Hipócritas

HIPÓCRITAS

 

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Esquilo, Las euménides.

Aquella tarde mi querido vecino estaba muy contento. La razón era bien sencilla: el día había amanecido nublado, y el calor había remitido un tanto. Se atrevió, en consecuencia, a despojarse de su eterno chándal, a vestirse con elegancia e irse a varias librerías en busca de material. Llegó a casa, con el autobús, relativamente cargado y sudoroso. Dejó los libros sobre la mesa. Quería enseñármelos. Entre ellos destacaba uno nada delgado: era un regalo para mí.

-No sé si lo tendrá -dijo en tanto me lo alargaba-; pero lo he visto en un estante, y no me lo he pensado.

-No, no lo tengo. Conozco al autor por otras obras suyas, pero este libro no le he leído. Y se lo agradezco. El tema me interesa, y mucho. Muchas gracias.

Se trataba de Homero y su Ilíada, de Robin Lane Fox. Él se había hecho con varias novelas, algún ensayo; y, cosa que me llamó la atención, no sé porqué, los cuentos completos de Chéjov. Como los cogiera para echarles un vistazo, me habló de su adquisición.

-Es una edición nueva. Y legible. Los leí, completos, de joven. Y los conservo. En dos volúmenes pequeños pero de letra prohibitiva para estas edades. Me apetece volver a leerlos. Son muy buenos… En fin -dijo abarcando con un gesto los volúmenes extendidos sobre la mesa- tenemos material para unos días. No obstante -añadió sonriendo- en cuanto vuelva a aparecer un día desapacible, me voy de nuevo a visitar librerías.

-Bienaventurado usted. ¿No le marea ver tanto y tanto libro? Yo tengo que ir a tiro hecho: me desazona ver tanta mesa y tanta estantería llenas a rebosar de libros y más libros.

-No. A mí me distrae. Además, en varias de las librerías, que no en todas, tenían el aire acondicionado puesto, y se estaba muy bien allí. Me daba miedo el regreso; pero he tenido suerte: la parada del autobús no está lejos de la librería. Y el autobús, también con aire acondicionado, no ha tardado nada en llegar. Ha sido una mañana perfecta.

-Me alegro. Yo no me he movido de casa. He dormido hasta tarde. He descansado mucho y bien.

-Entrando en materia -dijo tras apurar su vaso de agua fría-: me he fijado que, en las diversas librerías por donde me he movido, había poca gente. ¿Es verano y se han ido al monte o a la playa o se lee poco en este país?

-Se lee poco. Aun así, algo se debe de leer por cuanto hay varios autores de pacotilla que, según parece, viven relativamente bien de sus libros.

-Al parecer cualquier premio literario, sobre todo los que dan millones al ganador, vende más ejemplares que don Miguel de Cervantes y Baltasar Gracián juntos.

-No me cuento entre ellos. Los libros que leo yo -le dije- no son nada comerciales. No son premios de ventas, ni nada parecido.

-He estado pensando también, en la librería, con el aire acondicionado puesto, que nuestros ilustres políticos, al menos la inmensa mayoría de ellos, no leen libros, ni, posiblemente, nada de nada. Se pasan los días yendo de aquí para allá soltando sandeces y tonterías por radios, televisiones y cualquier lugar donde haya un atril y cuatro o cinco personas aplaudiendo.

-No -dije sonriendo ante el tema omnipresente en sus charlas: los políticos-. Ninguno de ellos representa el ideal de Platón: el gobernante filósofo. A veces diría que no son ni el gobernante mínimamente leído.

-A menudo me sonrojo oyéndolos hablar. Siento vergüenza ajena. ¿Esta gente no se percata de que las personas cada vez están más preparadas?

-No se engañe, señor mío. Ellos no buscan su voto, ni el de ningún intelectual. Y desde el momento que siguen ganando las elecciones es porque hay miles de personas que leen los mismos libros que ellos: ninguno.

-Solo nos faltaba lo que ha sucedido ahora en Ceuta. ¿Ha visto usted la fotografía de ese niño de doce años cogido a un militar español y rogándole que no lo devolviera a Marruecos?

-Sí. La he visto. El trío de ases que ha movido esto, Netanyahu, Trump y el servil rey de Marruecos, deberían arder en los infiernos eternamente. Qué pena que no existan.

-O, como quiere un obispo de la película de Nanni Moretti, Habemus papam, el infierno está vacío.

-Tal vez se deba a que estos malnacidos todavía no se han muerto.

-Añada a ellos todos esos voceras que han culpado al gobierno español por la desesperación de esas personas que se han lanzado al mar en busca de una vida mejor. Me ha parecido de una hipocresía tal… Es, no sé, como culpar a alguien, al dueño del campo, de que unos famélicos y hambrientos han entrado en su propiedad a coger fruta.

