XENOFOBIA
XENOFOBIA
.
No daba abasto para leer todos los libros que tenía pendientes. A ellos se sumaban los que me pasaba mi vecino cada dos por tres. Algunos de los prestados o regalados me resultaban atractivos; otros los abandonaba, no porque fuesen malos o peores, alguno lo era, sino porque, en esos momentos, no me interesaban. No obstante durante aquellos días de fuerte calor, y dado su estado anímico, decidí leer uno de sus libros a fin animarlo con alguna discusión capaz de reavivarlo. -He leído las primeras cien páginas -le dije nada más sentarnos- del libro que me dejó usted, El hilo invisible, de Paolo Rumiz. -El hilo infinito, querrá decir -me corrigió llenando los vasos de un agua casi en el punto de congelación. -Sí, ha sido un error. Perdón. -No tiene importancia. Bien. ¿Y qué tal? -Es verdad -comencé- que en las primeras páginas el autor insiste mucho en el trato dado a los emigrantes, y en las injusticias que estos tienen que sufrir en sus nuevos países de acogida, como se dice por ahí. -El egoísmo humano es insufrible. -Y la ceguera u obcecación. El otro día oí una entrevista de una periodista a una señora de un pueblo de Extremadura. Allí, como sabe, la extrema derecha se ha hecho con el poder. Y una de sus primeras medidas ha sido no limpiar los montes, sino prohibir las clases de árabe que estaban recibiendo los hijos de emigrantes, unos niños. Profesores y aulas los costeaba el gobierno marroquí. Y aun así, a la señora del pueblo le parecía de perlas que se hubieran prohibido dichas clases. “Ellos se tienen que adaptar a lo que hay aquí” -vino a decir… No cabe más ceguera. Ni más falta de comprensión. -¿Y no le preguntó la periodista si también habían prohibido el estudio del inglés, del francés o del cualquier otra lengua que no hablara El Cid o los Reyes Católicos, o el alcalde de dicho pueblo? -No, no le preguntó nada. Sin duda la periodista se percató de que no valía la pena seguir hablando con esa persona: había dejado claro quién era y lo que tenía entre oreja y oreja. -Es increíble cómo calan estas necedades entre la gente… La periodista, en mi opinión, debería haber seguido preguntando… Más que nada por reafirmarme en la Teoría de la Estupidez, de Bonhoeffer. Seguro que esa mujer se hubiera encerrado en su necedad y la hubiera repetido una y otra vez, hasta la saciedad: “se tienen que adaptar y se tienen que adaptar y se tienen que adaptar”. -Es muy posible que tenga usted toda la razón del mundo; pero hay otra estupidez, relacionada con los emigrantes, no menos importante o dañina. Y de la cual su amigo Paolo Rumiz, entre otros, nada dice. -¿A qué se refiere? -me preguntó sorprendido y preparándose para un fiero ataque. Me felicité porque estaba logrando atraer su atención y despertar las ganas de hablar, y, tal vez, de vivir pese al calor. -Me refiero que también hay parte de la izquierda que está idealizando al emigrante. Y este no deja de ser una persona. Y, como tal, es un saco lleno de envidias, de avaricias, de maldades y de malos instintos. -¿No se está pasando un poco? -me preguntó sorprendido. -Hace tiempo le oí un refrán, no sé si lo extrajo del Quijote, “tonto en su villa, tonto en Castilla”. -Sí, lo recuerdo. -Ignoro cómo serían estos emigrantes en su tierra. Y además, es injusto, lo sé, meterlos a todos en el mismo saco. Pero no deja de llamar la atención que, cuando han conseguido los derechos de su patria de adopción, voten, precisamente, a las derechas, a quienes están en contra de la emigración. Y quienes si pudieran, sin duda, los deportarían. O eso dicen. Recuerde lo que sucedió en Madrid cuando vino aquí la impresentable de Corina Machado… Esta incluso se atrevió a dudar de nuestro sistema democrático. Y una inmensa masa de emigrantes la jaleaba... -Si -reconoció- yo también he pensado en ello alguna vez. Es un fenómeno curioso eso de votar los emigrantes a quienes están en contra de la emigración. -Yo no lo definiría así. De curioso no tiene nada: es una muestra más del egoísmo humano, de la bestialidad típica del hombre, y de algunos animales. Y se basa en lo de siempre: estoy yo bien, el que venga detrás que arree. O si quiere, por ser más clásicos, después de mí, el diluvio. Algunos animales también marcan su territorio y matan a aquel que penetra en él, sea pariente o allegado. Evidentemente mis palabras no le habían hecho nada de gracia. Lo noté por sus gestos. Además, guardó silencio durante unos segundos. Luego, recuperándose, dijo deseando