“Dios concédeme
la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar…”
Tres motivos que llevaron a escribir
acerca de algo muy hermoso como lo es la serenidad. Primero, me llegó un correo
electrónico de este, se puede decir, don; luego coincidió con la llegada
a mis manos de un folleto de la oración de la serenidad y tercero, el nombre
del libro “El aprendizaje de la serenidad” (Un aprentissage de la
sérénité) de Chistophe André que actualmente estoy leyendo.
Los estados de ánimo, señala André, son el
alma de nuestra relación con el mundo. Son el latido de nuestro vínculo con lo
exterior. En particular, la serenidad entraña una calma y paz interior,
un sosiego y estabilidad emocional, así como un dominio de sí mismo. La
serenidad es una fuente de energía vital.
En el correo electrónico que recibí y que
con gusto comparto, se habla de las características de la persona serena como
aquella que no se deja llevar por la precipitación y la impaciencia, sino
que sabe pensar antes de actuar. Procura defender su paz interior ante
las vicisitudes de la de la vida.
La persona que vive con serenidad no hace
una tragedia de pequeños sucesos negativos, no los magnifica al grado de perder
la proporción de los mismos, sino que sabe colocarlos en su justa dimensión,
verlos desde una perspectiva del aprendizaje y crecimiento, y mantener un ánimo
positivo ante las adversidades, mismas que todos tenemos día con día.
Cuantas veces hacemos de un acontecimiento
chiquito un gran chisme, o un gran problema o lo edificamos como un gran
obstáculo. De una minucia hecha grande, se destruyen relaciones afectivas
y hasta el dominio de sí mismo. Ver las situaciones en una proporción real nos
ayuda a solucionar los problemas y reconocer las herramientas que tenemos para
hacerlo,, como el diálogo, la comprensión y el perdón.
La serenidad va de la mano con la capacidad
de reconocer nuestros sentimientos, saber encauzarlos y expresarlos
debidamente, de una manera respetuosa y asertiva. De esa manera se conserva la
alegría interna y el equilibrio. Los sentimientos no son buenos ni malos,
simplemente son sentimiento. No obstante, la manera en que los manifestamos sí
puede afectarnos o afectar a otros. La serenidad nos ayuda a respirar profundo
y reconocer de qué se tratan esos sentimientos, acogerlos como nuestros y poder
encausarlos correctamente
Mantener la serenidad principalmente en
los momentos más difíciles es un verdadero reto. Es mantener un espíritu
fortalecido, paz interior, alegría de vivir y una actitud receptiva para
aceptar lo que no podemos cambiar y valor para cambiar lo que está en nuestras manos.
Es de esto último precisamente de lo que
habla la oración de la serenidad que tiene su fundamento principalmente en la
confianza en Dios. Es a El a quien se le pide el don de la Serenidad para
adquirir crecimiento y madurez espiritual al aceptar todo aquello que nos
es imposible cambiar, pero al mismo tiempo el valor para actuar en la parte que
nos corresponde. También se le pide a Dios la sabiduría para discernir la
diferencia entre lo que se puede y no se puede cambiar, entre lo que está en
nuestras manos y lo que no.
Buscar la serenidad, como un ejercicio
espiritual cotidiano, debe ser una tarea a realizar todos los días. No solo
protege nuestra paz mental, sino que se traduce en salud física y
emocional. Entre el ajetreo de los días previos a la Navidad, ojalá
recordemos que la serenidad la podemos llevar a todas nuestras acciones,
practicarla a cada momento y , de no encontrarla, pedírsela a Dios con todo el
corazón. Un abrazo.