CIUES POMPEIANUS SUM
CIUES POMPEIANUS SUM
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Sófocles, Edipo rey. Uno de mis sueños más realizables, aparentemente, era ir a Pompeya y pasear por la destrozada ciudad durante unas cuantas horas. Pocas personas sabían de mis apetencias, pues, cuando lo comenté ante un grupo de conocidos, provoqué risas y comentarios un tanto despectivos: me podía ir en cualquier momento, ¿qué me lo impedía? Nada. Tenía dinero y tiempo libre; no me lo impedía nada. Tenían razón. No obstante, nunca me hacía el ánimo de subir al avión y marcharme a Nápoles, y, desde allí, a Pompeya. Pues había un problema, crucial para mí y risible para los demás: tener que ir solo. Las personas que se hubieran venido conmigo de muy buena gana, ya no estaban en este mundo. Y lo de viajar solo me aterroriza hasta tal punto que me paraliza, me impide moverme o hacer la más mínima gestión en busca de trenes, hoteles o aviones. Y no es una cuestión, como sostienen algunos, de vejez o de años, sino de carácter: siempre he sido igual. No he evolucionado lo más mínimo. Lo cual quiere decir que, de alguna forma, estoy bien como estoy. O me he resignado. No por eso dejo de admirar a algunos de mis compañeros capaces, ellos solos, de recorrer medio mundo sin más compañía que el móvil y la tarjeta de crédito. Pese a todo, y en contra de lo esperado, se cumplieron mis sueños y fui a Pompeya. Acompañado, por supuesto. Fue a mediados de noviembre. Hacía mucho frío. Y yo no me encontraba bien del todo. Dejé pasar un par de días antes de ir al médico por si me recuperaba, y mis molestias e impedimentos eran figuraciones o cosas mías. No fue así: las molestias se acrecentaron hasta el punto de que temí irme por los suelos sin tener a nadie que me ayudara a incorporarme. Caminando como pude fui al ambulatorio, y del ambulatorio, en ambulancia, me llevaron al hospital. Esperando a que me llamaran, en una sala repleta de enfermos, sentado en una silla de ruedas, pude enviar varios mensajes a mis hijos y a varios amigos contando lo sucedido. No tardaron en aparecer mis hijos totalmente preocupados. Les explicaron que estaba sufriendo una fuerte neumonía: no podía moverme; era incapaz hasta de alargar el brazo y coger la botella de agua, que estaba al alcance de mi mano. Comenzaron las pruebas. Conforme avanzaba el día, se acrecentaba la enfermedad. Al anochecer fui incapaz del más mínimo movimiento. Me encontré tal mal aquella primera noche en el hospital que pensé que era la última de mi vida. No lo lamenté mucho; pero aun así, entre ensueños y realidades, en un momento de lucidez, por llamarlo de alguna forma, pedí, como si ello fuera posible, vivir un par de meses más: deseaba pasar unas últimas navidades con mis hijos. Fue un ruego repetitivo. Afortunadamente con la cena me daban una pastilla que me sumía en el más profundo de los sueños. Si soñé algo durante aquellas noches, lo ignoro. No obstante, tengo el vago recuerdo de un gato negro mirándome fijamente en una casa en ruinas. No me fío mucho de los sueños, aunque creo que tienen algo de mágico. Me llama la atención, por ejemplo, en estos meses de calor, cuando, a cualquier hora del día o de la tarde, agotado, me dejo caer en la cama, soñar sin parar. Sueño mucho. A veces me despierto como si hubiera asistido a la proyección de una película muy divertida. Otras, los sueños no son tan festivos. Sea como fuere, nunca consigo recordar nada de lo soñado. O lo recordado es algo anodino y sin interés. No sé cómo lo hacían los antiguos para recordarlos y descubrir si habían entrado por la puerta de cuero o de marfil, y ser capaces de leer en ellos algún mensaje de los dioses. Recuerdo, sucedió una sola vez, oír zumbar el telefonillo. Me desperté alarmado y me dirigí todo lo rápido que pude a abrir la puerta del patio; pero reconocí, al mismo tiempo, no ser ese el sonido del telefonillo. No pude volver a conciliar el sueño. En el hospital dormía sin descanso. Y cuando me despertaba permanecía con los ojos cerrados. No obstante, de vez en cuando me incorporaban a fin de hacerme beber agua o colocarme los tubos del oxígeno correctamente. Tenía tendencia a desprenderme de ellos. Una noche, sin poder mover todavía las extremidades, pero notando una leve mejoría, oí a mis hijos hablando entre ellos. Los oí, no lo soñé; estoy seguro. El mayor le estaba diciendo al menor que “si el papá sale de esta, lo tenemos que llevar a Pompeya”. Sonreí: en aquellos momentos no podía levantarme ni para ir al servicio. Si me dejaran recorrer Pompeya a caballo, o en litera, pensé, como si fuera un cónsul, tal vez pudiera