ANDRÓMACA
ANDRÓMACA
. Es menester no llamar feliz a ningún mortal, hasta que veas cómo pasó el último día antes de llegar abajo1.
Eurípides, Andrómaca. Nunca imaginé que prestarle, y regalarle, a mi vecino, la Odisea y la Ilíada, iba a dar origen a tantas charlas y preguntas por su parte. Me demostró bien a las claras que, como decía, se es joven en tanto se tiene curiosidad por las cosas, se indaga y se pregunta. Él no dejaba de hacerlo. Un día tras otro. Me obligó a releer algunas obras, y a considerar varios puntos que yo tenía más o menos claros. -Esto -me dijo aquella tarde, descorchando una botella de vino- no tiene nada que ver con las obras de Homero, directamente al menos; pero ¿es cierto que Alejandro Magno, según he leído, cuando comenzó la invasión de Asia, lo primero que hizo fue ir a Troya a visitar la tumba de Aquiles? Dicen que se desnudó y corriendo dio veinte vueltas a su alrededor. ¿Es cierto? -Tan cierto como que existió la guerra de Troya… Siempre, cuando he oído esa anécdota, he imaginado a un loco, escapado del manicomio, danzando en torno a la tumba de Dioniso, por ejemplo. -Además, según ese relato, Alejandro dejó su armadura en Troya y se llevó la de Aquiles. -Pues ahí tiene otra incongruencia más -dije tras probar el vino-. Según la Ilíada, cuando muere Aquiles, su armadura, hecha por Hefesto, no lo olvide, es disputada por Odiseo y Áyax. Se la lleva al primero con sus trapacerías de siempre. El segundo enloquece, mata a unos cuentos corderos confundidos con aqueos, y se suicida. Ahora bien, no se dice nada de si Odiseo, al finalizar la guerra que no existió, dejó la famosa armadura en el templo de Atenea o se la llevó con él. Por lo tanto que cada cual imagine lo que quiera. Pero sea como fuere, Odiseo llegó desnudo a la tierra de los feacios. Sin armadura ni ropa2. -Entonces, ¿qué tumba vio Alejandro Magno en Troya? -No lo sé. Yo creo que los troyanos son los precursores de la agencias turísticas: sabiendo que se llamaba Alejandro, imaginaron que querría saber del otro Alejandro, es decir, de Paris. Y le enseñaron su lira. Cuando el macedonio la rechazó lo llevaron a la pretendida tumba de Aquiles. Sin cobrarle nada. A un óbolo por visita le podían haber hecho la competencia a Caronte. -Se burla usted de todo. -Lo siento, pero nada de esto me lo puedo tomar en serio. Mire -dije llenando las copas- tanto la mitología como la Ilíada son hijas de su tiempo. Es una perogrullada, lo sé. Quiero decir que, para mí, el poema de Homero no resuelve el duro problema, la dura vida de Andrómaca y de Hécuba tras la caída de Troya. Sobre todo de la primera. Menos mal que están las tragedias. Menos mal. -Evidentemente, y hasta donde me alcanza, las mujeres cuentan muy poco en la antigüedad. Aun así, Hécuba desnudándose los pechos con los que dio de mamar a Héctor a fin de que éste rechace la lucha y se refugie tras los muros de Troya, me pone los pelos de punta. -Yo, no sé porqué, siempre he sentido un profundo dolor por Andrómaca. Me llena de ternura la despedida de su marido en las almenas de Ilión. Y me llena de indignación y de rabia su destino posterior: Aquiles ha matado a su padre y a sus hermanos, ha matado a su marido Héctor; y el hijo de este animal, Neoptólemo, lanza desde una de las torres de Troya a su hijito, Astianacte. -En todas las guerras, ya se sabe, la peor parte se la llevan las mujeres y los niños. No tiene más que ver lo que está ocurriendo en Gaza actualmente. -Sí. Tiene toda la razón del mundo -dije viendo cómo llenaba las copas de nuevo-; pero las desgracias de Andrómaca no han terminado todavía: asolada Troya, los hombres, como siempre, son masacrados; y las mujeres repartidas, como botín de guerra, entre los vencedores. Neoptólemo, el asesino de Astianacte, se lleva a Andrómaca. La hace su concubina, y tiene varios hijos con ella. -Sí que tuvo que ser duro aquello. ¡Pobre mujer! -Infinidad de veces me la he imaginado teniendo que soportar los embates del asesino de su hijo en tanto lo recordaba a éste y a su marido Héctor de quien, al parecer, sí que estaba profundamente enamorada. -Bueno, el amor en la antigüedad… Los matrimonios eran concertados por los padres, costumbre que llegó bien lejos en el tiempo. En España, en el siglo XIX, tenemos El sí de las niñas, denunciando esta situación. -Eso de que el amor no existió entre los matrimonios de la antigüedad es un tópico. Andrómaca fue entregada a Héctor cuando tenía unos dieciséis o diecisiete años… Le tengo que pasar a usted las Heroidas de Ovidio. Cartas que escribieron diversas mujeres a sus amados. Le voy a destacar