. Dice el autor que el 5 de mayo de 1830, enfermo, triste, abatido por los desengaños, casi sin amigos, el genial caraqueño se dirigió a Cartagena con la intención de embarcarse para Jamaica y Europa, pero la demora de la fragata inglesa Shanon y la falta de dinero para tomar otro buque lo detuvieron allí, donde acabó de postrarle la noticia del asesinato de su hijo querido, Antonio José de Sucre: “Nadie me quiere en la Nueva Granada y casi todos sus militares me detestan”. Sólo faltaba alcanzarle el vaso de la cicuta, señala el escritor.
Calificado de dictador y de que hubiera podido fundar una monarquía sobre sólidas bases, pero una democracia jamás, expresa Vargas: “Vemos levantarse una figura colosal, deslumbradora, un adalid que sin armas, sin ejércitos, sin recursos, acosado y perseguido, lucha contra las aguerridas huestes españolas mandadas por expertos capitanes, las rechaza y vence en mil combates del Orinoco al Potosí y emancipa un mundo tan vasto como el que esclavizara la diestra del Gran Alejandro”. Depuesto Mosquera de la presidencia de Colombia, el general Rafael Urdaneta subió al poder y le envió una carta al Libertador en Cartagena suplicándole que aceptara la presidencia, pero era demasiado tarde. Le prestaba sus cuidados el médico francés doctor Alejandro Próspero Reverend, quien al verle muy grave llamó a consulta a un médico de una goleta de guerra de los Estados Unidos que estaba por allí. Los facultativos diagnosticaron una tuberculosis pulmonar y por su orden se le trasladó a la Quinta de San Pedro Alejandrino del español Joaquín De Mier, de Santa Marta. Aquí algunas veces conversaba con el doctor Reverend y se burlaba de las ilusiones de este hijo ilustre de Francia: “¿Doctor, quién le trajo a América?”. “La Libertad”, respondía. “¿Y la encontró?”. “Si, mi General”. “Pues Usted ha sido más feliz que yo…vuélvase a la bella Francia, en donde ya está flameando la gloriosa bandera tricolor (en referencia al azul, blanco y rojo, adoptada el 15 de febrero de 1794); aquí, en este país, no se puede vivir; hay muchos canallas…” El pobre cura de Mamatoco, un pueblito cercano a Santa Marta, vino de noche con sus acólitos y unos cuantos indios infelices con el Santísimo, cuando Bolívar, resignado, terminó por perdonar a sus enemigos. Ordenó que se devolviese a Bolivia la medalla que le habían obsequiado, por haber protestado de su paternidad; que le entregasen a la viuda de Sucre la espada que le regaló el Gran Mariscal; que entreguen a la Universidad de Caracas los dos volúmenes del Contrato Social de Rousseau y el Arte Militar de Montecuculi, regalo del General inglés Robert Wilson, y obras de la biblioteca de Napoleón. El doctor Manuel Pérez de Romero, auditor de Guerra y Marina, ante los personajes que despedían al héroe, leyó: “¡Colombianos! Mis últimos deseos son por la felicidad de la Patria. Si mi muerte contribuyese para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”. Ese día, 17 de diciembre de 1830, el escribano José Catalino Noguera, no pudo continuar, estaba derretido por la emoción, tuvo que ceder el pliego al auditor de guerra para que continuase, y tanto él como el doctor Reverend y aquellos hombres esforzados que habían desafiado la muerte en mil combates, lloraban y sollozaban como niños…era la una de la tarde. César Pinos Espinoza