Algo más que un viaje

ALGO MÁS QUE UN VIAJE

 

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Sófocles, Las traquinias.

Por pura casualidad coincidió una cierta lectura, grata a carta cabal, con las conversaciones mantenidas con mi vecino en torno a la vejez y a los viajes. El libro en cuestión era una inmensa biografía sobre Alejandro Magno escrita por el profesor Robin Lane Fox. A ello se unió la sorpresa, no menos agradable, de hallar una serie de charlas sobre batallas de la antigüedad en la fundación Juan March. Me fue más fácil, de esta forma, seguir los pasos y los triunfos de Alejandro Magno por allá por donde fue. Y cabalgó por muchos lugares.

-Evidentemente -le dije apenas nos hubimos sentado- ni todos los tiempos son iguales, ni tampoco las mentalidades, por supuesto. Hay algo en el hombre que cambia y permanece y siempre sigue igual, por paradójico que parezca.

-Ya le he comentado, en más de una ocasión, lo que pensaba Montaigne al respecto: caminamos en círculo. O, y ya no recuerdo si lo dijo usted o se oí a algún profesor, la historia está formada por los dientes de una sierra: se sube y se baja y nada se adelanta.

-No obstante, he estado pensando en todas las andanzas de Alejandro Magno por Grecia y Asia. Creo que hoy nadie sería capaz de realizar semejantes aventuras. Tenga en cuenta que se desplazaba a pie o a lomos de caballo. Y aún así es inmensa la distancia que recorrió. Con un ejército enorme. Y luchando sin cesar.

-Y sin embargo, galopando o yendo con vehículos a motor, nunca han dejado de existir las aspiraciones, por parte de unos y de otros, de hacerse dueños del mundo. ¿Es eso posible? ¿Imperar sobre todo el vasto mundo?

-Dicen que la ambición, como la necedad, no conoce límites. Ahora bien, a una ambición se opone otra, y si es tan fuerte como la enemiga ya tenemos la guerra en marcha.

-¿Cuántos soldados murieron en las campañas de Alejandro Magno?

-¡Vaya preguntas que me hace usted! Ni lo sé yo ni creo que lo sepa nadie. No obstante, viene muy bien la pregunta para volver sobre la Ilíada. Imagino que a estas alturas ya le habrá quedado claro que la Ilíada no trata sobre la guerra de Troya, sino sobre la cólera de Aquiles. Esta abre y cierra el poema. Pero le digo esto porque Alejandro, a lo largo de su ruta, va perdiendo efectivos, incorporando otros nuevos; y, lo más importante, recibiendo refuerzos de Grecia. ¿Y en diez años de confrontación los aqueos no recibieron soldados venidos de Micenas, o de donde fuera? Un poco raro, ¿no le parece? Claro, sólo conocemos la última semana de confrontaciones.

-Es una buena observación. Pero, como dice, la obra no trata de la guerra… Y pensando en eso, en la cólera, también queda claro que Homero tenía un plan de principio a fin… Yo tampoco creo que el poema sea obra de varios autores.

-Y además está el problema de los suministros del ejército. ¿De dónde sacaban los alimentos los aqueos? ¿Practicaron los troyanos eso de la tierra quemada? Esto es hacer ciencia ficción… Pero parece que ahí residió parte del fracaso de Dario III frente a Alejandro: pueblos y aldeas se negaron a que el rey quemara sus cosechas… y Alejandro, en su avance, se aprovechó de ellas.

-Las malditas guerras. Y dígame, ¿es cierto que en aquella época los reyes encabezan las tropas en los diversos ataques que realizaban?

