. En medio
de la Península Escandinava, junto a Noruega y Finlandia, Suecia se erige como
un modelo de desarrollo basado en una economía que ha sabido conciliar el
capitalismo y los beneficios sociales. Esto se refleja en un crecimiento
económico que permea hacia los diferentes estratos de la sociedad y que tiene
efectos directos en cuanto a equidad, oportunidades y proyección.
Una sociedad
desarrollada, próspera y equilibrada como la sueca, comprende numerosos
factores que la hacen digna de imitación. Con un sistema modelo de
transparencia, que garantiza el acceso a la información por parte de los
ciudadanos, así como la constante rendición de cuentas por parte de las
autoridades, Suecia ha logrado superar muchos de los flagelos que siguen
rezagando a los países pobres. Posee un gobierno abierto, acostumbrado a
ejercer la libertar de informar, y sobre todo cuenta con un elemento
determinante para garantizar la transparencia: una ciudadanía culta y crítica,
que ejerce un control constante sobre todas las actividades que se realizan
desde las esferas de poder.
La corrupción en
Suecia es casi una entelequia. Debido a los controles, la transparencia, la
educación y la conciencia social, los actos de corrupción son prácticamente
inexistentes. Esto garantiza condiciones ideales para el trabajo, la seguridad
y el buen funcionamiento de la economía. Y todo esto no es resultado de la
casualidad, sino que proviene de una larga tradición: el acceso a la
información es un derecho constitucional que poseen los suecos desde 1766.
Con la
transparencia en el uso de recursos, los ciudadanos tienen la seguridad de que
vale la pena pagar impuestos: aunque los gravámenes son muy elevados, los
resultados se pueden ver en sistemas de salud eficientes, en una educación
gratuita y de alta calidad, en seguridad en las calles y en beneficios sociales
de diversa índole que apuntan a asegurar la calidad de vida de la gente. El
buen uso de la riqueza se nota en los niveles de desigualdad social más bajos
del mundo.
Algo siempre
notable en los nórdicos es la enorme importancia que le destinan a la formación
de su gente. En Suecia, las escuelas son de acceso público y gratuito para
todos. Hace más de un siglo ya tenían una base envidiable: todos los niños
sabían leer y escribir. Actualmente la educación es obligatoria para todos los
niños y adolescentes: de todos los estudiantes que terminan la secundaria,
prácticamente todos continuarán con los estudios superiores. De esta manera, no
sólo aseguran la formación de una ciudadanía culta y consciente de las
necesidades del país, sino que logran generaciones competitivas, capaces de
producir, innovar y generar riqueza. Son muy competitivos en cuanto a
manufacturas, productos químicos, tecnología y maquinaria.
Cuando miramos
los resultados en las sociedades escandinavas y los comparamos con lo que vemos
cotidianamente en América Latina, no podemos dejar de escandalizarnos y
cuestionarnos profundamente sobre lo que estamos haciendo mal para obtener
resultados tan opuestos: tenemos niveles de pobreza vergonzosos, una
desigualdad más elevada que África, millones de analfabetos funcionales y
muchos marginados que no accederán ni a la riqueza ni al bienestar si no
cambiamos radicalmente el contexto en el que vivimos.
Un ejemplo que
deberíamos tomar de los suecos es el de la cultura de la transparencia, que
seguramente haría que disminuyan en forma rápida los malos manejos de los
recursos, la corrupción desde el poder y la irresponsabilidad en la
administración de lo ajeno. Como un paso inicial para cambiar nuestras
sociedades, tenemos que adquirir un mayor compromiso con nuestro entorno, de
forma tal que nos convirtamos en verdaderos contralores y garantes del funcionamiento
de nuestros gobiernos.
Las comunidades
comunicadas, educadas, con acceso a la información y que pueden regularse
gracias a sistemas de transparencia, hoy son una urgencia para asegurar el
progreso y la equidad. Los suecos lo saben y por eso hoy gozan de beneficios
que nosotros no hemos podido consolidar.