ANIVERSARIO
ANIVERSARIO
.
Santiago Ramón y Cajal, El mundo visto a los ochenta años. Cuando se llevó de mi casa unos cuantos libros, con la solemne promesa de devolvérmelos todos, me dijo, al mismo tiempo, que el jueves próximo estaba invitado a cenar. No debía quedar con nadie. Iríamos a un restaurante no muy lejano del barrio. Había reservado una mesa para los dos. Y el motivo era muy sencillo: su octogésimo aniversario. Semejante hazaña se merecía una celebración. Desde luego. Me moví rápidamente en busca de un presente. Y en un ramalazo de originalidad le regalé una buena traducción de la Ilíada y varias obras de Cicerón. Entre ellas, Sobre la vejez. Me dio las gracias en cuanto abrió el paquete, pero me dijo que el mejor libro que había leído nunca sobre la ancianidad era el de Ramón y Cajal. No hace falta decir que yo lo desconocía. -Es toda una suerte haber llegado a esta edad, y haberlo hecho en unas condiciones bastante aceptables -me dijo en cuanto ocupamos las sillas reservadas en el restaurante-. Así lo reconocería el mismísimo Ramón y Cajal si estuviera con nosotros. Pidió un buen vino; por fin íbamos a dejar de brindar con agua, y siguió hablando un tanto eufórico: -He leído y oído varias cosas al respecto. Sobre cuándo empieza la vejez de una persona. Para mí empezó en el momento en que comenzaron a hablarme de usted allá por donde iba. Pero como hoy en día el tratamiento de cortesía ha desparecido, y todos, menos usted, han vuelto a tutearme, eso ya no me sirve. No me hablan de usted, pero no he recuperado la juventud. La perdida juventud. -Alguien muy nervioso, de esos que no paran en casa, me dijo hace mucho tiempo que se es joven en tanto se mantienen las ganas de viajar y de ver mundo… Y yo no soy tan mayor como usted, pero hace tiempo que perdí las ganas de salir a trotar por el mundo. Aun así me sigo considerando joven. -Y lo es sin duda -afirmó con contundencia-. Como yo. Ambos tenemos curiosidad, ganas de saber y de aprender. Y eso, querido amigo, es lo que define a la juventud. Claro -añadió sonriendo- si dejamos de lado los achaques propios de una máquina que lleva muchos años en funcionamiento. -Eso de los achaques es natural -dije tras haber pedido tanto el primer plato como el segundo-. Tenga en cuenta que hay maquinarias que se estropean apenas se ponen en marcha. Durante el bachillerato y la carrera, asistí a varios entierros de compañeros muy queridos. -Es cierto. Al fin y al cabo el cuerpo humano se compone de tantísimas piezas que es un milagro que lleguemos a estas edades, perdón, hablo por mi, y estemos bastante bien pese el ajetreo que han llevado las consabidas piezas… El cuerpo humano es maravilloso... Recuerdo que cuando era joven e iba a comprar libros siempre me tropecé con uno cuyo título me encantaba, pero que nunca me hice el ánimo de adquirirlo. No sé porqué. Era Han matado a un hombre, han roto un paisaje. Ahora está descatalogado, pero tengo que leerlo, tengo que leerlo. -Seguro que en la biblioteca de la facultad lo encuentra. -Quiero leerlo aprovechando que todavía, con gafas por supuesto, puedo leer y escribir. No sabemos lo que el día de mañana nos deparará. Nada más definitivo que la muerte, desde luego. Pero no nos pongamos estupendos y se nos indigeste la cena. Y diciendo esto atacó una menestra bien regada con aceite de oliva y vinagre de Jerez. -Odio por lo tanto -dijo poco después- a esta gentuza que está quemando los cuatro trapos y cartones de los emigrantes en Ceuta, e impidiendo que lleguen hasta ellos los camiones de la Cruz Roja con ayuda humanitaria. ¿Cuántos paisajes se están rompiendo? ¿De verdad estos energúmenos están contentos y satisfechos con semejantes barbaridades? -No le quepa duda. -Desde luego. Ya lo decía Machado cuando hablaba de esa España que embiste cuando utiliza la cabeza. -Tampoco conviene generalizar. No nos meta a todos en el mismo saco. -Tiene razón. No lo hizo el mismo Machado: él hablaba de nueve cabezas embistiendo, y una pensando. -No sé si la proporción es correcta o no. Pero también le digo que hay muy buenas personas por el mundo. Dispuestas a