visitarla. Suponiendo que hubiera caballos o esclavos de alquiler, y que yo fuera capaz de aguantar sentado en la grupa el trote del animal, o tumbado entre cojines. Poco a poco, gracias a los cuidados de médicos, enfermeras y auxiliares, me fui recuperando. Al cabo de siete u ocho días me dieron el alta. Estaba muy débil; pero deseando ir a Pompeya, comencé a caminar y a moverme por la ciudad. Una de las veces estuve a punto de caerme. Me salvó una conocida: al verme temblar, se me acercó, me cogió del brazo, me sentó en un banco de la avenida, y me dio un yogur. Me recomendó que llevara siempre frutos secos, alguna pieza de fruta o algo con azúcar. Me acompañó hasta casa. Seguí saliendo a caminar. Cada día me encontraba más fuerte. Tanto es así que, poco después, participé en una excursión al castillo de Sagunto. He estado allí infinidad de veces. Fui una vez más, no por el castillo sino por estar con compañeros y conocidos. Y me volvió a suceder lo mismo: en el patio de armas, comencé a encontrarme mal: me fallaban las piernas y un frío sudor inundaba mi cuerpo. Traté de sentarme en un estropeado escalón de piedra, pero me fui por los suelos antes de lograrlo. Me recogieron mis compañeros, me llevaron en andas hasta la población. Y por el camino me fueron dando de todo: mandarinas, pasteles, empanadillas, caramelos con azúcar… Me repuse y pude terminar la excursión con bien; pero tomé nota. No se volvió a hablar de Pompeya. Y yo creo que olvidé mis deseos de visitarla. Pero una noche, cenando, salió a colación el tema. De forma definitiva: mis hijos, móvil en mano, habían sacado billetes para el avión, tenían contratado un pequeño hotel para los tres, y entradas para Pompeya, Herculano y el Museo Arqueológico de Nápoles. Me quedé completamente extasiado, fuera de mí. Y el día anterior al embarque, me acerqué a una tienda y compré dos cajas pequeñas de galletas rellenas de chocolate. Las metí en la mochila junto con la cámara. Me encantó el viaje de Nápoles a Pompeya con el tren. Y cuando, por fin, entramos en el parque arqueológica de la ciudad, fui, al menos durante unos segundos, el hombre más feliz del mundo. Me gusta ir solo cuando visito monumentos o museos. Una quimera ir solo, o estar solo, en aquella ciudad. Sin embargo, después de comer, no sé porque calles me metí, pero fui a dar a la casa del Poeta Trágico. En su entrada está el famoso mosaico del perro con las letras, repetidas hasta la saciedad, de Cave canem. A partir de allí vi unas calles totalmente solitarias. Iba a introducirme por ellas cuando noté que las piernas me flaqueaban, y el sudor frío comenzaba a invadirme. Rápidamente saqué las galletas de la mochila y me metí una en la boca. Fue mano de santo. Además, las galletas en cuestión estaban buenísimas. Me comí dos más. Y me pude mover sin más problemas. Y entonces llegó, rápidamente, la segunda parte de la diabetes: unas enormes ganas de orinar. Los servicios estaban en el restaurante; y el restaurante estaba lejísimos. Más que los habilitados en la estación, un euro por visitarlos. Me fijé en los pilares que todavía estaban en pie de las ruinosas casas: no tenían cámaras de vigilancia. Y por allí no había ni turistas ni guías, ni nadie. Me metí en una casa sin atrium, sin pinturas, sin impluvium, sin nada. Lleno el suelo de unos abundantes hierbajos. En medio de ellos había una piedra de considerable tamaño. Y sobre ella un gato negro me observaba. Siguió observándome en tanto yo me arreglaba la ropa. -Ya sé -le dije como si pudiera entenderme- que en la ciudad hay maldiciones contra los cacatores: cacator cave malum. Pero nada se dice de los meones. Es más: en latín no existe una palabra, creo, para estos. ¿Urinatores? El gato, sin moverse, seguía mirándome imperturbable. -Sé -continué hablando con él- que el emperador Vespasiano, gravó con impuestos la orina, utilizada en las fullonicas o tintorerías, así que he llegado un poco tarde; pero nada malo he hecho. Recuerda: non olet. Además, ego sum ciues pomepianus. El gato me observaba atentamente, como una esfinge. En todo el tiempo que estuve hablando con él no se movió. Yo sí comencé a hacerlo: me ajusté la mochila, salí de la casa, y continué caminando por aquellas calles solitarias, sin altares, sin fuentes ni atrios lujosos. Sin nada. Pero era por allí precisamente por donde más cercanos sentía a los antiguos habitantes de Pompeya. Por allí sentí sus alegrías y sus dolores, y la angustia, poco después, de la erupción del Vesubio. Y eso era lo que yo buscaba. 1Sófocles, Edipo rey, 110. Alianza editorial, Madrid, 2017. Traducción de José María Lucas de Dios.