La buena muerte

LA BUENA MUERTE

 

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Daniel Sueiro, La pena de muerte y los derechos humanos.

Estaba conmocionado por el reciente suceso acaecido en Tennesse, Estados Unidos. Una mujer, Christe Pike, había sobrevivido a dos inyecciones letales, tras ser condenada a muerte.

-A mí, perdóneme -dijo poniendo la botella de vino sobre la mesa- pero esto de la pena de muerte me parece una salvajada propia de otros tiempos. Ni las bestias, vamos.

-Yo tampoco soy partidario de ella -le contesté en tanto descorchaba la botella-. Se ha visto y demostrado que no termina ni con los robos, ni con los asesinatos, ni con los nefastos reyes o presidentes. Ni con nada.

-Ni con las guerras, que es donde más asesinatos hay. A mansalva. Pero, claro, estos se hacen bajo un trapo atado a un palo e invocando esto, aquello y lo demás allá. La pena de muerte siempre me ha parecido una venganza, muy cruel por cierto, tanto del estado como de los familiares del asesinado por el reo… He leído que en varias ejecuciones los parientes han asistido al ajusticiamiento del penado. Y han salido de allí contentos y satisfechos. Como si la ejecución de uno hubiera supuesto la resurrección de otro.

-Un compañero mío ha escrito varios artículos sobre la pena de muerte. Y si ésta ya es terrible de por sí, no por ello las autoridades dejaban de contribuir a hacerlas todavía más horribles y crueles si cabe.

-Ya le he dicho en infinidad de ocasiones -recordó en tanto llenaba las copas- que no hay animal más feroz sobre la superficie terrestre que el hombre. Sólo él tortura y mata por placer.

-Oyendo algunas de las anécdotas que cuenta mi compañero no puedo por menos que darle la razón. Bestialidades, cometidas además, por quien menos propenso debía de ser a ellas: el clero.

-Con la Iglesia hemos dado, Sancho. Pero cuente, cuente; tengo interés en oírlo.

-Dice mi compañero que a algunos reos, en una época de creyentes, y de cierto fervor religioso, Edad Media, el clero se negaba a darles la absolución para mandarlos directos, tras su ejecución, al infierno. No les daban la opción del arrepentimiento. Y, para acabarlo de rematar, la ejecución se realizaba en el mismo momento de la consagración del pan y del vino en la santa misa2.

-Muy católico todo ello. Y más humano si cabe.

-También depende del grado de creencia o de fe del reo. Aunque, claro, en esos momentos uno, imagino, se aferra a un clavo ardiendo.

-¿No decían en la Edad Media que la buena muerte es la muerte anunciada? Si es así, nada mejor que una ejecución: te da tiempo a despedirte de deudos y parientes, como hizo el padre de Jorge Manrique: Recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte… Tumbado en la mullida cama, donde te ponen la inyección letal, puedes, con voz débil y de circunstancias, confesarte, y pedir perdón por los errores cometidos, y dejar tu alma tan blanca como las alas del Arcángel san Gabriel. Pero, claro, si te niegan la confesión…

-Doble crueldad, ¿no le parece?

-Me parece una terrible crueldad, un despropósito y una venganza en contra del pobre reo. Más sangrante surgiendo de quien surgió. El único consuelo que nos queda es pensar que el hombre murió deseando morir, irse cuanto antes de este mundo donde viven semejantes individuos. Y tal vez entonces se percatara de la maldad de su acción, robo o asesinato o de cuanto hiciera, y se arrepintiera de haberlo hecho…

-O estuviera contento de ello -lo interrumpí- pues gracias a su acción ha terminado por percatarse de quienes somos y qué hacemos. Y, la verdad, no vale la pena seguir ni continuar. No haber nacido -cité de memoria- pero una vez que ello ha sucedido, es lo mejor volver cuanto antes al sitio de donde hemos venido3.

-¿No estará usted defendiendo la pena de muerte? -me preguntó un tanto escandalizado.

-Por supuesto que no -le respondí raudo-. Sencillamente le estoy diciendo que ni la religión ni las leyes nos ha hecho dejar atrás el salvajismo y las salvajadas que nos caracterizan. Vulpes pilum mutat sed no mores4.

-¿Y qué va a pasar ahora con esa mujer que ha superado dos penas de muerte? ¿La han llevado al hospital para que se cure a fin de poder volver a ejecutarla o la van a dejar morir en un cuchitril hediondo?

-No. La han hospitalizado. Ahora bien, no sé lo que harán a continuación.

-Eran mejor los métodos antiguos: un hachazo limpio y justo, y se te he visto no me acuerdo. Como en el caso de T. Moro.

-Ni aun así. ¿No ha leído usted la ejecución de María Estuardo? Su decapitación fue horrible5. Al segundo o tercer intento...

-¿Con hacha?

-Sí.

-De ahí el gran humanismo de la guillotina -dijo con una horrible sonrisa-. Por eso la empleaban los nazis: con ella no hay posibilidades de fallo. Aunque, claro, para eliminar a media humanidad es un poco lenta. Pero no sé por qué no se utiliza actualmente para un solo reo. Es un tanto sucia, pero eficaz como ella sola.

