. Tal vez
Marx se equivocó buscándole sentido a su acontecer y a su historia, pues
la misma parece ser igual en todas las épocas y no se puede decir que hay ahora
formas sociales mejores que las que hubo antes, sino características y afeites
diferentes. En esencia el mundo es el mismo de siempre: el hombre sigue
siendo el lobo del hombre. No hay mucha diferencia entre los galeotes que
remaban al ritmo del tamborilete, con la forma que se conducen los hombres en
una sala de computación de una empresa trasnacional; entre las cadenas por las
que aquellos eran sujetos y la manera como ciertos ciudadanos cubanos son
obligados a trabajar en algunos países amigos, mientras sus familiares son
retenidos en la isla. Ya sea en economía, religión, política o, inclusive, en
el deporte, siempre nos encontramos con los mismos feudos, la misma falta de
libertades y con unos cuantos dominando a unos muchos, como lo
sentenciaron los teóricos italianos Mosca y Pareto.
Sin embargo, en lo que no parece que se equivocó el
viejo Marx es en haber apuntado a la preeminencia del aspecto económico sobre
todos los demás, en haber llamado la atención sobre el poder de los
mercados y lo que él calificó como el fetichismo de la mercancía, donde
éstas parecen tener una voluntad y un comportamiento independiente de la de sus
productores. Esto es todavía más patente y más paradójico cuando ese
mercado es precisamente el financiero y la mercancía es el mismo dinero o medio
de intercambio. Ya no parece haber ética, religión ni política, todo ha
quedado reducido a la compra y venta de cosas, a lo que desde antiguo se llama
mercados y, más precisamente, al mercado de los medios de intercambio de
bienes, del dinero y los flujos de capital. La política ha quedado reducida,
por tanto, a una cuestión de ver quién logra que el país crezca económicamente
(no importa a costa de qué), o cómo se hace para pagar la deuda pública,
obtener dinero o colocar los bonos de esa misma deuda.
Esto ha pasado a ser tan importante que los mercados
financieros han sufrido una suerte de cosificación (reificación, dirían
algunos) adquiriendo en el camino una autonomía y un poder avasallador, por lo
que la mano de éstos ya no es tan invisible como llegó a pensar Adam Smith.
Frases como que “los mercados han reaccionado”, que los mismos “no creen
en los cambios”, que “han retrocedido”, que “mantienen su ofensiva”, etc., son
algunas de las locuciones que escuchamos permanentemente en los medios de
comunicación social. Y aunque estos mercados son de alguna manera intangibles
no por ello son menos reales – pues ya hace tiempo que le adjudicamos a
la realidad algo más que lo que dictan nuestros sentidos– como lo muestra la
caída del gobierno islandés, hace algunos años cuando comenzó la crisis, y
ahora la debacle del griego, del italiano y hasta del mismo español, si
pensamos que ese país tuvo que adelantar apresuradamente las elecciones
generales.
La cosa ha llegado a tales extremos que días antes de
las elecciones españolas del 20 de noviembre, el ahora ganador de las mismas,
el Sr. Mariano Rajoy, pedía a los mercados “media hora” de margen para el
próximo gobierno. Y tras conocer que la prima de riesgo –que mide el
diferencial entre el bono español a diez años y el alemán del mismo plazo–
había superado la barrera de los 500 puntos, y como si de
personas de carne y hueso se tratara, se dirigía a los mismos en los siguientes
términos: “Espero que se paren, que se den cuenta que hay elecciones y que
quienes ganen tienen derecho a un mínimo de margen”.
Los mercados sin embargo se muestran tercos y no
se han calmado después de su triunfo. Al parecer esperan por más recortes y
ajustes y no les importa que con ello se vaya al traste el famoso Estado de
Bienestar; muestran al fin una intolerancia propia de nosotros, sus creadores,
quienes los hemos moldeado a nuestra imagen y semejanza; una imagen que por lo
que hemos visto ha cambiado muy poco desde la antigüedad.