-Sí, Alejandro siempre iba en cabeza de su caballería. Recibió varias heridas…

-Igual que ahora: los reyes y generales, desde sus despachos, mandan a morir a soldados y más soldados que, a veces, ni saben por lo que luchan y caen… Cuando yo hice el servicio militar lo pasé francamente mal. El servicio era obligatorio; y el ejército era el ejército franquista. Más de una vez pensé, retenido en el cuartel, que me podían obligar a disparar, por cualquier futilidad, contra gente inocente o que luchaba por sus derechos… Pero quedaba una esperanza: más de un vez oí decir a un amigo de mi padre, soldado raso en la guerra civil, que la mejor época para un soldado es la guerra: agazapado en cualquier lugar, podía disparar, y más de una vez sucedió, contra su oficial al mando. Muchos de ellos murieron por fuego amigo.

-Es un pobre consuelo. Pero ¿se imagina a usted a Mohamed montado en un camello, blandiendo una cimitarra y lanzándose a la conquista de Ceuta? ¿Lo imagina flanqueado por sus queridos amigos Trump y el líder del pueblo escogido para masacrar a Gaza? No son tontos, han aprendido la lección, y van en retaguardia cuando no se quedan en casa tomando helados mientras otros mueren y matan por sus burdos intereses.

-De todas formas -apuntó llenando las olvidadas copas- tampoco conviene idealizar a los soldados. Algunos de ellos son más bestias que sus propios mandos. ¿Ha visto usted imágenes de las manifestaciones de supuesta ayuda a Ceuta? Ha emergido una buena cantidad de mierda, con perdón… Resulta duro aceptar que haya tanta mala persona en este país… Hasta una madre, mentando la respectiva del presidente, con su hijo, gritando lo mismo, de no más de cinco años. Penoso.

-No, no he visto nada. Pero es imposible no enterarse: mis compañeros, tomando café, o descansando, no hablan de otra cosa. Incluso quieren montar seminarios sobre la emigración a lo largo de la historia.

-Sería interesante oírlos. Por lo demás, lo sucedido en el congreso de los diputados ha sido todo bastante penoso. Para terminar solo faltaba el impresentable diputado de la más burda derecha fingiendo llorar cuando alguien ha nombrado la muerte de un niño emigrante de tres años ahogado en el mar.

-Decía una vieja amiga que hay gente que tiene pelos en el corazón.

-Lo más curioso es que todos los méritos de este personaje residen la distribución de bulos. Pero es tan burdo y tan necio que se descubren su trapacerías apenas salen de su magín, lleno de malicia y serrín. Y ahí lo tiene, viviendo del cuento.

-Se está despachando usted a gusto hoy -dije llenando las copas de nuevo.

-Estoy disgustado, es cierto -asintió tras vaciar su copa.

-Un compañero comentó el otro día, en la sala de profesores, advirtiendo a uno a punto de jubilarse, que varios de estos cabecillas, tan preocupados por los emigrantes, piden, al mismo tiempo, quitarles el derecho al voto a los jubilados como usted. Su planteamiento es muy sencillo: como los jubilados son pobres siempre se inclinarán por las izquierdas, que los defienden. En teoría al menos.

-Por la misma regla de tres -contestó enfadado- habría que impedir que ciertos patriotas de tres al cuarto votaran a partir de un cierto sueldo… De verdad, creo que tenemos la derecha, y la extrema derecha, más burda, necia y analfabeta del mundo.

-No olvide a Trump. Siempre he oído decir que al rico y al loco todo le para bien; pero todo tiene un límite. Y este tipo ya hace tiempo que cayó en el ridículo más espantoso del mundo.

-Sí, pero no por eso el personal deja de seguirlo y de reírle las gracias… El otro día oí a un periodista decir que no pensemos que con la posible desaparición de semejante personaje las cosas, en EEUU, y en el resto del mundo, van a cambiar mucho: él es el representante, no el líder, de un estado de cosas. Y esas cosas se van a mantener pese a su desaparición.

-Es desalentador -dije llenando las copas de nuevo.

-Debería usted leer los periódicos -me reconvino-. ¿No ha visto usted a las turbas, brazo en alto “defendiendo” a Ceuta e impidiendo que llegaran alimentos básicos a los emigrantes? Hay un partido político, y en especial un sujeto de ese partido, que votan por cazar y disparar a los emigrantes como si fueran alimañas. ¿Cree acaso que estos cabezas huecas no seguirían a Trump y a sus amigos yendo incluso en contra de su patria? Hasta un militar retirado se ha atrevido a pedir la intervención armada del ejército.