ahora la de Laodamia a Protesilao. Este, recién casado, parte a la guerra de Troya. Hay una profecía según la cual el primero en pisar tierra troyana será el primero en sucumbir. Odiseo, tan astuto como siempre, lanza su escudo y salta sobre él. Protesilao no tiene esa precaución y es muerto. En vano, mientras tanto, Laodamia, su compañera de lecho, lo increpa: Bella gerant alii, Protesilaus amet!3, ¡Hagan la guerra otros, Protesilao ame! En fin, tal es su dolor que los dioses permiten que el fantasma de su marido se le aparezca en sus desconsoladas noches. Y cuando éste desaparece definitivamente, ella se suicida. -Triste y lamentable, desde luego. Y está claro que no se pueden hacer generalizaciones. Imagino que en toda época y lugar ha existido siempre el dolor, la pena y el amor, ¿por qué no? -Imagínese, en consecuencia, el dolor, el terrible dolor, de Andrómaca al tener que subir al lecho del asesino de su hijo… Me llama la atención, sin embargo, que en la tragedia de Eurípides, Andrómaca, ni una sola vez ésta mencione a Astianacte. Tampoco lo hace Eurípides. Yo siempre he imaginado a Andrómaca llorando en silencio ante los embates de su dueño… Y, además, éste se casa con Harmíone, hija de Helena y Menelao, ni más ni menos… -Líos de familia. -Como toda tragedia. Harmíone es estéril y quiere matar a Andrómaca, que ha tenido un hijo con su Neoptólemo. Quien para más inri le arrebató Harmíone a Orestes, el hijo de Clitemnestra y Agamenón. Y Orestes, tras matar a su madre, también mata a Neoptólemo. No hay tragedia sin sangre. -¿Y cómo termina Andrómaca? -preguntó intrigado tras llenar las copas de nuevo. -Se casó con Héleno, hermano de Héctor, y fue reina de los molosos. ¿Y sabe quién fue una princesa molosa? Ni más ni menos que Olimpíade, la madre de Alejandro Magno, el que corrió desnudo en torno a la tumba de Aquiles. -Hay que reconocer que si todas estas historias fueron ficticias, la imaginación de los mitógrafos y de los autores de tragedias fue excelente. De primera. -Se compusieron unas historias sobre otras; y, en consecuencia, se fueron modificando. Son hijas de una época. Y en aquella época las mujeres no contaban mucho. Quizás por eso no se le dedicó ni una línea al dolor de Andrómaca por Héctor y por su hijito lanzado desde las almenas de Troya por su nuevo dueño. -Tampoco se tiene nunca en cuenta la vida y penalidades de los esclavos. Y la esclavitud duró siglos. Nadie la cuestionaba. -Menos se tiene en cuenta que Héctor murió defendiendo su ciudad, y Aquiles atacando a un pueblo que nada bueno ni malo le había hecho. Sin embargo, todos hablan y glorifican al atacante y nadie nombra al ofendido4. A nadie le ha dado por buscar la tumba de Héctor ni la de Andrómaca. Todo el honor es para el guerrero sin ley ni justificación. Es lamentable... Además, los textos de la antigüedad que nos han llegado, querido amigo, son todos relativos a la aristocracia. No olvide que en Troya solo luchan nobles en busca de gloria, es decir matando y asesinando, y Aquiles se lleva la palma. -Bueno, pero al fin y al cabo si todo es una invención de Homero o de quien fuera… -Lo malo del caso, o lo bueno, es que esas invenciones tocan la fibra más íntima del hombre: el dolor, el desprecio por el vecino, los asesinatos y robos, violaciones, la guerra, las injusticias, la muerte… Llegan al alma. -Es triste ver lo lenta que avanza la humanidad. Siempre se repite lo mismo. Las salvajadas de Troya pueden ser ficticias, pero, querido amigo, no lo son las de Gaza. No lo son. Y son idénticas unas a otras pese a los siglos transcurridos. -De ahí la grandeza de Homero, de Eurípides y del resto de los tragediógrafos. -Dejan bien a las claras que no avanzamos. Como dice Michel de Montaigne, caminamos en círculo. -En busca de nuestra propia extinción. -Tal vez. Ojalá fuera así.1Eurípdes, Andrómaca, 90-100 en Tragedias I. Cátedra letras universales. Madrid 1985. Traducción de Juan Antonio López Férez.2Alejandro se apoderó de la escalera que estaba más cerca y escaló él mismo las almenas; le siguieron tres oficiales veteranos, uno de los cuales llevaba el escudo sagrado de Aquiles que Alejandro había tomado en el templo de Troya a modo de botín. Robin Lane Fox, Alejandro Mango conquistador del mundo. Cuarta parte, en el fin del mundo. Acantilado, Barcelona. 2007. Traducción de Maite Solana.3Ovidio, Laodamia Protesilao, v 82 en Heroidas.4Lo contrario que sucede en Antígona, donde Polínices, el atacante. es dejado sin enterrar, para pasto de los perros y alimañas, en tanto que el defensor, Eteocles, es agasajado y enterrado con honores.