¿Otra cultura empresarial es posible?



A lo largo de los siglos XIX y XX el capitalismo de la 1ª y de la 2ª revolución industrial se ha construido sobre dos creencias importantes:

.files.wordpress.com/2011/12/responsabilidad.jpg" style="margin-top: 0px; margin-right: 0px; margin-bottom: 0px; margin-left: 0px; padding-top: 0px; padding-right: 0px; padding-bottom: 0px; padding-left: 0px; color: rgb(41, 112, 166); ">A lo largo de los siglos XIX y XX el capitalismo de la 1ª y de la 2ª revolución industrial se ha construido sobre dos creencias importantes:
a) que el egoísmo particular es lo que mejor favorece el crecimiento económico y el desarrollo social; y

b) que la economía y la gestión empresarial sonciencias autónomas, racionales, que pueden dar cuenta objetiva de lo que es mejor para los individuos y la sociedad, dejando de lado aspectos culturales, subjetivos y morales.

Sobre estos mitos se han levantado filosofías y prácticas empresariales hasta nuestros días. Aunque, a lo largo de la historia del capitalismo, se han producido excepciones; como cuando en aras del interés nacional los gobiernos y clases dirigentes han apelado al compromiso moral de los empresarios (y trabajadores) con objetivos casi siempre asociados a la confrontación bélica con un enemigo interior o exterior.

Actualmente, frente a la crisis económica, este tipo de mensajes vuelven a proliferar. En ellos gobernantes, empresarios y líderes de opinión reclaman la tolerancia de la ciudadanía y los trabajadores a medidas que, aparentemente, contribuyen al beneficio empresarial, con la creencia/promesa de que, en el futuro, esos beneficios revertirán a la sociedad y, por tanto, a los trabajadores y a las familias en forma de crecimiento económico, empleo, mayor capacidad de consumo y protección social.

Ya veremos si, a la larga, esas medidas, en combinación con otras, beneficiarán de forma equitativa a trabajadores y empresarios; o si, por el contrario, contribuirán a una mayor dualización social, de la que sólo saldrán beneficiados algunos segmentos minoritarios de la población, entre los que pueden no encontrarse la mayoría de los trabajadores, pero quizás tampoco la mayoría de los empresarios. El tiempo lo dirá.

Otra excepción a las creencias arriba indicadas son las experiencias empresariales que han intentado guiarse hasta hoy con criterios morales de equidad y justicia, poniendo la redistribución de la riqueza y el bienestar de toda la sociedad (ahora también el cuidado del medio ambiente) por delante de la mera acumulación de beneficio monetario en las cuentas de resultados y en las manos de los propietarios.

No es nuevo. En el siglo XIX los llamados “socialistas utópicos” ya experimentaron con formas de organizar el trabajo y el consumo de los trabajadores, intentando humanizar y mejorar sus relaciones sociales y sus condiciones de vida. Los movimientos obreros también impulsaron organizaciones mutuales y cooperativas con las que intentaban satisfacer necesidades de consumo, educación, atención sanitaria, ocio, etc.

Desde otros ámbitos, como la Iglesia católica y otras iglesias cristianas, también se alentó el compromiso moral de los empresarios con la equidad y justicia social. Ya en el siglo XX, el Vaticano II y la Doctrina Social de la Iglesia insisten en la necesaria subordinación de la actividad económica al interés general de la sociedad.

De hecho, la Iglesia católica -además de los movimientos obreros y campesinos, y a veces colaborando con ellos- fue, tras la 2ª Guerra Mundial,  un importante agente impulsor del cooperativismo en muchos países, entre ellos España y los países de América Latina.

El cooperativismo, como forma de economía social (tanto a nivel de producción como de consumo), es una forma de organización del trabajo que llega con fuerza hasta nuestros días y se sigue expandiendo. A menudo representa una alternativa viable para los trabajadores y trabajadoras desempleados y/o para la población de los países en desarrollo.

También, en el marco de la economía social, desde los años 80 han ido adquiriendo importancia las asociaciones y fundaciones vinculadas a lo que se ha llamado “Tercer Sector”, cuyas actividades no persiguen lucrar a los propietarios (aunque no falten casos lamentables de corrupción, como alguno que ahora está en los medios). Actualmente se habla ya, incluso, de “Cuarto Sector”, para hacer referencia a empresas que, teniendo ánimo de lucro, subordinan éste a objetivos de inclusión y desarrollo social, especialmente de poblaciones desfavorecidas.

El mismo concepto de Responsabilidad Social Corporativa o Empresarial (RSC o RSE) adquiere cada vez más fuerza para hacer referencia al compromiso de las empresas con objetivos sociales, como son: la igualdad de género, la inclusión y el respeto a la diversidad, la equidad, la solidaridad y la justicia social, el cuidado del medio ambiente, etc.

