. J.
Kazinski, seudónimo bajo el cual se ocultan el director de cine danés Anders
Ronnow Klarlund y el escritor de esa misma nacionalidad Jacob Weinreich. Según
dicen los entendidos, y por la forma en que ésta nos atrapa durante las 518
páginas que la componen, parece estar destinada a suceder a la trilogía
Milenium, del también escandinavo Stieg Larsson. Como aquélla y como toda buena
novela, no deja de plantearnos algunas cuestiones universales y, por lo tanto,
sustantivas. Así, por ejemplo, el engreimiento de las ciencias (“la certeza es
para tontos. Se requiere un talento lúcido para entender lo poco que sabemos”,
se dice allí); los misterios del universo y lo poco que conocemos de éste; el
papel que juega el mito y los textos sagrados en nuestra cultura; pero por
sobre todo, la incapacidad de conocer el bien versus la forma inmediata
en que reconocemos el mal o la maldad. En este sentido, estos autores se dan el
lujo de poner como ejemplo a aquel señor que por ser tan bueno no podía decir
que no a nada ni a nadie, lo que terminó llevándolo a no cumplir con todos los
compromisos que contraía y ser aborrecido por todos; a convertirse, en fin, en
alguien que no sólo hacía daño a otros sino también a sí mismo.
Desde antiguo, el mal ha sido visto y estudiado desde
muy diferentes planos. Platón, por ejemplo, suponía que quién hacía mal
no conocía el bien, pues este autor aseguraba que si realmente supiéramos lo
que está bien sería prácticamente imposible acometer el mal. Para algunos pensadores
neoplatónicos en la jerarquía de los seres que emanaban de dios, donde los
ángeles eran los seres que estaban más cerca de la perfección, el mal
representaba un grado de imperfección o pobreza ontológica, situándose en las
antípodas de la perfección por el contacto que los humanos tenemos con los
seres más imperfectos de esa jerarquía, como los animales o las cosas. Para los
padres de la iglesia católica, como San Agustín, la creación no albergaba
el mal , y el mismo sólo era una consecuencia de nuestra voluntad y nuestro
amor desmesurado por las cosas terrenales; el pecado en fin como algo
similar a aquella hybris griega , aquel descomedimiento por la cual
terminaban padeciendo tanto los hombres. Para otros, como Leibniz, la maldad
era parte del orden del universo, sin el cual éste estaría incompleto. Y para
la tradición que viene de Heráclito y que se concreta en Hegel, el mal es la
otra parte necesaria en la dialéctica y el enfrentamiento por el que se
constituye el porvenir y nuestra historia. Hoy en día , sin embargo, podríamos
decir que tanto el aspecto físico del mal, como el metafísico y el moral
, son englobados popularmente en la concepción del mal ( o la
maldad) como daño , es decir, como el acto voluntario que
infringimos a los demás a sabiendas del mal físico y moral que producimos
en los otros. Es tal vez una concepción pragmatista y pragmática,
que atiende más a las consecuencias de nuestros actos y tiene más que ver con
el antropocentrismo que caracteriza al hombre moderno.
En resumidas cuentas, esta novela nos hace reflexionar
sobre un aspecto nada baladí de nuestras vidas, y lastimosa e
irremediablemente termina remitiéndonos a una serie de circunstancias
como las que estamos viviendo actualmente en nuestro país. ¿Cómo calificar,
por ejemplo, el trato que se le da a una persona como Henry Vivas (a quien por
cierto no conozco), cuando no sólo se le ha condenado a 30 años de presidio sin
que haya sido resuelto la cuestión de la Comisión de la Verdad que debía
pronunciarse sobre los sucesos del 11 de abril, sino que a pesar de haber sido
incluido por la Defensoría del Pueblo en una lista de 65 presos que
debían recibir beneficios por razones de salud, se le mantiene preso sin
reparar en las 17 enfermedades que padece (que se dice pronto)?
Así ,pues, por mucho que alguien como Althusser haya
dicho que la ética de una revolución desafía los cánones morales vigentes, creo
que los autores no se equivocan del todo cuando sostienen que la bondad, aunque
la haya, es más difícil de reconocer que la maldad y que, como allí se deja
entrever, esta última no respeta ideologías.