El insulto a Sean Penn

 

.  Tal vez por esa inocuidad del vocablo fue que la actriz María Conchita Alonso se vio en la necesidad de añadir la palabra cabrón, como herramienta para defenderse de la inesperada agresión verbal que recibió del actor Sean Penn en un des-encuentro azaroso en el aeropuerto de Los Ángeles. Así le dijo: “cabrón comunista”, en ese orden. Distinto habría sido la expresión inversa: comunista cabrón, pues eso significaría que Penn es, en esencia, más comunista que lo otro.  Y no lo es.  Si lo fuera no habría nada qué criticarle: llevaría una vida ascética, habría abandonado Hollywood para dar clases de arte en alguna escuelita de Kentucky, o en último caso distribuiría sus ingresos entre el elenco, el equipo técnico y de producción de sus rodajes; por otro lado, en lugar de sacar de su bolsillo 56 mil dólares para pagar un día un aviso en protesta contra G.W.Bush en el Washington Post, habría hecho una colecta entre sus amistades para hacer unas pancartas de cartulina.Cincuenta y seis mil dólares equivalen a 13 años de salario mínimo de una persona que trabaja en Venezuela, país cuyo Presidente constituye el origen de la vieja discordia sostenida por Alonso y Penn.  Ella le espetó, en medio de aquella sala donde los únicos reclamos se refieren a equipajes, su reiterado asombro ante lo que considera un exabrupto: “¿Cómo puedes defender a (Hugo) Chávez?”;  sin embargo,  tras un par de frases que no constituían respuesta, el actor abrevió el camino para finiquitar el  diálogo con una sola palabra “Pig”. Pero al californiano hay que entenderlo: creció en un país donde su padre fue perseguido y vetado por la sola presunción de ser una mente candorosa, es decir, por parecer o ser comunista.  Fue así víctima de uno de los tantísimos episodios oscuros de la historia estadounidense.  El señor Leo Penn tenía derecho a ser o a simpatizar con lo que quisiera y a ser respetado por ello. Pero a la actriz radicada en Estados Unidos también hay que comprenderla. Nació en Cuba, de donde su familia tuvo que partir al imponerse un régimen declarado comunista, y aunque Wikipedia o su actual nacionalidad parecieran negarlo, María Conchita Alonso es venezolana. En Venezuela se crió, creció y decidió lo que quería ser y hacer con su vida. Es lógico pues que ante cualquier devoción por Fidel Castro, como la profesada por el mandatario venezolano, y ante los cambios estructurales que ha venido experimentando su país de crianza, Alonso reclame.Si le resultara un asunto de la mayor importancia, Penn se habría podido tomar algunos minutos para resumir sus argumentos ante la inquieta actriz y seguir su camino, pensando lo que eligiera pensar, que para eso tiene sus libertades civiles intactas. Habría podido decirle que el venezolano no es un régimen comunista, por ejemplo.  Bien porque el actual Presidente fue elegido mediante el sufragio, o bien porque el comunismo, más que una hermosa utopía ha sido un sistema verdaderamente opresor de aquellos colectivos donde fue y es puesto en práctica. María Conchita le habría concedido cierto grado de razón en ambos casos, para luego preguntarle cuál hubiera sido su posición si el expresidente George W. Bush, elegido mediante sufragio también, hubiese tenido la astucia para modificar la Constitución de su país con el fin de reelegirse indefinidamente y llevara más de diez años en el poder con planes de seguir allí en forma vitalicia. Tal vez la actriz le habría pedido que reflexionara sobre si la cantidad de programas sociales que, en efecto, ha establecido el gobierno venezolano para socorrer a quienes menos tienen conducirán algún día a una autonomía social, a una verdadera conciencia sobre la participación directa y la administración comunitaria de los bienes, o a una dependencia minusválida y perversa del Estado. El insulto a Sean Penn no debió ser “cabrón comunista” pero es imposible sintetizar en una sola e inolvidable frase todo lo que sería necesario expresar para que un visitante esporádico bien intencionado pero ocupado en sus propias rebeldías logre, a fin de cuentas, dimensionar sus opiniones sobre una realidad tan singular, compleja y delicada como la venezolana.  Que en Venezuela haya habido elecciones no implica que los mecanismos de la democracia estén afinados;  votar es apenas uno de tantos ejercicios a los que la ciudadanía tiene derecho en democracia pero su carga simbólica arropa al resto y proyecta con eficacia una aparente funcionalidad del sistema.  Que en Venezuela se decreten programas coyunturales para paliar la pobreza y subsidiar o subvencionar a quienes padecen sus extremas consecuencias, no quiere decir que el socialismo del siglo XXI está empoderando a los más necesitados; sin duda, les menciona más, y como nunca antes, pero no les da su propia voz.  Si hubiese una segunda oportunidad, María Conchita Alonso no se engancharía en otro escarceo estéril con Sean Penn.  Se acercaría a él, por qué no, y le preguntaría si además de leer a Ramonet o a Galeano (para apoyar sus opiniones), ha revisado los últimos textos de Heinz Dieterich o los libros de Enrique Krauze y de Manuel Caballero, en una faena que en periodismo es obligante y se denomina contrastar las fuentes, y que en la vida pública debería ser indispensable. Ella le invitaría un café en Starbucks  e indagaría sobre cómo le fue en su última larga experiencia de incógnito en alguna ciudad venezolana.  Exploraría la actriz, en resumen, sobre los esfuerzos que ha hecho el actor para sustentar su punto de vista, más allá de lo que la propaganda a favor o en contra le haya puesto en sus manos, más allá del apoyo que haya recibido para sus iniciativas humanitarias.   Tal vez arriesgaría una metáfora en que Leo Penn fuera un detractor del gobernante venezolano y calibraría la permisividad para serlo. Entonces, solo entonces, si aquel hombre se quedara callado o la agrediera en los mismos términos, la venezolana tendría que decidir cuál verdadero insulto formular o si acaso valdría la pena pronunciarlo. Aquí la noticia del incidenteEn Twitter: @yeniterpoleo

UNETE



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