En algunas regiones, como en Extremadura, ya existe incluso una legislación específica al respecto; y es previsible que en los próximos años se generalicen los protocolos que permitan auditar y acreditar los planes de RSE puestos en práctica por las empresas.

Quiero subrayar que los mitos del egoísmo particular y la autonomía de la economía y la gestión de empresas respecto a consideraciones de tipo ideológico, cultural, subjetivo y/o moral son eso,mitos, a menudo negados por la realidad, incluso bajo condiciones capitalistas.

Por supuesto, han influido notablemente en cómo se ha configurado el capitalismo mundial; pero también conocen, desde los orígenes de las sociedades industriales, muchas excepciones y prácticas diversas. El capitalismo puede no tener corazón, pero muchas personas sí lo tienen, aunque nuestro destino esté no pocas veces en manos de unos cuantos desalmados.

En nuestra época, esos mitos y prácticas compiten -y no siempre triunfan, afortunadamente- con una fuerte sensibilidad de la ciudadanía favorable a los Derechos Humanos, los valores democráticos, la redistribución de la riqueza y la disminución de las grandes desigualdades económicas, la igualdad entre hombres y mujeres, la tolerancia y el respeto a la diversidad y el cuidado de la Naturaleza.

En la historia del capitalismo, no hubo ni hay una única cultura empresarial con relación a su capacidad de adoptar compromisos con valores y objetivos sociales igualitarios, redistributivos, democráticos y ecológicos.

Es cierto que no todas las culturas empresariales han tenido ni tienen el mismo peso; pero también lo es que la importancia de las culturas de gestión socialmente responsables han ido ganando terreno y pueden ganarlo más en el futuro.

Eso sí, será posible si sigue aumentando el número y cualificación de personas y grupos que no renuncian a esa búsqueda, por culpa de una supuesta imposibilidad de cambio social y económico, sobredeterminada por la creencia en un capitalismo todopoderoso al que no merece la pena oponer resistencia o plantear alternativa alguna desde prácticas sociales concretas.

Tampoco ignoro que, a menudo, el discurso de “lo socialmente responsable” desplaza el foco a la voluntariedad y buenas intenciones de los empresarios y de los ciudadanos individualmente considerados, en detrimento de los acuerdos sociales expresados políticamente y de las políticas públicas de protección social que les sirven de vehículo.

Sin embargo, esto no es inexorable, porque cabe reivindicar la complementariedad de ambas cosas: responsabilidad social empresarial y ciudadana y políticas públicas expansivas (sobre todo inteligentes) de inversión y de bienestar social; así lo vienen haciendo, por ejemplo, algunas asociaciones de consumidores, ONGs, sindicatos, partidos políticos, organizaciones religiosas… ¿para cuando los empresarios socialmente responsables?

Es cierto también que lo que se pretende alternativo o innovador no lo es nunca totalmente; siempre hay conexiones que vinculan lo nuevo a lo viejo y que generan dinámicas contradictorias. Así es y siempre fue así desde el punto de vista dialéctico. Quien aspire a ver una pureza inmaculada en los procesos históricos de cambio social va dado.

Puedo ir más lejos. admitiendo que, visto desde una perspectiva sistémica, el capitalismo avanza hacia una crisis de sostenibilidad global de dimensiones nunca conocidas; y que hay pocos datos esperanzadores para esperar que esto pueda revertirse.

Pero aún en estas condiciones surgen fenómenos que pueden abrir camino a un nuevo tipo de capitalismo (capitalismo distribuido, según Jeremy Rifkin); o puede que a otro sistema económico al que llamemos de otro modo, gracias al desarrollo y convergencia de valores postmaterialistas,  energías renovables, nuevas formas de producción y de consumo, nuevos modelos de negocio, participación ciudadana local/global, redes sociales de colaboración y comunicación distribuida a través de Internet.

Aunque el futuro de la biosfera (con nosotros dentro) pinte más bien oscuro, hay todavía margen micro y mesosocial para hacer cosas diferentes. Se puede innovar en la gestión y funcionamiento de las empresas y de las organizaciones sociales con valores y prácticas que se rijan por una lógica económica distinta, priorizando la responsabilidad social, la cooperación y el cuidado mutuo. El reto, más bien, es como hacer esta oportunidad extensible al mayor número de personas en todo el planeta.

Hay que dejar atrás la vulgar depredación de los seres humanos y de la Naturaleza que ha dominado en buena medida -aunque nunca totalmente- la conducta empresarial en las sociedades industriales (muchas veces con el apoyo y complicidad, todo sea dicho, de gobiernos y poblaciones, instalados en un confort tan consumista como irresponsable.

Es urgente y necesario poner en valor las nuevas culturas empresariales, pero también laborales y ciudadanas socialmente responsables; debidamente articuladas y complementarias con políticas públicas inteligentes de bienestar e inversión en las infraestructuras y organización que posibiliten el tránsito a un nuevo modelo económico y social, más equitativo, democrático y sostenible.

(+ información en www.javiermalagon.com/)






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