Un informe

UN INFORME

 

. “Mucho estudio -escribió- puede ayudar enormemente a los hombres o puede hacerles mucho daño: ayuda al que es inteligente pero daña al que habla demasiado, al que dice lo que le place esté donde esté. Uno debería conocer la medida correcta y apropiada de todas las cosas: tal es la definición de la sabiduría”1.

Robin Lane Fox, Alejandro Magno, conquistador del mundo.

Un vecino, que se había leído dos libros y medio, me miró con sorna en tanto dejaba caer una pulla en el ascensor compartido con otros inquilinos. Me hacía responsable de la triste situación de los alumnos ante el informe PISA. Preferí callarme y no contestar ateniéndome al viejo refrán de que a una cabra no hay que aproximarse por delante, ni a un burro por detrás, ni a un necio por ninguna parte. Tampoco las otras personas, cada una centrada en su móvil, le prestaron la más mínima atención. Nos despedimos todos en la puerta de la finca, y no hubo más. La cosa, sin embargo, llegó a oídos de mi compañero de charlas.

-Ya me han dicho -dijo sonriendo- que esta mañana se ha tenido que oír usted alguna que otra insensatez por parte del enterado de turno, nuestro eximio representante.

-Ni caso. Ya sabe: a palabras necias, oídos sordos.

-De acuerdo -dijo llenando las copas- pero, ¿no es desalentador el informe de PISA? Somos el último mono en cuestión de lectura, de comprensión lectoras y de no sé cuántas cosas más. Pero, por supuesto yo, al contrario que nuestro eximio vecino, no lo culpabilizo de ello.

-Nada nuevo bajo el sol. Imagino que sabe usted que en este país se lee muy poco. ¿O es un tópico?

-No lo sé. La verdad es que no tengo datos. Está usted, por su trabajo, más capacitado que yo para hablar de esto. Está en contacto con la gente joven. Sabe, o debería saber, si leen o dejan de hacerlo.

-Los libros que yo pongo como lecturas obligatorias en clase, los leen. A veces, aunque no hace falta, hago exámenes sobre ellos.

-¿Cómo que no hacen falta examinarlos? -preguntó sorprendido.

-Como que no. ¿Quién cree usted que estudia hoy en día latín y griego? Los pocos alumnos que tengo, cada día menos, estudian esas lenguas por vocación, o por influencias de la familia, o por gusto y placer. Son buenos estudiantes, tienen interés; y yo soy un privilegiado... Lo terrible de estos estudios es impartirlos, de forma obligatoria, en la educación secundaria o en el bachillerato. Lo que tienen que soportar esos profesores en las aulas, y aun fuera de ellas, ellos lo saben.

-Eso nos lleva de lleno a otra cuestión -afirmó llenando las copas de nuevo-. Me refiero a la falta de educación. En esta sociedad se confunden muchas cosas. Y muchos creen que la democracia consiste en que todo el mundo sabe de todo sin haber abierto un libro en su vida.

-Se ha perdido la humildad. Ante cualquier reconvención a cualquier persona, ésta estalla como si ella nunca pudiera equivocarse. Y sin humildad, como usted comprenderá, poco se puede hacer. ¿Cómo enseñarle a una persona que sabe de todo y que jamás se equivoca?

-De ninguna de las formas. Tiene razón…

-Mire yo, cuando era joven, tuve alguna que otra discusión con varios conocidos sobre, si no me equivoco, en torno a Calígula y Julio César. Los conocían tangencialmente, por la lectura de las solapas de libros de divulgación, o por charlas de café; pero los defendían como si les fuera la vida en ello, sin atender a razones. Me di cuenta entonces de que no vale la pena meterse en discusiones con este tipo de gente, que abunda. Como el vecino de esta mañana. No lo olvide.

-No lo olvido; pero con esto -dijo en tanto llenaba las copas- nos hemos alejado del tema. ¿De verdad la gente joven de este país lee tan poco y no entiende nada de lo poco que lee?

-Parece ser que es así. Vuelvo a insistir en que no tengo datos. Y, si quiere que le diga la verdad, tampoco me importa mucho.

-No entiendo que se desentienda usted de esta forma.

-Es muy sencillo: podemos estar aquí los dos diciendo maravillas y siendo muy brillantes con nuestras intervenciones. Sin olvidar el vino. Pero el problema de fondo no se va a tocar. ¿Y sabe cuál es el problema de fondo del cual dimana toda esta basura?

-¿Las pantallas, los móviles, el exceso de televisión..?

