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Puede ser Macondo, puede ser
cualquier pueblo de América, puede ser México o Chile. En cualquier lugar, el
realismo mágico de Gabriel García Márquez o de Mario Vargas Llosa, se ve
superado por la realidad actual. Con un estómago a prueba de balas, manejando
la mentira tal como la sonrisa, aparece el caudillo.
El
caudillismo es un fenómeno social atemporal, que reaparece recurrentemente como
una sanguijuela dentro del tejido social. Ud. los verá aparecer con sus máquinas de poder al interior de los partidos políticos o se los encontrará celebrando fiestas populares en las barriadas populares.
El historiador francés Francois
Chevalier, señala que el caudillismo “es propio de una sociedad con sistema
democrático inmaduro, grandes diferencias sociales, y existencia de oligarquías
locales o regionales. Es propio de una sociedad donde personas poderosas
prepotentes no aceptan el juego político democrático"
El caudillo conoce las bajezas de
sus colaboradores y las utiliza en el momento oportuno. Procurar a cada quien
su vicio ha sido la alquimia para manejar la política de pasillo. La corrupción
puede partir de cooptar clubes deportivos, centros sociales, iglesias, juntas vecinales, pagando por bajo
cuerda a los dirigentes para que se convirtieran en sus incondicionales. La
miseria humana ha sido siempre el vergel de información que le da poder al
caudillo.
El caudillo no tiene empacho en
incorporar a su negocio a los parientes. Les favorece con compras directas, con
proyectos a la medida. El caudillo hace trampas por naturaleza.
Sus percepciones del poder son de
motricidad fina. Sabe qué teclas apretar en el momento justo. Para asegurarse
el control del Partido impulsó campañas para hacer crecer la militancia. Poco a
poco, fue incorporando al partido a nuevos militantes reclutados en función de
una adhesión de incondicionalidad a su persona, prometiendo a cambio empleo o prebendas.
Cuando pudo manejar la ciudad contrató a esos incondicionales. De pronto, la
asamblea partidaria comunal se vio invadida por mal agestados que portaban
carnet de militantes. Había que designar candidatos y esos desconocidos levantaron
sus manos al unísono, se proclamó al caudillo por mayoría absoluta y los viejos
militantes que lo controlaban todo, debieron partir excluidos, con la cola
entre las piernas, por la puerta trasera.
Mensualmente, el caudillo
organizaba reuniones con la nueva militancia, todos debían pagar sus cuotas,
pero en esa reuniones el trago y la música eran gratis, palabra mágica para los
nuevos tiempos del caudillismo. El caudillo sabe aprovechar las debilidades de sus
adversarios y las convierte en sus fortalezas. Sin mayores luces técnicas,
balbuceando discursos aprendidos de memoria, el caudillo fue capaz de organizar
pequeños proyectos para los barrios, mientras políticos mayores no eran capaces
de utilizar fondos asignados. El caudillo recorrió las poblaciones, manzana por
manzana, prometió cosas pequeñas, palmoteando espaldas, llevando empanadas a
los clubes, repartiendo pelotas de fútbol, besando a las mujeres, sonriendo,
riendo, inaugurando columpios, barandas, centros sociales, multicanchas.
El caudillo organizó las juntas
vecinales a su amaño. Nombró dirigentes a dedo, les aseguró un pago mensual. En
las reuniones del concejo municipal, esos remunerados agentes sociales se
alineaban para lo que mandara el caudillo. Eran la participación popular que
respaldaba al caudillo.
Las elecciones fueron
apabullantes. Toda la clase política central se rendía a los pies del caudillo,
quien como un monarca seleccionaba a quienes recibía o despreciaba. Ponía los
números arriba de la mesa y su voluntad era ley. La comuna en sus manos, todo
controlado y con ello las llaves del poder mayor. El caudillo abría espacios
para los buenos negocios, el caudillo solucionaba dificultades, el caudillo
daba órdenes y los planos reguladores, el destino de suelos, lo que fuera
necesario, era facilitado por sus equipos incondicionales.
El caudillo se blindaba en sus
alianzas estratégicas. Las trenzas de poder ensanchaban sus espaldas. Se le
respetaba y lo saludaban conspicuos políticos de la fronda aristocrática
central. La televisión estaba siempre a disposición. Ordenó poner gran
publicidad en el diario más conspicuo y se aseguró grandes espacios para
reportear sus logros. El caudillo se ocupaba de invitar a los periodistas a
fiestas privadas, hacía regalos a sus mujeres, era sponsor de reuniones de caridad.
Apadrinando gremios, manejando prensa, sin controles efectivos, el caudillo se
sintió intocable.
De pronto el caudillo fue presa
de la ambición sin límites y sus expectativas se elevaron, más allá de su
feudo. De alguna manera, alguien le trajo una oferta. Era demasiado dinero
costear una campaña a cargos de elección popular de nivel central. Mal que mal, el caudillo
controlaba sus dominios y allí era respetado por su poder. Pero ascender en la
escala política lo exponía a peleas mayores. Como la ambición rompe el saco,
engreído de sus capacidades, de su muñeca política, el caudillo aceptó el
financiamiento de un aliado incontrolable.
El pacto no fue de sangre, no fue
vender el alma al diablo, pero fue un pacto entre desalmados. El cartel de la
droga, que tejía sus redes de influencia, encontró en el estilo del caudillo
una empatía profunda y se apropió de esas virtudes para su propio negocio. El
caudillo cegado por la obsesión de subir, no ponderó el alcance de esta alianza
y el costo que tendría el financiamiento otorgado.
Pero llegó el día en que las
deudas se pagan. Y el caudillo que pensó ser capaz de jugar con fuego, apareció
descuartizado, cerca de la frontera. Ningún incondicional lo defendió cuando la
mafia castigó un incumplimiento del pacto secreto. La nota del cable circuló
por las redes como un incidente más en la lucha contra el narcotráfico. Servir
de eslabón para el lavado de dinero de la mafia, le significó al caudillo
probar su propia medicina y jugar un póker infernal, donde su astucia no le
sirvió de nada.
Periodismo Independiente, Hernán Narbona Véliz, Diciembre 2011.