cambiar de tema: -Vamos a hablar de la película que fuimos a ver el otro día, la Odisea, de C. Nolan. Me dijo usted que no le había gustado… Tenía muchos más argumentos en contra de esos egoístas emigrantes, pero callé y acepté su cambio de rumbo. Al fin y al cabo él no era culpable de nada. -No, no me gustó nada la dichosa película; pero eso no me desautoriza para hablar de ella. Ahora bien, no lo voy a hacer desde un punto de vista técnico, o fílmico, o como quiera llamarlo. -Tiene usted toda mi atención. -Como sabe en la película hay muchos fragmentos que no pertenecen al poema de Homero. Son pura invención del señor Nolan. ¿Y que destacan en ellos? Las luchas, las batallas, las muertes violentas… Algunas rozando el ridículo, como la entrada de Agamenón en Troya. Este siempre aparece vestido de negro, enorme, con el casco calado hasta más allá de las cejas, como un personaje de películas de ciencia ficción, de la Guerra de las galaxias, por ejemplo. Y eso por no hablar de la lucha contra esos gigantes cubiertos de armaduras de latón, que no sabe de dónde salen ni qué significan. Solo una batalla más y unas cuantas muertes más con mucho griterío y muchos efectos especiales. -Bien, y con todo eso, ¿adónde quiere llegar? -Pues ya puestos, y como se hace en la película, que mezcla la llíada con la Odisea y la Orestiada ¿Por qué no hablar del carácter filantrópico de Odiseo, en la Ilíada, cuando Atenea, que, por cierto en la película parece una monja ursulina recién huida del convento, lo llama para que se ría de Áyax? Este se acaba de suicidar al comprobar que ha matado ovejas y carneros tomándolos por aqueos. Odiseo se niega a reírse o burlarse de Áyax, pues a cualquiera nos puede suceder lo mismo, dice. -Es usted terrible con lo de Atenea, pero no le falta razón. Una monja ursulina... -Los aqueos, y sobre todo Agamenón, no quieren dar sepultura a Áyax, el terrible castigo de los griegos, como todos sabemos. Pero Odiseo se niega a cometer semejante impiedad. Así lo dice en la tragedia de Sófocles: “Al hombre de bien, una vez muerto, no es justo hacerle objeto de vejaciones, ni aunque le odies”2. -Tiene razón. Nada de eso sale en la película. Evidentemente es más fácil montar batallitas y derrumbe de ciudades a todo volumen. Me molestó tanto ruido, la verdad. -Y el final de la película es absurdamente ridículo. En el poema, los padres de los pretendientes se encaminan hacia el palacio con ánimo vengativo. Pero aparece una vez más Atenea, tras un intenso diálogo con Zeus. Y se dirige a Odiseo: “Laertiada, alumno de Zeus, ingenioso Odiseo, detente, deja ya el furor de la guerra que a todos iguala, no sea que el longitonante Zeus se enoje contigo”. Tal dijo Atenea, y obedeció y alegrose él en el alma. Luego un pacto hizo para el futuro entre ambos bandos Palas Atenea, hija del portaégida Zeus, semejante a Mentor en la figura y en la voz3. -Y se lo sabe de memoria -dijo asombrado. -Espero no haberme equivocado. Y, señor mío, este el es mismo final de la Orestiada, cuando Atenea funda el tribunal del Areópago y pone fin a las sangrientas venganzas de unos y otros. Los griegos buscan la paz. Y en la película todo son guerras, muertes violentas y batallas… De pena. -Lo malo es que no todos tenemos esa preparación suya para hacer semejante crítica. -Ya me advirtieron varias personas que la película no me iba a gustar. No se equivocaron. Pero necesitaba verla, porque los alumnos me pedirán mi opinión sobre ella. Y aquí está: el olvido de la paz, del dolor del otro, de la filantropía, tal como hacen muchos emigrantes de hoy en día. No conviene mitificarlos. Diga lo que diga Paolo Rumiz. Algunos de ellos, sí, son buenas personas, pero también hay mucho miserable. Recuérdelos en Madrid, vociferando a favor de las derechas y en contra de la presidenta de su país… No lo olvidemos. Como dice usted, es más fácil la batallita, el eslogan, la necedad, el ruido… Sin olvidar las absurdas escenas del caballo de Troya. De pena. Y aun hubo espectadores aplaudiendo. -Si el sabio no aplaude, mal; y si el necio aplaude, peor. Me ha dado usted un buen repaso. Se lo agradezco. -Pues mañana más.1Jérôme Carcopino, La vida cotidiana en Roma en el apogeo del imperio, cap.III. Barcelona, 1994. Traducción de Mercedes Fernández Cuesta.2Sófocles, Áyax, en Tragedias completas. Cátedra Letras Universales. Madrid, 1991. Traducción de José Vara Dorado.3Homero, Odisea, XXIV, 542-548. Madrid, Abada editores 2025. Traducción de F. Javier Pérez.