"Desgracia" ("Disgrace"), de J.M. Coetzee.

David Lurie, “poderoso” en palabras de uno de los protagonistas de esta novela del escritor sudafricano John Maxwell Coetzee, llega a un punto en su vida en que no puede eludir su condición de mundano. Se lo recuerda su donjuanismo.

 

. Se lo recuerda su donjuanismo.
A punto de entrar decididamente y a velocidad de vértigo en su senectud, derivada de su expulsión de la Universidad, y que el personaje autoproclama dentro de una personalidad decididamente displicente hacia su entorno personal y laboral, la desgracia se cierne, menos inesperada de lo que pudiera parecer.

El autor aligera el peso de la tormenta que se avecina sobre el protagonista, que no es otra cosa que la vida, describiendo personajes y vivencias con una transparencia bastante admirable en el caso del protagonista. No así en el resto de los personajes, oscuros o, al menos, traslúcidos. El ex profesor Lurie sabe que vivir es desenmascararse y sufrir lo que llegue con dignidad.

La dignidad, lo que no parecen tener los perros o lo que Byron, al que Lurie quiere escribir una ópera, perdió al dejar de ser un mito por abandonarle la pasión por su amante. Lurie no quiere dejar de ser quien es y se aferra a su modo a esa esencia que siempre le ha caracterizado y que es más mundana de lo que la sociedad -y él mismo- quisieran reconocer: los instintos, generalmente apasionados, como el amor, la ambición, la ira y el odio, o lo que se nos ocurra como naturaleza humana que somos, nos lleva por el curso de la vida y nos controla más de lo que creemos, si no en nuestros actos, sí en nuestros pensamientos. Esa oscuridad que aparece tarde o temprano y una o muchas veces en nuestras vidas, es la que pulula dentro de esta novela y le da un cariz especial.

La historia está inacabada, efectivamente, pero estas historias son las mejores, las que reflejan con acierto la realidad, que es infinita. Poco se sabe del ex profesor (y ex marido y ex padre) antes de sus 52 años y nada de lo que le ocurrirá después de su retirada prácticamente definitiva al Cabo Oriental. Mejor así, porque él mismo lo explica a su manera, desengranando el meollo de algunos asuntos que no suelen hacerse públicos, por formar parte de eso que llamamos (falsa) moralidad. Y nos enseña que es un hombre normal, más ordinario de lo que creía y de lo que creíamos los demás. Se desmitifica el personaje, como los de Byron o Casanova o tantos otros, que no son más que seres humanos en busca del conocimiento íntimo de su esencia, sucumbiendo a su naturaleza mientras tanto.

El último aspecto fundamental por destacar del personaje sería su visión masculina, careciendo de posibilidades para entender los pormenores de las cosas de mujeres (¿grave defecto suyo o simplemente los hombres son así?). Por ello no entiende la complacencia y nunca ha entendido el amor. Así, prescindir del alma ajena le resulta sumamente fácil, como correcto egoísta, porque aún no ha aprendido a amar ni a las personas ni a los animales. Implícitamente, el autor nos enseña que todas las personas son egoístas, y el protagonista nos lo explica mediante la forma en que la sociedad trata a sus mascotas, arrancándoles el alma, trabajo que realiza su amante, la única persona que le comprende, como comprende el alma de los animales que sacrifica diariamente.

Lurie, un hombre que no entiende casi nada, salvo lo fundamental: la libertad y su vértigo. Libre como un perro, descubre que los perros también tienen dignidad, porque Bev dignifica su existencia antes de quitarles la vida. Los hombres son perros o, al menos, son tan dignos como ellos.

UNETE



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