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La intolerancia de los mercados


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15/12/2011

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La vida, por la que nos relacionamos con nosotros mismos y con el planeta,  parece haber dejado a un lado su sofisticación y sus máscaras y cada vez se nos  muestra más cómo es en realidad. Tal vez Marx se equivocó buscándole sentido a su acontecer y a su historia,  pues la misma parece ser igual en todas las épocas y no se puede decir que hay ahora formas sociales mejores que las que hubo antes, sino características y afeites diferentes. En esencia el mundo es el mismo de siempre: el hombre  sigue siendo el lobo del hombre. No hay mucha diferencia entre los galeotes que remaban al ritmo del tamborilete, con la forma que se conducen los hombres en una sala de computación de una empresa trasnacional; entre las cadenas por las que aquellos eran sujetos y la manera como ciertos ciudadanos cubanos son obligados a trabajar en algunos países amigos, mientras sus familiares son retenidos en la isla. Ya sea en economía, religión, política o, inclusive, en el deporte, siempre nos encontramos con los mismos feudos, la misma falta de libertades y con  unos cuantos dominando a unos muchos, como lo sentenciaron los teóricos italianos Mosca y Pareto.


Sin embargo, en lo que no parece que se equivocó el viejo Marx es en haber apuntado a la preeminencia del aspecto económico sobre todos los demás,  en haber llamado la atención sobre el poder de los mercados y lo que él calificó como el fetichismo de la mercancía, donde éstas parecen tener una voluntad y un comportamiento independiente de la de sus productores. Esto es todavía más patente  y más paradójico cuando ese mercado es precisamente el financiero y la mercancía es el mismo dinero o medio de intercambio.  Ya no parece haber ética, religión ni política, todo ha quedado reducido a la compra y venta de cosas, a lo que desde antiguo se llama mercados y, más precisamente, al mercado de los medios de intercambio de bienes, del dinero y los flujos de capital. La política ha quedado reducida, por tanto, a una cuestión de ver quién logra que el país crezca económicamente (no importa a costa de qué), o cómo se hace para pagar la deuda pública, obtener dinero o colocar los bonos de esa misma deuda.

Esto ha pasado a ser tan importante que los mercados financieros  han sufrido una suerte de cosificación (reificación, dirían algunos) adquiriendo en el camino una autonomía y un poder avasallador, por lo que la mano de éstos ya no es tan invisible como llegó a pensar Adam Smith. Frases como que “los mercados han reaccionado”, que  los mismos “no creen en los cambios”, que “han retrocedido”, que “mantienen su ofensiva”, etc., son algunas de las locuciones que escuchamos permanentemente en los medios de comunicación social. Y aunque estos mercados son de alguna manera intangibles no por ello son menos reales  – pues ya hace tiempo que le adjudicamos a la realidad algo más que lo que dictan nuestros sentidos– como lo muestra la caída del gobierno islandés, hace algunos años cuando comenzó la crisis, y ahora la debacle del  griego, del italiano y hasta del mismo español, si pensamos que ese país tuvo que  adelantar apresuradamente las elecciones generales.

La cosa ha llegado a tales extremos que días antes de las elecciones españolas del 20 de noviembre, el ahora ganador de las mismas, el Sr.  Mariano Rajoy, pedía a los mercados “media hora” de margen para el próximo gobierno. Y tras conocer que la prima de riesgo ­–que mide el diferencial entre el bono español a diez años y el alemán del mismo plazo–  había superado la barrera de los 500 puntos, y   como si de personas de carne y hueso se tratara, se dirigía a los mismos en los siguientes términos: “Espero que se paren, que se den cuenta que hay elecciones y que quienes ganen tienen derecho a un mínimo de margen”.

Los mercados sin embargo se muestran tercos y  no se han calmado después de su triunfo. Al parecer esperan por más recortes y ajustes y no les importa que con ello se vaya al traste el famoso Estado de Bienestar; muestran al fin una intolerancia propia de nosotros, sus creadores, quienes los hemos moldeado a nuestra imagen y semejanza; una imagen que por lo que hemos visto ha cambiado muy poco desde la antigüedad.



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