Sarcófago (vanitas vanitatis)

SARCÓFAGO

 

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Séneca, Las troyanas.

Parecía una pura contradicción: con el curso ya en marcha, y con el calor menguando, y mucho, comenzamos a reunirnos con más frecuencia. Pese al cambio de temperatura, en alguna que otra ocasión renunciamos al vino: temimos ser objeto de alguna enfermedad no deseada.

-Hoy le voy a servir un agua bien fresca y saludable -anunció sacando un gran jarro de la misma, como si fuera a pronunciar un largo y brillante discurso.

-Se lo agradezco -contesté-. Últimamente estoy sintiendo algunas molestias estomacales, nada serio; pero es mejor prevenir que curar.

-Vaya al médico. No se descuide.

-Sí, lo haré.

-¿Y qué tal el inicio del curso? -preguntó con un punto de malicia- ¿Cómo le ha ido con sus alumnos?

-Muy bien. De maravilla. La verdad es que la primera clase ha sido una sorpresa muy agradable. Soy un privilegiado, señor mío.

-Me alegro. Hay profesores quejándose de la falta de respeto de los alumnos nada más iniciar el curso. Por la forma de vestir en este caso.

-Sí, lo he oído. Es lamentable. Pero de donde no hay...

-Bueno, cuénteme. ¿Qué pasó en esa primera clase?

-Tras presentarles el plan de trabajo y las traducciones que deberían hacer, uno de los alumnos, aficionado a la etimología, propuso alguna incursión en este campo. Le compelí a trabajar en ello, y a hacer alguna exposición. Y sin más, comenzó a hacerlo.

-¡Vaya sorpresa que se llevaría usted!

-Hasta cierto punto. Conozco a este chico desde hace tiempo, y sé que es muy capaz. Contó que, durante un fin de semana, se fue al Museo Arqueológico Nacional, donde, cómo no, pasó horas y horas en las salas dedicadas al arte griego.

-Estará usted satisfecho.

-Mucho. Nos dijo que se había detenido, y no se podía separar de él, del llamado sarcófago de Orestes. Y allí, observándolo, estuvo meditando sobre la vida y la muerte.

-¿Tan joven?

-Tan joven. Pero no solamente en eso. Le salió, enseguida, la vena de filólogo. Y sintió una rabia inmensa al ser incapaz, en aquel momento, de recordar la etimología de la palabra sarcófago. Y aquí tiene usted el claro ejemplo de cómo los nuevos instrumentos, teléfono móvil en este caso, bien usados, pueden ser una maravilla. Éste, a petición suya, le informó enseguida de lo demandado. No le hicieron falta grandes consultas. Comenzó a recordar.

-Sarcófago -explicó Luis a la clase- es una palabra griega, una palabra compuesta; proviene del sustantivo σαρξ. Σαρκós, carne, y del verbo φαγειν, comer. La frase griega es λιθος σαρκοφάγος, la piedra que se come a la carne. Porque, efectivamente, dentro de los sarcófagos no quedan más que los huesos.

-Y suerte si queda eso -respondió Miguel, otro alumno-. Pues esto deja bien a las claras, una vez más, lo que he dicho en muchas ocasiones: en los museos todo cuanto hay está fuera de contexto. El sitio de un sarcófago es un cementerio, o una pelada montaña. No la sala de un museo.

-Y de haberlo dejado allí -intervino Carlos- lo hubieran saqueado y troceado; seguramente para hacer cal. Descontextualizado y todo lo que tú quieras, pero al menos lo conservamos, y es una valiosa fuente de información. Todo está descontextualizado: la acrópolis es una creación moderna, los trípticos religiosos no están en las catedrales, Itálica está enterrada… Todo son representaciones. Una disneylandia más o menos culta.

-¡No te pases! -exclamó María, una de las dos chicas de la clase-. Pero sí, esto de los sarcófagos y su desubicación deja bien a las claras que la vanidad humana no es más que eso, humo, o la sombra del humo.

-En eso -dijo mi vecino llenándome el vaso de un agua pura y cristalina- no va nada equivocada la chica. ¿Dónde fueron a parar los huesos encontrados en el sarcófago? Imagino que los enterrarían. ¿En un cementerio cristiano? Valiente ironía, ¿no cree?

-No lo sé -le contesté-. No lo sé, la verdad. Me están planteando problemas que nunca se me habían ocurrido. Habría que hablar con los arqueólogos para saber el final de los huesos.

-Imagínate -volvió a la carga Miguel, el chico que no es muy partidario de los museos- el día de la resurrección de los muertos. El pobre hombre se levanta, y no reconoce su sarcófago… Puede enloquecer: está en tierra extraña…

-Estás haciendo una mezcla imposible -replicó Luis-: los griegos, como sabes, no creían en la resurrección de los muertos. Por lo tanto, sobra cuanto has dicho.

-Estaba pensando -dijo Miguel meditando en voz alta- que si los arqueólogos son conscientes, deberían llevar los huesos al Cerámico, al antiguo cementerio griego. Pero ¿existe este todavía?

-No, no existe.

-¿Entonces?

-No lo sé. Se lo preguntaremos a los arqueólogos.

-Está claro -intervino mi vecino felicitándome- que ha sabido usted crear inquietudes entre sus alumnos.