-No, no señor -le dije señalando las vacías copas-. Esa es la respuesta fácil. El típico truco de cambiarlo todo para que no cambie nada. El problema reside en el sistema educativo, en los inútiles de los políticos que lo manosean como si fuera un trapo en el cual se secan sus sucias y puercas manos… El curso ha comenzado con huelgas y manifestaciones en varias comunidades.

-Sí, me he enterado. Se desvían fondos para clases de tauromaquia. Es de risa. O para llorar, mejor dicho. Y ni hay presupuestos para educación ni para los bomberos. Dicen que hay aulas convertidas en hornos por falta de aire acondicionado y sobra de alumnos.

-Ese es un problema, desde luego. Otro grave problema reside en los centros concertados. Estos se plantean la educación como un negocio. Y no se puede ni imaginar los tejemanejes que hay, por parte de la dirección, para obligar a los profesores a aprobar a alumnos que no saben ni hacer la o con un canuto, como vulgarmente se dice. No se pueden permitir tanto suspenso, pues entonces la gente huiría de sus establecimientos. Y eso sin olvidar la parte doctrinal. También buscada por algunos políticos, que no tienen pinta de haber leído mucho. Ya sabe: es más fácil gobernar un país de idiotas que uno de gente inquieta e interesada.

-Lo cual explica la llegada al poder de ciertos personajes. Claro, en un país donde abunda la idiotez, el presidente tiene que ser el claro representante de esa idiotez.

-Exacto. Contaba una compañera, antigua profesora de un colegio concertado, que una vez hasta un padre fue a hablar con la dirección para recriminar los libros que había puesto ella, como material de lectura. El susodicho padre, que se creía un genio, apareció con una lista de libros alternativos. Y la dirección de dicho colegio obligó a la profesora a cambiar las lecturas. Dicha profesora, cuando terminó el curso, hizo oposiciones y se marchó.

-Bienaventurada ella que pudo cambiar de trabajo.

-Sí, bienaventurada ella. Se tropezó entonces con la falta de educación y de respeto en las aulas de los institutos públicos. Dos o tres energúmenos son suficientes para reventar una clase; y para salir con la clásica pregunta de “eso, ¿para qué coño sirve?”

-Está hablando ya -dijo con una sonrisa- del latín y del griego.

-No necesariamente. Lo podemos aplicar a la literatura, o la sencilla gramática. Ya sabe: vivimos en un mundo pretendidamente utilitario. Y todo tiene que tener un fin claro y visible. La educación ni se ve, ni sirve de nada. Lo mismo da saludar o no hacerlo al entrar en un establecimiento con varias personas dentro: nadie se va a molestar en contestarle. ¿Qué puede esperar luego? Pues padres que defienden los energúmenos comportamientos de sus hijos, y gritan cuando les estropean las vacaciones por un suspenso, pongamos por caso, en lengua y literatura. Y ya sabe, “¿Y para qué sirve eso?”

-¡Vaya panorama que está dibujando usted!

-Sí. Tiene razón. Y tengo que disculparme: estoy hablando sin mucho conocimiento de causa, sin estadísticas, gráficos y todo lo demás. Contando anécdotas que, tal vez, no sean muy significativas. No lo sé. Pero digamos, querido amigo, que esto es una charla de café, y que no tiene más importancia. Nada de esto lo diría en público… No estoy preparado para hablar de ello.

-Entiendo -dijo vaciando la botella de vino- que no le guste polemizar. Yo tampoco tengo ni idea de todo de cuanto estamos hablando. Pero creo que no le falta razón. Lo creo sinceramente.

-Se nos ha olvidado nombrar a otro tipo de profesores que aprovechan sus clases para lanzar sus teorías, a cual de todas más necia… Pero dejémoslo. Es cierto lo sostenido y mantenido por los dos: no tenemos ni idea de cuanto estamos diciendo. Y de aquello que nada se sabe, es mejor no decir nada. Hábleme de sus últimas lecturas, por favor.

-Mis últimas lecturas han sido una maravilla.

-No podía ser de otra forma. Hábleme de ellas.

-Otro día, si le parece. Hoy se nos ha hecho tarde ya. Y, lo más importante: nos hemos quedado sin vino.

-¡Vaya por Dios! Pues mañana será otro día.

-Esperemos ver el alba y el ocaso del mismo.

1Robin Lane Fox, Alejandro Magno conquistador del mundo, Tercera parte, La conspiración de los pajes, p. 529. Acantilado, Barcelona, 2009. Traducción de Maite Solana.

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