Recuerdo que siendo adolescente alguien saco el tema del fin mundo, nos recordaba que estaba vaticinado para el año 2.000. La historia la contó con tanto lujo de detalles que una de nuestras amigas rompió a llorar contagiado a los demás. Intentando conjurar aquel sentimiento, propuse que nos reuniríamos el 31 de diciembre de 1999, así renovaríamos nuestra amistad y afrontaríamos juntos ese terrible destino. Llegada la fecha, recordé la curiosa cita, pero me encontraba a miles de kilómetros del punto convenido, acaba de nacer mi hijo y estaba a mil años existenciales de aquel momento fraterno, no creo que nadie acudiera, lo cierto es que desde aquel día he visto anunciado el fin del mundo muchas veces.