-No estoy nada seguro de haber sido yo quien ha creado esas inquietudes -le expliqué-. Pero está muy bien cuanto plantearon. Y, además, la cosa no terminó ahí. Volvió a intervenir entonces María, una de las dos chicas de la clase.

-Sea como fuere -dijo- y está muy bien cuanto habéis planteado los dos, lo que queda claro con esto es la enorme vanidad humana. Tanto la etimología, como lo sostenido por Miguel y los museos, está muy bien. Nos habéis ampliado las miras. Pero los sarcófagos y las tumbas no son sino vanidad. Y como toda vanidad es inútil: el muerto, por muy poderoso que fuera en vida, ha sido despojado hasta de su tumba, de su sarcófago. Y, seguramente, del ajuar que contenía: collares, pulseras, anillos, espadas. Todo. Todo expuesto en frías vitrinas de cristal, lejos de su dueño.

-Y preservado gracias a ello -apuntó Carlos.

-Y además -añadió Miguel con sorna- no le podemos dar las gracias al muerto, o a su familia, por haber contratado a un verdadero artista para que labrara tan magnífico sarcófago.

-Es una maravilla -volvió a intervenir Luis-. Pasé mucho tiempo observando el sarcófago. Lo llaman el sarcófago de Orestes. No porque metieran allí al asesino de su madre, sino porque a lo largo de sus cuatro lados, se cuenta la historia de este personaje.

-Es decir, que ni el nombre del difunto ha perdurado -apuntó María.

-Que yo sepa, no.

-De todas formas -continuó María- tampoco hubiera servido de nada. Como hemos dicho en más de una ocasión en clase -dijo sonriéndome- cuando uno pronuncia Aquiles, Héctor, Andrómaca, Polixena, o el nombre que queramos, no tenemos ninguna imagen de ellos. ¿Cómo eran físicamente? Ni lo sabemos ni lo sabremos. Han caído en el olvido, pese a sarcófagos, a sus aventuras, a sus virtudes, y a sus muertes.

-De algunos romanos -explicó Luis- tenemos bustos, o estatuas, y nos podemos hacer una idea, más o menos, de cómo eran. Pero es cierto lo que dices. Si nombras a Aquiles, seguro que a la mayoría de las personas se le viene a la cabeza el actor que lo encarnó en la película Troya, Brad Pitt, creo que era. Y no te digo nada de Odiseo, puesto de moda últimamente por la película de Nolan.

-No me hables -le contestó María con un gesto de desagrado.

-A mí tampoco me gusto, como bien sabes.

Sonrió la chica y no dijo nada.

-Bien -intervine yo deseando que no decayera la conversación, pues estaba disfrutando con sus diálogos-. ¿Y qué conclusión podemos sacar de todo esto, de vuestras palabras?

-Que estaría muy bien -respondió rápidamente María sonriendo- organizar una excursión al Museo Arqueológico Nacional. Toda la clase, si os apetece. Incluido tú, claro, si quieres venir con nosotros.

-Por supuesto -le aclaré sonriendo- ¿Cómo os voy a dejar solos? No me lo perdonaría si os pasara algo.

-¡Anda ya! -exclamó María riendo de buena gana.

-Yo podría encargarme de organizarlo todo -se ofreció rápidamente Miguel, el enemigo de los museos- ¿Lo hacemos? -me preguntó.

-¿Por qué no? No necesitamos el permiso de nadie.

-Billetes de tren, ida y vuelta. Entradas para el Museo, y un lugar donde comer -le apuntó su compañera sonriendo.

-No te preocupes que no vas a pasar hambre. Yo me encargo de todo. Ahora bien, antes de terminar, me gustaría recalcar que, como ha dicho María, efectivamente, esto de los sarcófagos, dejando aparte etimologías, encierra una enorme vanidad. Por eso yo -añadió sonriendo- prefiero la incineración y el esparcimiento de mis cenizas. De esta forma, nadie, ni después de la muerte, podrá despojarme de nada, porque nada tendré. Ni nada seré.

-Lo mismo te digo -apuntó la chica.

-Aprovecharé la ocasión -intervino Carlos- para contextualizaros algunas de las obras. Así las entenderéis mejor. Si te parece bien, claro -dijo dirigiéndose a mí.

-Me parece de maravilla. Y a la clase también.

Asintieron.

-Y así -me dirigí a mi vecino- y tras fijar una fecha para la excursión, se terminó mi primera clase. Ahora dígame usted que no soy un privilegiado.

-Lo es. Esto hay que celebrarlo con una copita de vino.

Y sin más se fue a por ella. Regresó con dos ya llenas. Tras beberse la suya, contó:

-¿Sabe? Cuando yo hice la mili, hace siglos de ello, había un toque de corneta que se llamaba fajina. Indicaba que los soldados debíamos formar para ir a comer. Yo me explicaba la dichosa palabra aplicándola al fajín que llevaban los mandos. Hambriento como estaba, ir al comedor era, para mí, ensanchar el fajín.

-No sé, así de repente, si tendrá el mismo origen que φαγειν, que sí, significa comer. Pero, querido amigo, esto de la etimología es un terreno muy resbaladizo. Dejémoslo para los enterados -dije tras beberme la generosa copa de vino-. Lo investigaré.

-Cuento con ello.

Y sin más nos despedimos.

1 Séneca, Las troyanas, acto tercero, v 407-8. en Tragedias I, Biblioteca clásica gredos, Madrid 1987. Traducción de Jesús Luque Moreno.

UNETE



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