LA INÚTIL AÑORANZA
LA INÚTIL AÑORANZA
.
Michel de Montaigne, La tristeza. -Me va a perdonar dos pequeñas faltas -me dijo nada más abrir la puerta de su casa. -No tengo nada que perdonarle -respondí sin saber a qué se refería. -La primera -explicó en tanto nos sentábamos, ignorando mis palabras- es haber comprado una botella de vino blanco de poca graduación. El calor no desaparece del todo. -Tiene razón. Pero eso no es ningún problema. -Y la segunda -insistió- es no haber ido a la librería. No me apetecía nada salir de casa. -Por lo que respecta al vino, me parece bien beber un vino de poca graduación. Incluso le diría que prefiero seguir brindado con agua. Vuelve a hacer calor y yo tampoco estoy muy católico. Y por lo otro, si le hacen falta libros, en casa tengo un buen montón. No se los terminará todos en lo que queda de verano. -Se lo agradezco; sí que me gustaría que me pasara alguno. -¿Historia, poemas, clásicos..? -Ya que está de moda, ¿Por qué no me deja el que le regalé el otro día, si lo ha terminado, claro? -No lo he terminado. Pero le voy a pasar unos cuantos sobre la Odisea; y, si me apura, una buena traducción de la misma. -Cuento con ello. -Luego se los bajo. -Es increíble -dijo volviendo de la cocina con una botella de agua- la pereza que me ha invadido este verano. No recuerdo otro verano igual. Claro, cada vez tengo más años, y estoy más cansado. No sé explicarlo de otra forma. -Tal vez sea esa una buena explicación. Los años no pasan en vano. Y cada época tiene sus ansías y sus padecimientos. Es absurdo, como pretenden algunos, tener ochenta años y comportarse como si se tuvieran veinte. -Sí; pero es curioso: se alaba mucho a la gente mayor que no se deja vencer por la edad, que sigue viajando, saliendo, yendo a fiestas… -Bueno, si les apetece y están en condiciones, adelante con los faroles. -Yo he pasado parte de estos meses tan calurosos no deseando salir de viaje, o animándome a hacerlo, no me apetece, sino imponiéndome el salir a caminar. Pero es que por las noches, debido al calor, no descanso. Y durante el día voy de mi escritorio a la cama, y de la cama al escritorio. -Tiempos mejores vendrán. Lo importante, creo yo, es adaptarse a las circunstancias y vivir de la mejor forma posible. Además, al cuerpo le viene muy bien unas largas vacaciones de vez en cuando. -Aun así -dijo sonriendo- me acuerdo de cuando era joven y no paraba en casa. Hiciera calor o frío. -¿No se estará volviendo usted triste y melancólico? ¿O lo ha sido siempre? -No. No me acuerdo de aquellos días con tristeza y melancolía. Más bien con asombro. ¿Cómo era capaz de estar horas y horas caminando sin importarme el frío o el calor? Me sucede lo mismo cuando estoy ante la mesa de mi habitación leyendo. A través de la ventana veo a la gente caminar bajo un sol de justicia. Y me llena de admiración. Yo no soy capaz de hacerlo. -Ni tiene porqué -le dije-. Mire, yo estoy cansado, e imagino que usted también, de que me lleguen al móvil noticias u opiniones de este y de aquel diciendo que hay que caminar no sé cuántas horas al día, hacer pesas, comer poco y beber mucho. Agua, por supuesto. -Sí, he visto esas indicaciones. -Pues ni caso. Igual que cuando recomiendan, ahora está de moda, traducciones de la Ilíada y de la Odisea. Nunca he visto recomendadas las mejores que existen. Y a menudo me he preguntado por qué será. ¿Pagan las editoriales por vender lo suyo? No lo sé. -Por cierto, el otro día apareció en una revista una señora diciendo que la película de Nolan se había tomado algunas licencias, cosa normal, dijo, con los