-Es penoso. Pero siempre es la misma historia: Alejandro Magno tuvo que luchar, desde Asia, contra algunos griegos, sobornados por el oro persa, para sublevarse en contra suya. Esparta los encabezaba. Los persas inundaron de oro muchas poblaciones griegas… Hasta el oráculo de Delfos, en las guerras médicas, estuvo en contra de los suyos y a favor de los persas. Lamentable.

-¡Ay, querido amigo!, ya decía don Julio Anguita, hace tiempo, que la única patria de la derecha es su cartera. Quizás por eso temen tanto al emigrante: no quieren repartir nada. Eso sí, el trabajo del campo, mal pagado, para ellos, que hace mucho calor, y broncearse está muy bien; pero en la playa, tumbado en una hamaca, o en el gimnasio con los rayos uva.

-La vieja historia de siempre: los senadores romanos mataron a los hermanos Graco, con unos años de diferencia, por pedir el reparto de tierras entre la gente pobre… Ni de lejos lo iban a consentir los terratenientes, es decir los senadores. Mataron a Tiberio Graco, allá por el año 133 a.C., utilizando el mobiliario del propio senado. Entre los asesinos estaba un familiar suyo, el cual dijo, muy orgulloso, que ponía los intereses de Roma por encima de los familiares. Y los intereses de Roma, en fin, ya sabemos en qué consistían. En sus campitos y en sus residencias campestres y urbanas.

-Siempre que a alguien se le llena la boca hablando de la madre patria, me echo a temblar. Tras esas palabras siempre veo un negro destino cerniéndose sobre nuestras pobres cabezas.

-Eso del color negro -dije aprovechando la ocasión para volver a mis furibundos ataques sobre una película- nos lleva, una vez más, al desastrado film de Nolan, Odisea. Presenta a Helena como a una mujer negra. Ni de lejos obedece eso a los cánones de belleza de los helenos. Como sabe usted, belleza y modas tienen su tiempo: y en la antigüedad, en la edad media y en el renacimiento, y tiene muchos cuadros para comprobarlo, se estilaba la mujer blanca y de carnes generosas: las morenas eran quienes trabajaban en el campo o al aire libre, y estaban mal alimentadas; eran delgadas, rústicas. Hera es la diosa de los blancos brazos. Hoy en día, las morenas o bronceadas son las que tienen tiempo para ir al gimnasio o a Cancún a tostarse… La moda ha cambiado.

-Pues podían irse a Ceuta a tomar el sol -dijo sirviendo las últimas gotas de aquel excelente vino-. Al fin y al cabo ya han ido unos cuantos miserables a comer y beber a base de bien y a impedir que llegue comida a los pobres emigrantes. Impensable ser más miserable y mala persona. Desde luego tienen pelos en el corazón.

-No se sulfure, que le dará el infarto. Tranquilo. Mañana seguimos. Pero con Alejandro Magno.

-No me sulfuro. Hay esperanzas. Oí a una joven diputada hablar, y me encantó. Usted saldría con que si domina o no el arte de Cicerón; pero qué repaso les dio a las derechas. Y es una mujer muy joven. Hay esperanzas, querido amigo, hay esperanzas.

-Me alegra que lo vea así. Y no creo que nadie se atreva a quitarle el voto a los jubilados.

-Yo tampoco lo creo. Ocurrencias de algunos necios sin nada que hacer. Mañana seguimos.

-¿Con Alejandro Magno? Hizo algo más que un viaje.

-O con Perico el Enano. Con quien quiera.

-Muy bien -dije riendo en tanto me despedía de mi querido vecino-. No prometo nada.

1Sófocles, Las traquinias, v 1230. en Alianza Editorial, Madrid 2017. Traducción de José María Lucas de Dios.

UNETE



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