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El cuaderno de Paul Auster


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22/12/2011

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El celebrado novelista estadounidense escribe y publica incansablemente, una entrega tras otra de un mundo narrativo único, con claves y alusiones tan recurrentes como sorprendentes


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La más reciente novela del prolífico Paul Auster es Sunset Park. En correspondencia con el corpus de la obra de este autor, todo comienza en Nueva York. En los personajes de Auster siempre hay un ansia de ribetes metafísicos de romper con la vida normal y confortable para iniciar una fuga hacia la nada o, como diría alguien, la disolución del yo que, no pocas veces, deviene en el encierro y el aislamiento.

No en balde, la tercera de las novelas que componen la célebre Trilogía de Nueva York, se titula La habitación cerrada (The Locked Room), un espacio en el que surge por algún artilugio narrativo la alteridad de mundos imaginados, imposibles.

Parece el encierro, la situación ideal para la creación de ficción, para explorar sus abismos sucesivos. ¿Y acaso Cervantes no escribió el Quijote en el encierro de la cárcel “donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación”? Las vueltas por una estancia clausurada irremediablemente.

Enrique Vila-Matas rescató en un relato reciente “Chet Baker piensa en su arte”, el curioso caso del Conde de Maistre, aquel que reducido a una suerte de casa por cárcel, vivió un par de años recluido en un cuarto, donde en 1794 escribió Voyage atour de ma chambre (Viaje alrededor de mi habitación). Difícil no pensar ante este dato, para quien haya leído bien a Auster, en su novela breve Viajes por el scriptorium (Anagrama, 2007), que inicia a la inversa: un personaje encerrado sin saber por qué, en medio del desvarío y la obnubilación propios del paciente de un psiquiátrico, precisamente trata de hacerse un “yo”, pugna a solas por saber quién es y qué hace en esa reclusión: “Aunque supiera que lo están vigilando, le daría lo mismo. Está como ausente, perdido entre los fantasmas que pueblan su imaginación mientras busca una respuesta a la pregunta que lo atormenta…¿Quién es?”

En esta, como todas sus obras, Auster se entrega a los dictados de la imaginación, pero con absoluta conciencia del peligroso mecanismo elegido, que nada tiene que ver con escritura automática, ni experimentaciones sin sentido: nunca falla. Auster siempre da la sensación de una gran precisión a la hora de tejer sus tramas y el resultado final es impecable en su forma.

A este estadounidense de New Jersey, el oficio de traductor que ejerciera antes de conocer celebridad de novelista, parece otorgarle ese control de la alteridad del lenguaje, de la intertextualidad y, si se quiere, de lo que ahora en la era digital se ha dado en llamar hipertexto.

Palacio de papel

Una llamada telefónica, una herencia inesperada, un nimio malentendido, un cuaderno sin abrir en una papelería, así entre otros que se podrían enumerar, son los objetos, las situaciones que disparan las narraciones de Auster hacia inimaginables puntos de fuga.

He leído alguna entrevista en la que este escritor confiesa que aún escribe a mano, en cuadernos, y luego pasa las páginas garabateadas en limpio en una máquina de escribir eléctrica. El crítico de Nacho Fernández de literaturas.com, lo califica de “tecnófobo”.

En El oráculo de la noche, novela traducida en Anagrama en 2004, de nuevo el lector se encuentra con la vida de un escritor, superviviente de una enfermedad que estuvo a punto de matarlo, y presa de un ya largo bloqueo creativo, hasta que en uno de sus paseos de convaleciente por Brooklyn –donde transcurren muchos de las historias de Auster—descubre la papelería de un chino: El Palacio de Papel. Y ahí encuentra un cuaderno de tapa de cuero azul que lo atrae irresistiblemente. Lo compra y ese es el sortilegio que desemboca en una narración fluvial con muchos afluentes: “…con la vista fija en el recién adquirido cuaderno y esperando a ver si se me ocurría una frase inicial que no me produjera un sentimiento de vergüenza ni me hiciera perder el ánimo (…) Si era capaz de transcribir un par de ideas medianamente interesantes, al menos podría decir que había empezado algo”.

A partir de cierto momento de la narración, se hace un llamado a pie de página y, no se trata de una simple acotación o cita bibliográfica, sino de otro caudal narrativo. Y es este recurso lo que Fernández pondera como una anticipación a lo que sería una literatura digital: “La inclusión de notas en el propio texto nos traslada a un tipo de escritura muy actual que es la inclusión de hipertextos dentro del libro. Lo que en Internet también denominamos enlaces o links”.

Visto así, y como Paul Auster magistralmente lo demuestra, la novela no recorrerá en el ciberespacio caminos que no haya explorado antes.

Como dice el gran novelista checo Milán Kundera, sobre el futuro del género que el Quijote inaugura: “si aún quiere progresar como novela, no puede sino hacerlo en contra del progreso del mundo”.

Auster ha dicho que su libro de mayor predilección es precisamente el Quijote, por lo que, tecnófobo o no, diría junto a Kundera estar irremediablemente ligado “a la desprestigiada herencia de Cervantes”. 





Etiquetas:   Literatura

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