La historia que cada uno recuerda

La historia que cada uno recuerda.

 

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Gabriel García Márquez dijo una vez: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla». Siempre me ha parecido una frase muy cierta, pero mientras más la pienso, más sentido le encuentro. Porque cuando dos personas viven una misma situación, casi nunca terminan contando la misma historia. Cada uno se queda con una parte, con una emoción, con una herida, con aquello que más le dolió o con aquello que necesita recordar para poder entender lo que pasó.

A veces uno escucha a dos personas contar un mismo acontecimiento y parece que estuvieron en lugares diferentes. Uno dice: “Yo hice todo lo que pude”. El otro responde: “Nunca hizo lo suficiente”. Uno recuerda que estuvo esperando. El otro recuerda que también esperó, pero que nadie se dio cuenta. Uno habla de una oportunidad que intentó salvar y el otro habla de una situación que ya no podía sostener. Y lo curioso es que muchas veces los dos lo cuentan convencidos de que esa es la verdad.

Quizá porque cada uno cuenta las cosas desde donde le tocó vivirlas.

No todos sentimos de la misma manera, ni esperamos lo mismo de las personas. Lo que para alguien puede ser un detalle sin importancia, para otro puede haber significado muchísimo. Una palabra puede pasar desapercibida para quien la dijo y quedarse durante años en la memoria de quien la escuchó. Una ausencia puede haber sido simplemente una circunstancia para uno y sentirse como abandono para el otro. El hecho fue el mismo, pero lo que provocó en cada persona fue diferente.

Y allí es donde empiezan las distintas versiones.

Con el tiempo también aprendí que no siempre contamos las cosas exactamente como ocurrieron. Las contamos como las recordamos y, muchas veces, como necesitamos recordarlas. No necesariamente porque queramos engañar a alguien. A veces necesitamos darle un sentido a lo que vivimos. Necesitamos pensar que hicimos lo correcto, que tuvimos una razón, que no fuimos los responsables de lo que ocurrió. También puede pasar al revés: podemos cargar durante años con una culpa que quizá no nos correspondía completamente.

La memoria tiene esa particularidad. Guarda algunas cosas con una precisión impresionante y deja otras en el olvido. Uno puede recordar exactamente dónde estaba, qué hora era, qué canción sonaba o qué palabras le dijeron en un momento determinado, pero puede olvidar aquello que hizo o dijo justo antes de que todo cambiara. No siempre recordamos toda la historia. Recordamos la parte que más nos marcó.

Por eso me cuesta creer cuando alguien dice: “Yo te voy a contar exactamente cómo fueron las cosas”. Probablemente contará cómo las vivió. Y eso no es necesariamente lo mismo.

Quizá esa diferencia sea la razón por la que tantas discusiones nunca terminan. Cada persona llega a la conversación con su propia película. Ya tiene sus escenas, sus personajes, sus buenos momentos, sus decepciones y, sobre todo, su propia explicación de por qué terminó sucediendo lo que sucedió. Entonces escucha al otro, pero no siempre para entenderlo. Muchas veces escucha para encontrar dónde está equivocado.

Y cuando uno escucha solamente para demostrar que tiene razón, deja de escuchar.

Pienso que eso ocurre especialmente cuando una relación termina. Puede ser una pareja, una amistad, una relación familiar o incluso una relación laboral. Cuando algo termina mal, resulta mucho más fácil contar una historia donde el otro fue quien se equivocó y nosotros fuimos quienes intentamos hacer las cosas bien. Es una historia cómoda porque nos permite dormir tranquilos. El problema es que casi nunca las cosas son tan simples.

A veces los dos tuvieron razón en algunas cosas y los dos se equivocaron en otras.

A veces uno hirió sin darse cuenta y el otro también lo hizo. A veces alguien pidió una oportunidad cuando ya era demasiado tarde. A veces alguien se fue pensando que estaba tomando una decisión necesaria, mientras la otra persona solamente recuerda que la dejaron. Y probablemente ambos estén diciendo la verdad desde su propia experiencia.

Eso no significa que todo sea relativo ni que no existan hechos. Los hechos ocurrieron. Lo que cambia es la manera en que cada uno los interpreta y el lugar que esos hechos ocupan dentro de su propia historia.

Por eso también creo que deberíamos tener un poco más de cuidado cuando juzgamos la historia que alguien cuenta sobre otra persona. Cuando escuchamos una versión, estamos escuchando a alguien que estuvo dentro de esa historia, no a un narrador imparcial. Esa persona sintió, esperó, sufrió, se ilusionó, se decepcionó y tomó decisiones. Nosotros solamente estamos escuchando el resultado de todo eso.

Y también nosotros hacemos exactamente lo mismo.

Cuando contamos nuestra historia, elegimos qué recordar. Elegimos qué parte explicar y cuál dejar fuera. A veces incluso cambiamos la importancia de algunas cosas porque el tiempo nos ha hecho verlas de otra manera. Lo que en ese momento parecía enorme, años después puede parecernos pequeño. Y aquello que no entendíamos entonces puede terminar siendo lo que más sentido tiene cuando lo miramos desde lejos.

Quizá crecer también consiste en eso: volver algunas veces al pasado y descubrir que ya no pensamos igual sobre lo que ocurrió.

Antes podíamos estar convencidos de que alguien nos había hecho daño sin entender por qué. Después, con los años, podemos reconocer que nosotros también tuvimos una parte en aquello. No para quitarnos la razón ni para justificar al otro, sino simplemente porque ahora podemos mirar la historia completa y no solamente la parte que nos dolió.

Creo que una de las cosas más difíciles de la vida es aceptar que nuestra versión no necesariamente es la única versión posible. Podemos haber sufrido y, al mismo tiempo, haber causado sufrimiento. Podemos haber amado de verdad y también habernos equivocado. Podemos haber dado todo lo que teníamos y aun así no haber sido suficiente para la otra persona.

Y aceptar eso no nos hace menos importantes en nuestra propia historia. Al contrario, nos hace más honestos.

Al final, cada persona se lleva una versión de lo que vivió. Algunos recordarán una etapa con cariño; otros, con tristeza. Algunos hablarán de una persona que les cambió la vida; otros hablarán de esa misma persona como alguien que los lastimó. Quizá ninguno esté mintiendo. Simplemente estuvieron en la misma historia, pero no ocuparon el mismo lugar dentro de ella.

Por eso, cuando pienso nuevamente en la frase de García Márquez, creo que no habla solamente de recordar. También habla de algo mucho más humano: de la necesidad que tenemos de darle un significado a lo que nos pasó.

Porque una cosa es lo que ocurrió y otra muy distinta es lo que aquello terminó significando para nosotros.

Y quizás allí esté la verdadera historia. No solamente en lo que pasó, sino en lo que hicimos con eso después. En lo que aprendimos, en lo que dejamos atrás, en aquello que todavía nos duele y en la forma en que decidimos contarlo cuando alguien nos pregunta por nuestro pasado.

Al final, todos somos un poco escritores de nuestra propia vida. No porque podamos cambiar lo que ocurrió, sino porque cada vez que lo recordamos volvemos a darle un significado.

La historia fue una. Las versiones pueden ser muchas. Y quizá ninguna pueda contarla completamente, porque cada uno solamente puede contarla desde el lugar donde estuvo cuando le tocó vivirla.

UNETE



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