Una inesperada carta (Sobre la guerra)

UNA INESPERADA CARTA

 

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Al final mi querido vecino, pese a sus reticencias, se fue a pasar unos días a su pueblo. Se encontró allí más a gusto de cuanto se imaginaba, y aprovechó la ocasión para hacer, con viejos amigos y conocidos, un par de afortunadas excursiones. En consecuencia, estuvimos bastantes días sin vernos. Y en esos días pasaron cosas sino importantes sí dignas de mención. Una y otra vez me hicieron sonreír con agrado. Me costó darles crédito. Estaba deseoso de contárselas. Por supuesto llegó del pueblo con algunas botellas de vino. Era demasiado fuerte. Lo reservamos para cuando cayeran chuzos de punta. Bajé yo uno más suave.

-No he salido de casa durante estos dos meses -le dije tras los saludos de rigor-. Pero he terminado todas mis tareas.

-Me alegro por usted. Yo, por el contrario, me he movido, sin abusar. Y me ha venido muy bien. De vez en cuando es conveniente cambiar de aires.

-Mucho mejor que el cambio de aires le va a resultar, creo, esto -dije depositando sobre la mesa un grueso sobre conteniendo una larga y densa carta.

-Por la forma de presentarla, no son malas noticias.

-Todo lo contrario. Estos días pasados, poco después de marcharse usted, publiqué varios artículos sobre mitología, Homero y Heródoto en la revista Letralia. Hablando de la Ilíada, de la guerra, y de las bestialidades humanas ya en tiempos remotos.

-Espero que no le haya afectado el tal estudio. O no haya aumentado su pesimismo.

-Lo ha hecho relativamente. Y no por el artículo en sí. Lo curioso de este caso fue que el artículo, o los artículos, tuvieron una cierta repercusión. Lo cual me agradó.

-¡Vaya! -exclamó- me alegro. A ver si al final todavía la dan algún premio.

-Ya me lo han dado -dije posando el dedo índice sobre la carta.

-¿De qué se trata? -preguntó tras saborear un trago de vino.

-Nunca imaginé que mis artículos en Letralia se leyeran en Grecia. Un griego, por lo menos, los ha leído. Y me ha escrito al respecto. Es un viejo maestro. Su nombre me ha arrancado más de una sonrisa: Pitágoras Larios. No tema -añadí al ver su cara de sorpresa- la carta está escrita en un correcto castellano, aunque de vez en cuando mete palabras en griego clásico.

-¿Y se puede leer la dichosa carta?

-No solamente se puede leer sino que va más dirigida a usted que a mí.

-No entiendo.

-El maestro Larios, a raíz de mi artículo sobre la Ilíada, diserta, en su carta, no sólo sobre la guerra en general, sino sobre el paralelismo entre Grecia y España, las guerras greco-turcas, el desplazamiento de personas, la guerra de la Independencia, en España, y nuestra malhadada guerra civil de 1936.

-¿Y dónde entro yo en este cúmulo de bestialidades?

-Kyrios Pitágoras habla de su admiración por los héroes del dos de mayo. Leyó algunos Episodios nacionales, de Galdós al respecto. Y no deja de hacer comparaciones entre las guerras griegas y las españolas. Lamenta no haber podido leer todos los Episodios. Como comprenderá, dada mi ignorancia en el asunto, nada le he podido responder al respecto. Le escribí, eso sí, remitiéndolo a usted.

-Yo desconozco las guerras griegas.

-No es cierto. Y perdone que lo desmienta. Kyrios Pitágoras habla de unas novelas, y de ahí mi doble asombro, de las que también me habló usted no hace mucho. Los hilos de la memoria, La isla, La ciudad huérfana, una comercial traducción, de The sounrise, y, sobre todo de El regreso, de Victoria Hislop. Sin olvidar a una señora a quien dice admirar mucho, Rebecca West.

-Sí. Es cierto. Perdone. Conozco esas novelas. El libro de la señora Rebecca todavía no he terminado de leerlo: es muy denso. Y cuenta muchas cosas de las cuales no tengo ni idea.