-Es la denuncia que no ofrece ningún riesgo. Meterse con el trío de ases, asesinos mejor dicho, tal vez tenga consecuencias. El gobierno español, por el contrario, no puede subir los aranceles ni algunas cosas más. Digo yo.

-Ha sido interesante porque se ha visto claramente hasta dónde llega la solidaridad europea. Tanta OTAN y tanta Unión Europea para llegar a esto. ¿A nadie se le ha roto el corazón viendo implorar a ese niño para que no lo devolvieran a Marruecos? ¿O los ahogados en el mar?

-Me imagino que el rey, Mohamed VI, se debe de estar desternillando de risa en su palacio de París. Utiliza a las personas como munición. Y de los otros dos, no olvide que Trump mandó bombardear una escuela donde asesinaron a 120 niños. Y el dirigente del pueblo elegido, en Gaza, se está dedicando a exterminar a todos los críos que se encuentra y a los que busca denodadamente… Otra característica más de Odiseo, de la que nada se dice en la triste película: cuando los griegos, merced al ardid del caballo de Troya, conquistan la ciudad, esclavizan a todas las mujeres. Y al hijo de Héctor y Andrómaca, Astianacte, un niño, por consejo de Odiseo, lo lanzan desde una de las torres de la ciudad, para que el día de mañana no busque venganza por la muerte de su familia y la destrucción de su ciudad.

-Si las películas y las novelas -apuntó- nos recordaran estas salvajadas en vez de recrearse en luchas y tiroteos absurdos y sin sentido, y en tonterías varias, otro gallo nos cantara. Creo.

-Pues no confíe mucho en el ello. Hace siglos que se estrenó una obra que deja bien a las claras la brutalidad de la guerra y sus consecuencias, Las troyanas, de Eurípides. No creo que dicha obra sea de las más leídas ni representadas hoy en día. El sistema educativo ya hace ver a los alumnos que dichas obras son unas antiguallas y un rollo. Es mejor leer noveloncios insustanciales, de fácil digestión, y que ni siquiera hace falta un diccionario para entender alguna de sus palabras.

-¡Mire! -exclamó como si hubiera dado con alguna cosa perdida y buscada infructuosamente durante mucho tiempo-. Son tan necios nuestros políticos que ni el diccionario usan. Cuando estábamos en pleno mundial de fútbol, el ex presidente Rajoy, una lumbrera, dijo que Francia contaba con una buena selección, pero sin franceses. Un buen número de jugadores son negros... Se le tiraron encima acusándolo de racista. Y, poco después, salieron sus conmilitones en su defensa. Una aguda señorita vino a decir que el expresidente había gastado una broma, un sarcasmo, y no era para tomarlo a la tremenda. Evidentemente esta mujer ignora el significado de sarcasmo. La apoyó uno de la misma banda, que se las da de poeta, y repitió el mismo error. Aunque con ello, sin quererlo, definieron perfectamente las palabras del eximio expresidente reconvertido ahora en comentarista futbolístico.

-Creo que quien entendió a la perfección todas estas bobadas de las nacionalidades y los nacionalismos, de negros y blancos, fue Luciano el Samósata -le dije abrazando el libro sobre Homero-. Como sabe, unas cuantas ciudades de Grecia disputaban entre ellas ser la cuna del autor de la Ilíada y de la Odisea. Luciano, que se burla hasta de su sombra, en su verdadero viaje llega a los infiernos, al Hades, a la Isla de los Bienaventurados. Allí habla con el poeta, y este le dice que nació en Babilonia, que no es ciego. Y su verdadero nombre es Tigranes2. Es como si alguien ahora mismo dijera que Cervantes en realidad era moro de la morería, y se llamaba Mohamed o algo parecido.

-No lo quiero ni pensar -dijo riendo-: pondrían el grito en el cielo quienes ni lo han leído ni lo leerán en jamás de los jamases.

-No pierda la esperanza: si los niños griegos se sabían de memoria muchos cantos de la Ilíada, igual estos comienzan a hacer lo mismo con los tiernos infantes y el Poema de Mío Cid.

-Es posible -dijo riendo- que si ellos se lo hubieran leído obligaran a los niños a memorizarlos y se olvidaran así de los toreros y de las torerías, inexistentes en la época del Cid ¿Acaso hay algo más patriota para esta gente que el Cid Campeador y su mesnada y sus caballos?

-No lo sé. Para mí un eximio representante de mi pueblo es Homero aunque nunca pasó por allí. Por lo tanto, con su permiso, voy a comenzar este libro que me ha regalado. Ya le contaré.

-Lo oiré con gusto. No hace falta decirlo.

Y así nos despedimos un día más sin catar el vino por mor del calor. Paciencia.

1Esquilo, Las euménides, 410. En Tragedias, Gredos, Barcelona, 2024. Traducción de Bernardo Perea Morales.

2Luciano samósata, Historias verdaderas, II, 20

UNETE



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