-No se utiliza, seguramente, por el horror a la sangre. Las ejecuciones tienen que ser sin efusión de ese desagradable y vital líquido. Así parece que todos, menos el reo, somos inocentes o que cumplimos con nuestra obligación. Es decir, igual matamos a un ser humano que vamos a la impoluta oficina con dosieres blancos y brillantes. Nada sucio ni reprobable.

-¿Y la horca?

-Un poco vasta para estos tiempos. Recuerda, además, el linchamiento de negros y al KKK. La muerte tiene que ser limpia, sin rémoras de ningún tipo, y sin efusión de sangre. Como si no pasara nada… No sé si en la cámara de la ejecución les pondrán alguna nana para hacerles la ilusión de que le están induciendo un agradable sueño, y no el sueño eterno.

-Recuerdo haber visto una película en la cual hicieron la horca de tal forma que no hacía falta el verdugo… Otra crueldad más. Creo que se titulaba Tom Horn.

-Ahora que lo dice, me viene a las mientes el recuerdo de un reo un tanto particular: pidió ser ejecutado, en Estados Unidos, por supuesto, hace algunos años de ello, mediante el fusilamiento. “Fue horrible” dijo alguien del pelotón. Y las autoridades prometieron no volver a recurrir a las armas de fuego, al derramamiento de sangre y de algunas vísceras y demás. Y también recuerdo que, igualmente, hace años, ejecutaron a un joven negro… Sobrevivió a la primera descarga en la silla eléctrica. Se lo llevaron a su celda, lo lavaron y lo asearon y lo peinaron, y a los pocos días lo volvieron a sentar en la fatídica silla. Esta vez funcionó bien y lo achicharraron.

-Con María Estuardo también funcionó la segunda oportunidad.

-Y eso que dijo don Miguel de Cervantes que nunca segundas partes fueron buenas. Depende de cómo se mire la cosa.

-Creo recordar -según le oí decir a mi compañero- que a un reo que estaban ahorcando, se cayó del patíbulo por rotura de la cuerda, y que, encima, se rompió una pierna. Así y todo lo volvieron a subir al cadalso y lo ejecutaron, con una cuerda nueva, pese a la cojera. Otro por el contrario, ya con la soga al cuello, lanzó maldiciones contra el gobernador y los jueces, jurando una vez más, que no había matado a nadie y pidiendo que su sangre cayera sobre sus cabezas. Le quitaron la soga y lo dejaron ir.

-Debe de ser terrible que lo suban a uno a un cadalso.

-No lo quiero ni pensar.

-¿Y cómo cree que terminará esta mujer? ¿La absolverán, o cuando esté curada la volverán a llevar a la cámara de las ejecuciones?

-No tengo ni idea. Pero no me extrañaría nada que volvieran a intentar ejecutarla según las leyes de su pueblo.

-¿No sería más humano darle un veneno cualquiera en el hospital y dejarla morir en paz y sin más sufrimientos por muchas salvajadas que hiciera ella en su juventud?

-Tal vez sí. Tal vez fuera lo más humano. Porque suponiendo que la absuelvan, ¿adónde va a ir? ¿Va a encontrar trabajo? ¿Va a poder llevar una vida normal? ¿Alguien se va a arrimar a ella?

-¡Ay, amigo! -exclamó tras llenar las copas-. Ese es otro problema y nada desdeñable, por cierto. He visto algunas películas en las cuales un preso, tras largos años en presidio, sale de prisión, y es incapaz de adaptarse al mundo… Unos roban para volver a la cárcel, y otros optan por el suicidio.

-¡Dios! En el fondo somos dignos de lástima.

-Todos -dijo raudo- menos aquellos capaces de arrojar bombas sobre poblaciones enteras con niños, padres y madres. Penoso.

-No le falta razón. Pero ni matando a estos energúmenos ni a sus secuaces acabaríamos con las salvajadas que nos acompañan desde que el mundo es mundo. O desde que salimos de las profundidades de los océanos.

-Pues, señor mío, terminémonos este vino. Y que el Señor nos coja confesados.

-No creo que ningún cura, sacerdote o pastor se negara a darle la absolución hoy en día.

-No esté tan seguro, que de todo hay en la viña del Señor.

-Pues acabémonos el vino y no nos dejemos acobardar por las salvajadas de unos y las bestialidades de otros.

1Daniel Sueiro, La pena de muerte y los derechos humanos. Alianza Editorial, Madrid, 1987, pág. 11

2Vicente Adelantado Soriano, Rituales, procesiones, espectáculos y fiestas en el nacimiento del teatro valenciano. Cap.IV. Universitat de València, Facultad de Filología, Valencia, 1995. O del mismo autor, el artículo, La pena de muerte como espectáculo de masas en la Valencia del 500.

3Sófocles, Edipo en Colono, v.1224-1226

4La zorra cambia de pelaje pero no de costumbres.

5Stefan Zweig, María Estuardo. Pág. 342. Editorial Juventud, Barcelona, 2002. Traducción de Ramón Mª. Tenreiro.

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