relatos históricos. Se me pusieron los pelos de punta. Y me acordé de aquello que dijo Machado:«Si cada español hablase de lo que entiende, y de nada más, habría un gran silencio que podríamos aprovechar para el estudio.» -Pues sí, porque decir que la Odisea es un relato histórico ya retrata a la buena señora. -Tengo que decir en su descargo -contó sonriendo- que yo, durante varios años, estuve convencido de que don Quijote y Sancho Panza habían existido en realidad. Así me lo hizo creer un familiar mío que se las daba de entendido. Me costó algún tiempo desmentirlo. -Lo peor del error, decía un clásico, no es cometerlo sino mantenerlo. Imagino que ahora sabrá que don Quijote y Sancho, como Odiseo, Penélope y demás, son figuras de ficción. -Por supuesto -dijo sonriendo-. Lo sé. Y también me llama la atención lo fácil que es engañar a un niño, y que haya gente desalmada ocupada en eso. -Cuando yo fui bachiller, había un cura, nos daba clases de religión, que decía que el arbolito desde pequeñito. Es decir, tratan de crear una sociedad a su imagen y semejanza aprovechando la ingenuidad de los infantes. -Lo malo para ellos -dijo llenando los vasos de un agua fría y cristalina- es que los infantes crecen. Y algunos incluso, con el paso de los años, adquieren eso tan terrible llamado sentido crítico. -De ahí, señor mío, que no debamos temer el paso del tiempo por mucho que este nos acerque a la inevitable desaparición. -No lo temo, querido amigo. Es más, la añoranza por la perdida juventud o la infancia, me parece una tontería, una pérdida de tiempo. Es inútil volver atrás… Por eso mismo, nunca me ha hecho gracia lo de la resurrección de los muertos. Resucitar, ¿para qué? -Tal vez -respondí sonriendo- para corregir los errores de la vida pasada… -¿Y la nueva estaría exenta de ellos? Corregiríamos unos, de acuerdo; pero, seguramente, cometeríamos otros. Y entonces, querido amigo, deberíamos morir y volver a resucitar. ¿Hasta alcanzar una cierta perfección? ¿Cree que llegaríamos a alcanzarla? -No lo sé. De todas formas, estamos haciendo ciencia ficción. Nada de esto sucederá. Moriremos una sola vez, y no habrá resurrección que valga. -Y sin duda, será mejor así. Un mal que no se repite no es un mal. Es suficiente con morir una vez. Además -añadió sonriendo- el hombre se acostumbra a todo… Imagínese llamándose los familiares, una y otra vez: “oye, que el abuelo se está muriendo otra vez”. Al final aquello se convertiría en risa y cachondeo, ¿no cree? -Es muy posible. De todas las resurrecciones que conozco, por la literatura, por supuesto, el sujeto solo ha resucitado una única vez. La cosa -añadí sonriendo- no debió de tener mucho éxito. -Seguramente fue así. Yo creo que todo está muy bien tal y como está. Solo se vive una vez, como rezaba el título de una anodina película. Tenemos, por lo tanto, unos cuantos años, muy breves, para equivocarnos, corregir, pedir perdón y no lastimar a nadie. Y recordar lo que hicimos antes, y ya no podemos hacer ahora; pero sin acritud, sin lloros ni lamentos. -Me parece la suya una inmejorable actitud. Al fin y al cabo de niño corría por aquí y por allá, no paraba en casa; pero no se había leído el Quijote, o lo tenía a este por un ser real… Ahora le ha dado la vuelta a la tortilla. Y ni esto es malo, ni aquello el colmo de la felicidad. -Cada cosa a su tiempo. ¿Me baja usted unos cuantos libros? -Mejor, suba conmigo a casa, y se lleva los que le apetezca. -Vale. Vamos allá.1Michel de Montaigne, La tristeza, en Ensayos, cap. II. Acantilado, Barcelona, 2021. Traducción de J. Bayod Brau,