Red de publicación y opinión profesional
Política · Economía · Sociedad · Cultura · Ciencia · Tecnología ·
Últimas etiquetas:   Poesía   ·   Pandemia   ·   Periodismo   ·   Escritores   ·   Lectores   ·   Coronavirus   ·   Crisis Social   ·   Crisis Económica   ·   Música   ·   Colombia



Felicidad


Inicio > Sociología
16/12/2011

1873 Visitas



«Todos los hombres, hermano Galión, quieren vivir felizmente», afirmaba el filósofo hispanorromano Séneca en su De vita beata. Y en efecto, parece que la búsqueda de la felicidad es una constante en la Historia de la humanidad, aunque cada «grupo humano» lo exprese de distinta manera: los antiguos griegos como eudaimonia, los romanos como felicitas, los cristianos medievales como beatitud, los alemanes de la época romántica como Seligkeit. Hasta la democracia más poderosa del mundo, Estados Unidos, instauró como un derecho y un deber para sus ciudadanos la búsqueda de la felicidad (happiness). Literatura de autoayuda escrita por prestigiosos terapeutas y hombres de éxito pretende ayudar en esa búsqueda de la felicidad. Películas de cine y telenovelas nos presentan historias donde el desenlace desemboca en la correspondiente boda y la felicidad subsiguiente para sus protagonistas. Tal y como nos indican importantes y periódicos estudios demoscópicos, la felicidad parece una constante para el género humano. La vida feliz parece ser el destino de la humanidad.


 

Sin embargo, resulta demasiado grosero afirmar que la felicidad es una constante histórica en la vida humana, simplemente designada de distintas maneras. Porque precisamente la manera de designar esa felicidad indica distintas concepciones sobre la misma, muchas veces opuestas entre sí y que apelan a Dios como fundamento de la Felicidad. La concepción de felicidad es distinta según la propia concepción de la divinidad que se ostente. La eudaimonía griega nada tiene que ver con la beatitud cristiana, sobre todo porque para los griegos el mundo es eterno y Dios, el Dios que designó Aristóteles como Acto Puro, que vive ajeno al mundo, es el único que puede ser feliz. El hombre sólo alcanza la felicidad por analogía, en algunos momentos concretos; la propia existencia del Acto Puro demuestra la inconmensurabilidad del hombre con Dios, tal y como Aristóteles dejó escrito en la  Ética a Nicómaco  y la Metafísica. Como los placeres mundanos no se confunden con la felicidad, el hombre sabio renunciará a gozarlos plenamente y vivirá una vida ordenada y controlada respecto a ellos, como dirá Epicuro al señalar que el mayor placer es evitar el dolor.

 

En el cristianismo, Dios ha creado el mundo, luego la beatitud cristiana es una característica de cada hombre. El cristiano es feliz por definición, pues su destino es la felicidad eterna junto a Dios, contemplando junto a él la desdicha de los pecadores en el infierno. El cristiano renunciará así a una vida desordenada, dedicada al goce de los placeres mundanos sin medida, para garantizarse la felicidad eterna. Como dirá Pascal, un cristiano apostará que Dios existe, pues si pierde, nada pierde en suma, pero si gana, gana la beatitud, la vida eterna.

 

Con el surgimiento de la sociedad industrial y el consumo masivo, habrá muchos que piensen que la vida eterna no es posible al perder a Dios, pero se empeñarán en vivir de manera canalla, en apenas unos años, los contenidos tradicionales que se atribuían a la felicidad eterna, gozando sin medida de los placeres mundanos según el lema carpe diem. El canalla parece decir como el Fausto de Goethe que vendió su alma al diablo: «Detente instante, eres tan bello». La felicidad canalla queda así caracterizada como una cáscara vacía, una vez eliminado a Dios pero deseando que siga habiendo vida feliz. Es la felicidad que predican ateos canallas como Richard Dawkins: «Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida».

 

En general, como señala Gustavo Bueno en El mito de la felicidad, sólo quien considere que el Género Humano tiene ya un destino preestablecido, ligado a Dios, creerá que el hombre puede ser feliz. Pero quienes han establecido que Dios no existe, afirmarán en consecuencia que no hay tal destino prefijado para la Humanidad. No negará que el hombre goza de momentos de alegría, pero no por ello considerará que el hombre esté destinado a ser feliz, ni tampoco pensará que aquello que suele designarse como felicidad es más que el seguir los modelos y los cauces que cada sociedad histórica marca a quienes viven en ellas.



Etiquetas:

Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

1 comentario  Deja tu comentario


Francisca Almeida, Artes La humanidad ha llevado la legítima búsqueda de la felicidad a una obsesión por ella. Y es en ese camino donde ha nacido el intento de estandarizar los elementos que permiten construirla.
Nos ofuscamos por conseguir aquellos elementos que la sociedad nos presenta como vitales para la felicidad, y los que muchas veces nos conducen en el camino contrario.





Los más leídos de los últimos 5 días

Comienza
a leer


Un espacio que invita a la actualidad e información
 

Publica tus artículos


Queremos ser tus consejeros y tu casa editorial

Una comunidad de expertos


Rodéate de los mejores y comienza a influir
 

Ayudamos a tu negocio


El lugar y el momento adecuado donde debes estar
Secciones
20665 publicaciones
5136 usuarios
Columnas destacadas
Los más leídos
Mapa web
Categorías
Política
Economía
Sociedad
Cultura
Ciencia
Tecnología
Conócenos
Quiénes somos
Cómo publicar en Reeditor
Contacto
Síguenos


reeditor.com © 2014  ·  Todos los derechos reservados  ·  Términos y condiciones  ·  Políticas de privacidad  ·  Diseño web sitelicon.com  ·  Únete ahora