el Informe Mundial de Desarrollo Humano
2011, divulgado en los primeros días de noviembre de ese año por el Programa de
Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), para darnos cuenta de la espantosa
inequidad y la apocalíptica injusticia por la cual hacen su tránsito vital
hombres y mujeres, niños y ancianos de todas las latitudes del mundo
incluyendo, quién lo creyera, vastos sectores de la población estadounidense y europea.
Pero como mi preocupación mayor está anclada en Colombia. Sumerjámonos por un
momento en algunos de los escenarios que llevaron a ocupar el deshonroso tercer
lugar entre 129 países del planeta a Colombia, superando tan sólo a dos
naciones dramáticamente atrasadas como lo son Haití y Angola.
Dato escalofriante y denuncia vergonzosa que da la sensación de que el gobierno
y numerosos actores del poder político y la economía preferirían engavetar.
El
informe es preciso y contundente. No da para las interpretaciones soslayadas e
impúdicas con que el verbo desfachatado de los causantes del acelerado
deterioro social quieren explicarlo, buscando con ello el modo de preservar sus
privilegios, sin importar que ese estado de cosas se mantenga o agrave. Y las
señales de preocupación que nos envían son estas: el Estado y el gobierno están
haciendo todo lo posible para que, dentro del marco de la democracia y las
instituciones, y en el ejercicio de los deberes patrióticos que la Constitución
y la ley establecen, dicha realidad cambie. De tal manera que creamos que los
señores que tiene las riendas del poder político y el imperio económico están
haciendo todo lo posible por alcanzar un equilibrio que albergue
satisfactoriamente las aspiraciones del conjunto de la sociedad.
Para
incursionar brevemente en este tema, quizás el de mayor calado en lo que tiene
que ver con el desarrollo y la sobrevivencia de los seres humanos, debemos
aceptar que el meollo de esta crisis está centrado en la distribución del
ingreso, la riqueza y el consumo, estudiado por las Naciones Unidas mediante
una medición llamada “Coeficiente Gini de ingresos”. Allí se demuestra,
palmariamente, cómo la humanidad está dividida irremediablemente entre vivos y
bobos.
Es de
anotar que los factores con mayor frecuencia esgrimidos para explicar la
desigualdad social, son algunos de ellos azarosamente acomodaticios, simplistas
y hasta perversos: la procreación desmedida e irresponsable de los humildes, el
atraso histórico de ciertos grupos étnicos, la crianza y educación dada a los
hijos por sus padres, la “pereza” intrínseca en la gente del “pueblo” que no
les permite asumir posiciones correctas ni acciones o decisiones que les pueda
ayudar a salir del atolladero, y en fin, sin ir más al fondo respecto de la
desigualdad de oportunidades, punto esencial, a veces se refieren a la
población migrante como causante de su propio desequilibrio, no importa que
haya sido llevada a esa condición por componentes de abandono estatal,
violencia, desarraigo y despojo.
Y si alguna consecuencia funesta le está trayendo a Colombia esta tremenda
desigualdad social reseñada por el organismo internacional, boomerang
sepulturero ella misma para los poderosos de la economía nacional y la alegre
comparsa de los políticos corruptos y los gobiernos ineptos, o peligrosamente
arbitrarios y delirantes.
Permítaseme
reproducir unas pocas estadísticas que le dan fuerza y sentido a mi
consternación:
Los ricos en Colombia vienen haciéndose al 6 por ciento del ingreso nacional,
en tanto que las mayorías captan el 3 por ciento.
El 0,06
por ciento de los propietarios rurales, que tienen más de 2.000 hectáreas cada
uno, poseen el 53,5 por ciento de la tierra, en contraste con el 83 por ciento,
que tienen predios de menos de 15 hectáreas y son dueños del 7,2 por ciento.
Con razón, el vocero de la ONG inglesa, Oxfam Asier, Hernando Malax, afirmó:
“Colombia es uno de los países del mundo con más desigualdad en el acceso a la
tierra, hay pocos países del mundo que sean más desiguales que Colombia, y esto
lleva a situaciones enormes de pobreza rural, contribuye al conflicto y limita
el desarrollo que se pueda llevar a cabo”.
Mientras
el sueldo de un congresista ronda los 21 millones de pesos, el salario para un
trabajador es de 535.500 pesos.
Pese a
que el Producto Interno Bruto (PIB) y el Gasto Público se multiplicaron por dos
en los últimos veinte años, la pobreza extrema apenas se redujo en 2 por ciento
y la desigualdad está intacta.
El 10
por ciento más rico de la población se embolsilla la mitad del PIB y el 10 por
ciento más pobre apenas alcanza a rozar el 0,6 por ciento del mismo.
Por ello será que cada vez se repite más
aquello de que entretanto el capitalismo privatiza las ganancias, socializa las
pérdidas.