-Sobre los otros sí que podrá hablar usted con el viejo maestro griego.

-¿Y qué quiere que le diga?

-Él, no sé si correcta o incorrectamente, establece un paralelismo entre Grecia y España. Entre las diversas guerras…

-Si es así, y sin haber leído la carta, le puede decir -se soltó tras llenar las copas de nuevo- que nada tienen que ver unas guerras con otras. Sin duda fueron movidas todas por los mismos intereses, como siempre. Pero la Guerra de la Independencia poco o nada tiene que ver con la guerra turco-chipriota. Y desplazamientos de personas sí, los hay. Tanto en los Hilos de la memoria, guerra turco chipriota, como en la guerra civil del 36.

-Le llama la atención al viejo maestro lo recatado que es Pérez Galdós, y lamenta su parcial conocimiento de este autor, en contraste con las salvajadas relatadas por Didó Sotiríu en su novela Tierras de sangre. Cuenta que cuando los turcos tomaban algún pueblo o ciudad, seleccionaban a un grupo de muchachos y mujeres, los violaban, y los mataban. Un burdo y criminal jefazo de ese ejército de bestias hizo que les cortaran los pezones de los pechos a todas las mujeres para hacerse un collar…

-Mire, es cierto que Galdós es muy recatado. O digamos, mejor, que no es tan crudo como Didó Sotiríu. Pero no por eso deja de denunciar abusos, robos y violaciones. Incluso le diría, aunque moleste al viejo profesor griego, que tan bestias y criminales fueron los turcos como los griegos. Me va a permitir, ahora, que saque un libro de un conocido totalmente subrayado por mí. Escuche -me dijo leyendo en voz alta: “Todos los soldados son iguales, y todas las guerras odiosas… Hay cabezas tan duras que no lo entenderán nunca”2.

-El maestro griego, hablando de los ejércitos, utiliza una metáfora que me impactó: dice que las guerras son como Circe: convierte a los hombres en cerdos. Aunque algunos ya lo eran antes de estallar la guerra.

-Sí. Yo también he leído esa metáfora; ahora no recuerdo dónde. Y evidentemente se pueden establecer muchos paralelismos, ya no entre las guerras sino entre las narraciones de las mismas. He observado que la novela de la señora Victoria Hislop, centrada en la guerra civil española, El regreso, sigue el esquema de Galdós: una mujer joven, de dieciséis años, que sale de Granada, increíble, y va pasando por los puntos esenciales de aquella horrible guerra. Como con ella no puede abarcar todos los escenarios, lo mismo que el personaje principal de Galdós no podía estar en todas las batallas, aparece un segundo personaje, el hermano de la chica granadina.

-De eso poco dice el maestro griego…

-Me estoy llevando el ascua a mi sardina: soy mayor y cada día me horroriza más y más la violencia y las salvajadas del ser humano. Por eso mismo me costó mucho terminar de leer las novelas de la señora Victoria Hislop. No puedo. Ni puedo ver películas de acción ni de violencia. No puedo. ¿No decía usted que durante sus estudios se hartó de traducir guerras de César y demás? Pues a mí me está sucediendo lo mismo. Y por eso ya ni veo la televisión. Son incapaces los directivos, o quien sea, de programar alguna película que no sea de acción y tenga algún diálogo entre personas medianamente inteligentes. Oigo música clásica. Quiero vivir en paz mis últimos años. Ya está bien, oiga, ya está bien. Y recuerde lo que le digo: el futuro no es nada halagüeño y estas programaciones no son nada inocentes: se están uniendo los partidos que son contrarios a las instituciones, las quieren reventar, con el apoyo de Putin y de Trump, y como la juventud no espabile, lo lograrán. Y volverá el horror. La guerra, y vuelvo a Galdós: “¡Todo lo envilece, sí, todo lo envilece! […]. Yo vi a tres hermanas degolladas y a otras injuriadas horriblemente”3.

