1968 el año que cambió mi vida

 

. 1968 pertenece a esa escasa categoría de acontecimientos que dejan de ser una fecha para convertirse en una categoría de análisis. No fue únicamente un año de revoluciones estudiantiles, de barricadas parisinas o de jóvenes con flores en el cabello; fue el instante en que la civilización occidental compareció, quizá por primera vez desde la Ilustración, ante el tribunal de su propia conciencia.

Como jurista, siempre me ha parecido que las sociedades, al igual que los individuos, llegan inevitablemente al momento en que deben rendir cuentas de sus actos. Hay épocas en las que la historia actúa como juez severo y obliga a las civilizaciones a confrontar las contradicciones que durante años han ocultado bajo la retórica del progreso. Eso fue 1968: el juicio moral de la modernidad.

Desde una perspectiva marxista, aquel año hizo visibles las contradicciones internas del capitalismo industrial avanzado. La prosperidad económica de la posguerra convivía con una realidad mucho menos luminosa: una guerra colonial sostenida por la mayor potencia democrática del planeta, profundas desigualdades raciales, la mercantilización creciente de la cultura y una sensación de alienación que ya no afectaba únicamente al trabajador de la fábrica, sino también al estudiante universitario, al artista, al intelectual y, en última instancia, al ciudadano común. La contradicción marxiana entre fuerzas productivas y relaciones de poder adquiría entonces un rostro inesperado: la abundancia material coexistía con un empobrecimiento espiritual difícil de ignorar.

Nada simbolizó mejor esa fractura que la Ofensiva del Tet. Cuando el Viet Cong lanzó su ataque coordinado a principios de 1968, el impacto militar fue menor que su efecto psicológico. El mito de la invencibilidad estadounidense comenzó a desmoronarse ante millones de espectadores que seguían la guerra desde sus televisores. La historia cambió cuando la guerra dejó de ser un comunicado oficial para convertirse en imágenes de aldeas incendiadas, cuerpos sin nombre y jóvenes soldados que empezaban a preguntarse si la democracia podía exportarse mediante bombas de napalm. Vietnam dejó de ser únicamente una guerra; se convirtió en una crisis de legitimidad para todo el proyecto político occidental.

Apenas unos meses después, dos asesinatos estremecieron la conciencia norteamericana. Martin Luther King Jr., cuya voz había logrado convertir la dignidad humana en un argumento político de fuerza irresistible, cayó abatido en Memphis. Con él no sólo moría un líder del movimiento por los derechos civiles; moría la esperanza de que la justicia pudiera imponerse exclusivamente por la fuerza moral de la palabra. Poco tiempo después sería asesinado Robert Francis Kennedy, quizá el último gran representante de una generación política que todavía imaginaba posible reconciliar libertad, justicia social y liderazgo democrático. Con ambos magnicidios, Estados Unidos perdió dos de sus referentes éticos precisamente cuando más los necesitaba.

Mientras la política parecía incapaz de ofrecer respuestas, la juventud decidió buscarlas en otro lugar. California dejó de ser únicamente un espacio geográfico para transformarse en un laboratorio de civilización. San Francisco, Haight-Ashbury, Big Sur, Morning Star Ranch, Wheeler Ranch y tantas otras comunas no fueron simples escenarios de extravagancia juvenil, como con frecuencia se les ha presentado. Constituyeron verdaderos experimentos antropológicos donde miles de personas intentaron responder una pregunta profundamente filosófica: ¿es posible vivir de otra manera?

La respuesta adoptó múltiples formas. Algunos eligieron la vida comunitaria, otros la música, otros la meditación oriental, otros la psicodelia y algunos más combinaron todas esas experiencias en la búsqueda de una expansión de la conciencia que rompiera con el racionalismo mecanicista heredado de la revolución industrial. Sería un error reducir el hippismo al consumo de LSD o a la estética colorida y musical de Woodstock. En su esencia, el movimiento representó una crítica radical al paradigma de una sociedad que parecía haber aprendido a fabricar automóviles, misiles y computadoras, pero que había olvidado cómo producir seres humanos reconciliados consigo mismos.

Quizá ninguna corriente cultural ha sido tan incomprendida como la psicodelia. Más allá de sus excesos, representó el intento —a veces ingenuo, otras profundamente filosófico— de recuperar dimensiones de la experiencia que el positivismo había relegado al margen. La imaginación dejó de ser un lujo artístico para convertirse en una categoría política. El arte, la música y la espiritualidad dejaron de ser actividades accesorias para presentarse como formas legítimas de resistencia frente a una sociedad que comenzaba a organizarse exclusivamente alrededor de la eficiencia, la productividad y el consumo.

Y, sin embargo, el acontecimiento más extraordinario de 1968 ocurrió muy lejos de la Tierra.

Mientras el planeta parecía consumirse entre guerras, asesinatos políticos y revoluciones culturales, tres seres humanos emprendían el viaje más audaz de toda la historia. El 24 de diciembre de 1968, la misión Apolo 8 se convirtió en la primera en abandonar la órbita terrestre, circunnavegar la Luna y contemplar nuestro planeta desde la inmensidad del espacio. Aquella fotografía, Earthrise, probablemente modificó más la conciencia humana que cientos de discursos políticos. Por primera vez nos vimos desde fuera. No existían fronteras, ideologías, religiones ni bloques militares. Sólo una pequeña esfera azul suspendida en el silencio infinito del universo.

Aquella noche de Navidad, millones de personas escucharon la transmisión del comandante Frank Borman —acompañado por James Lovell y William Anders— mientras los astronautas leían los primeros versículos del Génesis desde la órbita lunar. El mensaje concluía con unas palabras sencillas que trascendieron la rivalidad de la Guerra Fría: «Buenas noches, buena suerte, una feliz Navidad y que Dios bendiga a todos ustedes, a todos ustedes en la buena Tierra.» Difícilmente podría encontrarse una síntesis más poderosa del espíritu contradictorio de 1968. Mientras la humanidad demostraba ser capaz de destruirse con una eficacia tecnológica sin precedentes, también demostraba que podía elevarse por encima de sus diferencias y contemplarse como una sola especie habitando un único hogar.

Desde entonces, cada crisis contemporánea —el deterioro ambiental, las tensiones geopolíticas, la revolución tecnológica, la polarización política o la crisis de las democracias liberales— sigue dialogando, consciente o inconscientemente, con las preguntas formuladas aquel año. Porque 1968 no concluyó el 31 de diciembre. Continúa latiendo en cada generación que cuestiona la legitimidad del poder, en cada movimiento que busca reconciliar libertad con justicia, en cada ciudadano que sospecha que el progreso económico carece de sentido cuando se divorcia de la dignidad humana.

Quizá la mayor enseñanza de 1968 sea precisamente ésta: las civilizaciones no colapsan cuando dejan de crecer económicamente; comienzan a desmoronarse cuando dejan de interrogarse moralmente sobre el destino de ese crecimiento. Aquella generación cometió excesos, incurrió en ingenuidades y alimentó utopías imposibles. Pero tuvo el mérito —cada vez más escaso en nuestro tiempo— de formular las preguntas correctas.

Y la historia, al final, siempre termina absolviendo a quienes se atreven a preguntar antes que a quienes únicamente pretenden administrar las respuestas.

Hasta la próxima

UNETE



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