ayudar al prójimo. Ahora bien, no le pida peras al olmo. Todos tenemos nuestros límites. -Tiene razón. Es cierto. Aproveché entonces para volver a llenar las copas. Y para lanzar un brindis por su aniversario. Era la primera vez que lo celebrábamos. El brindis sirvió para que cambiara de tema. -¿Sabe? -me dijo sonriendo-. El otro día estuve leyendo la Odisea, la que usted me prestó. Pero no la comencé por el principio. Me intrigaba, y quería resolverlo, cuántos eran los pretendientes de Penélope. Me costó dar con ello… -Creo que eran ciento dos, o por ahí. -Sí. ¿Y no le parece una exageración que él solo, Odiseo, acabara con la vida de tantas personas? -Es el antecedente del Príncipe Azul salvando a la princesa de endriagos y dragones y peligros mil. O de un centenar de pretendientes. Para el caso es lo mismo. -No había caído en el detalle. Me parece una observación muy acertada. A veces me sorprende usted con sus comentarios. -Espero que sea para bien. -Lo es sin duda. Pero volvamos al meollo de la cuestión. Eso de los pretendientes de Penélope me ha recordado una parte de mi juventud. Estando en segundo de carrera, tuve una compañera que era un verdadero monumento. Toda la clase iba detrás de ella como moscas tras la miel. Incluido yo. Creo que tenía más pretendientes de que la propia Penélope. -¿Y qué hizo usted? -Nada. No tenía nada que hacer. Como estudiante era mediocre, y como persona, pues no tenía coche, no sabía bailar, y no tenía ningún tipo de gracia con la que atraerla. Me retiré rápidamente. A mí Odiseo no me hubiera flechado. -Pues de eso se libró. -Sí, de eso me libré. ¿Y sabe? Esta chica se decantó por el guaperas de la clase. Se casaron y no fue nada feliz. Ya lo dice el refrán: la suerte de la fea, la bonita la desea. Me encontré un día con ella. Estaba irreconocible. Y no parecía muy contenta. Nada, diría yo. -Hay gente que envejece muy mal. No es su caso, desde luego. -Yo al menos sigo conservando una cierta curiosidad y muchas ganas de saber y de aprender. Y he procurado, y conseguido, que los fracasos de la juventud no me amarguen. -Es lo mejor que puede hacer. Aunque no sé porqué tenemos una malsana tendencia a recordar más las cosas negativas que las positivas. -Sí -afirmó sonriendo en tanto comprobaba que se había terminado la botella de vino-. ¿Pido otra? -preguntó. -No. No quiero más vino. Estoy bien. -Es usted un invitado cabal: no más de tres copas. -Exacto. -Pero tiene razón. Al menos en lo que a mí respecta: a menudo me acuerdo de errores cometidos, de faltas, de cosas mal hechas. Y cuando trato de darle la vuelta a la tortilla, y de pensar en algo positivo, no encuentro nada. Sólo que una vez, hace siglos de ello, ayudé a un anciano que se había caído a levantarse. -No está mal, oiga. Algo es algo. -Por eso me hubiera gustado mucho ser médico o enfermero, ayudar al prójimo… De verdad, esos desalmados que están apaleando e incendiando los cuatro trapos de los pobres emigrantes en Ceuta… Apoyados por los partidos de la derecha, no lo olvide. -No lo olvido. Lo tengo muy presente. Y si me permite decir algo -añadí sonriendo- le diré, dejando aparte que no existió la guerra de Troya, ni Penélope ni los pretendientes, que lo único cierto es que estamos solos. Y si falla la filantropía, como desean las derechas, estamos perdidos. Ahora bien, yo no soy político, y no sé cómo se pueden solucionar estas cosas. Sería cuestión de estudiarlo; y, tal vez, de ceder todos un poco. Para lo cual sería conveniente deshacernos antes de algunos personajillos. Entre ellos de ese burdo presidente que cree apropiarse de tierras y lagos cambiándoles el nombre, y del nefasto dueño de algunas redes sociales, amigo cabal de este mequetrefe. No quisimos tomar café. Tras pagar, emprendimos un pequeño paseo camino de casa. -¿He hablado mucho esta noche? -me preguntó un tanto compungido ya en la calle-. Tengo la impresión de que apenas lo he dejado intervenir. -No, no señor. Ha estado muy correcto, como siempre. Pero cuando sea mi aniversario -añadí sonriendo- le devolveré la pelota. -Con esa esperanza me mantengo -dijo tras la breve caminata.