-Sí, está claro como el agua. Pero no olvidemos que mucha gente se va a alegrar de eso mismo. Así podrá dar rienda suelta a sus bestiales instintos sin responder ante nadie. Para ellos la guerra es el paraíso.

-Así es. Más muertes y más violaciones. Y por eso mismo, “La mejor batalla del mundo, hija mía, será aquella en que perezcan todos, todos los soldados de los dos ejércitos contendientes”4. Como ve -añadió un poco más calmado llenando las copas de nuevo- hay muchas formas de decir las cosas. Pérez Galdós, se lo puede decir al señor Larios, no es tan crudo como Didó Sotiríu; pero es más claro. Permítame que le lea otra frase: “Desgraciado pueblo, que no esperando nada de la paz, porque en este escepticismo lo mantienen los gobernantes, lo espera todo de la guerra civil”5.

-Bueno -dije sonriendo y un tanto frustrado- ¿y qué le digo al señor Parménides Larios sobre los paralelismos entre Grecia y España?

-Cuéntele nuestra conversación. Le puedo pasar todas las citas de Galdós. No se me ocurre otra cosa.

-Eso estaría muy bien. Quiero escribirle. Le contaré la conversación con pelos y señales. Le traeré la carta a fin de que la revise. Todo menos no responder y quedar como un maleducado.

-Esa reflexión, señor mío, se merece un brindis.

-Lo acepto de buena gana. Páseme todas las citas de Galdós y esta misma noche comienzo una larga carta. A Grecia. No se puede imaginar la ilusión que me hace.

-Me alegro. Por los viejos maestros y por la gente de buena voluntad -dijo levantando la copa de un vino muy apetecible-. ¡Ah, y antes de que se me olvide!. Con respecto a las violaciones, Galdós dice lo siguiente -añadió volviendo a leer-: “pero antes de que estuviéramos del opuesto lado sentimos a los mamelucos y a otros soldados franceses vociferar en las habitaciones principales; oyóse un tiro; después una de las muchachas lanzó un grito espantoso y desagradable. Lo que allí debió ocurrir no es para contado”6. No sé si impactan más las duras escenas descritas por Didó Sotiríu o estas sencillas palabras. No lo sé. Pero para concluir, querido amigo, me va a permitir, una vez más, hablar de cine. Hay una película que le recomiendo, Las inocentes, de Anne Fontaine. Cuenta la historia, verdadera, de unas monjas violadas por el Ejército Rojo en su avance para frenar a los nazis. Se quedaron embarazadas y ya se puede imaginar el problema que aquello supuso. La madre abadesa, para evitar el escándalo, abandonaba a los recién nacidos en las nevadas montañas ¿Le recuerda alguna historia? ¿Edipo tal vez?… Ahora bien, ¿eso sólo lo hicieron los soldados rusos? Volvamos a Galdós, y con él nos terminamos la botella de vino: “También pusieron mano [los franceses] en los conventos encariñándose demasiado con las religiosas, donde cometieron desafueros que mejor están callados que referidos”7. Y ahora sí, me callo por hoy. Dele recuerdos al maestro Parménides Larios.

-Lo haré, por supuesto. Pero le traeré la carta para que la revise.

-No será necesario. Ahora si le hace feliz… Otra cosa, ¿qué le parece si le enviamos los Episodios nacionales a este buen maestro?

-No se me había ocurrido. Es una magnífica idea. Voy a comprárselos esta misma tarde. Y mañana los envío.

-Muy bien.

1 Erasmo de Rotterdam, Adagios del poder y de la guerra. Alianza editorial, Madrid, 2008. Traducción de Ramón Puig de la Bellacasa.

2Pérez Galdós, Un voluntario realista, Cap. V

3Pérez Galdós, Un voluntario realista, Cap. V.

4Pérez Galdós, La batalla de los Arapiles, Cp.XXX

5Pérez Galdós, la revolución de julio, cap XVIII

6Pérez Galdós, El 19 de marzo y el 2 de mayo, cap. XXVII

7Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap I.

UNETE



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