Campaña Anti Argentina, que pasó?

La campaña contra la Selección y el país: del aplauso unánime en Catar al rechazo creciente en el Mundial 2026. En el Mundial de Catar 2022, la Selección argentina fue arrolladora: venció a Francia, reconocida entonces como la otra mejor selección del torneo, sin objeciones ni críticas relevantes.

 

. En el Mundial de Catar 2022, la Selección argentina fue arrolladora: venció a Francia, reconocida entonces como la otra mejor selección del torneo, sin objeciones ni críticas relevantes.

Mucho menos se juzgó al equipo por la realidad social, económica o política de la Argentina. Messi, con más de 16 años en la cima del fútbol mundial, fue la figura más buscada, mencionada y admirada de esa competencia. La hinchada, que —como siempre— hizo un esfuerzo enorme para llegar hasta allá, también fue protagonista, aportando alegría, pasión y fiesta.

 

¿Qué pasó entre aquel torneo y el de Estados Unidos, México y Canadá de 2026 para que todos esos sentimientos positivos hacia la Argentina se invirtieran?

 

Hay adversarios históricos que siempre apoyan al rival de nuestro país, aunque por razones históricas, económicas, sociales, geopolíticas, ideológicas o políticas, ese apoyo suele ser inexplicable: respaldan a naciones que muchas veces no los tienen en cuenta, y que incluso fueron adversarias comunes a la nuestra —como mexicanos apoyando a España, o brasileños y chilenos inclinándose por Inglaterra. Y sin embargo, a todos los latinoamericanos, los argentinos los sentimos y recibimos como hermanos: si deciden vivir aquí, gozan de los mismos derechos que nosotros.

 

En rigor, toda persona extranjera tiene los mismos derechos si quiere habitar en nuestro suelo, tal como establece el Preámbulo de nuestra Constitución: “Todos los habitantes del mundo que quieran habitar el suelo argentino…”.

 

Es cierto que el gobierno de Javier Milei —y antes el de Mauricio Macri— aplicó criterios más restrictivos, forzando al máximo las normativas migratorias, al igual que otras experiencias de derecha como las de Trump o Bolsonaro: sus políticas discriminaron a ciertos grupos de migrantes, pero no pusieron mayores obstáculos a quienes provienen de Europa, Norteamérica, Oceanía o otros países centrales.

 

Y esa es una de las claves del actual “antiargentinismo”, el rechazo a la Selección y a Messi.

 

En Catar, una vez conseguido el título —que como siempre cada administración intentó capitalizar políticamente— el equipo no tuvo ninguna connotación política, geopolítica ni ideológica durante su desarrollo: solo se evaluó su fútbol, su talento y su entrega.

 

En cambio, el camino deportivo de la Selección en el Mundial 2026 fue extremadamente difícil: ya venía con una situación física compleja, con siete jugadores lesionados y cuatro más con sobrecarga deportiva. Por el sorteo de sedes y llaves, debió jugar en siete lugares distintos y recorrer 14.200 kilómetros entre partidos, lo que le dejó un promedio de solo tres días de recuperación por encuentro. Su rival en semifinales, Inglaterra, viajó menos de 9.000 kilómetros, jugó en seis sedes y descansó cuatro días en promedio: aun así, Argentina ganó esa instancia. En la final, España recorrió apenas 7.600 kilómetros, actuó en cinco sedes y contó con cuatro a cinco días de descanso entre partidos; incluso, antes del encuentro decisivo, tuvo 24 horas más de recuperación que la Selección argentina.

 

En Catar, Messi tenía 35 años y jugaba por el objetivo máximo que le faltaba en su carrera: la Copa del Mundo. En 2026, con 39 años, se trata de su última participación en el máximo torneo: todo el equipo se comprometió para darle una despedida brillante tras dos décadas de récords inalcanzables, al igual que otras figuras históricas como Cristiano Ronaldo, que también disputaba su último mundial.

 

Nada de lo deportivo justificaba ese rechazo a Messi, al equipo o al país. A esto se suma que el capitán ya formaba parte del fútbol de Norteamérica desde hacía años, jugando en el Inter de Miami.

 

No había motivos para esperar semejante resistencia, más allá de los adversarios históricos —que hace al menos una década ya no son rivales de peso en lo deportivo para la Argentina.

 

¿Qué generó entonces esa reacción negativa, desde Estados Unidos hasta Europa, desde sectores de izquierda y progresistas —con los que la Argentina siempre tuvo sintonía— hasta grupos de derecha más conservadores?

 

Quizás sea una simplificación, pero detrás de esa campaña hay un nombre: Javier Milei.

 

Desde su primera intervención en el Foro de Davos, el presidente ha hecho declaraciones ofensivas: equiparó a la comunidad LGBTIQ+ con pedófilos, atacó el feminismo, el aborto legal, los derechos de las mujeres, la agenda climática, el movimiento “woke” y la Agenda 2030. Su discurso no solo es discriminatorio, sino también violento y cruel.

 

Y no se detuvo allí: respaldó posiciones de Estados Unidos e Israel en votaciones insólitas en Naciones Unidas, incluso absteniéndose en una declaración contra la esclavitud —cuando la Argentina fue uno de los primeros países en abolirla desde su nacimiento. Lo mismo ocurrió con el racismo: principios contrarios a él estuvieron presentes en las arengas del General San Martín antes de sus campañas libertadoras —la mayor “copa del mundo” que ganamos, al expulsar al Imperio español de Sudamérica— y están consagrados en nuestra Constitución.

 

Pero hubo un hecho determinante, más allá de sus dichos —que la gran mayoría de los argentinos no comparte, incluso quienes lo votaron—: su posición frente a la guerra en Gaza, su respaldo a la intervención contra Irán y la visita del embajador argentino en Israel. Se trata de una persona cercana a Milei, sin trayectoria diplomática, cuya reunión con Benjamin Netanyahu fue casi ignorada por los grandes medios locales. No fue un encuentro protocolar: el funcionario elogió al primer ministro israelí, transmitió un mensaje de Milei en tiempo real y le entregó una camiseta y una pelota de la Selección.

 

Netanyahu —rechazado mundialmente por los crímenes de guerra que se le imputan, incluso por muchos judíos argentinos— devolvió los saludos, agradeció los gestos y dijo que apoyaba a la Argentina en el Mundial, levantando la camiseta albiceleste.

 

Para nosotros pasó casi inadvertido. Para el mundo, fue la gota que hizo estallar el odio, sumada a todo el recorrido de rechazo que generó la gestión de Milei.

 

Por eso, desde la Argentina, debemos decir, reclamar y exigir por nuestra historia:

 

- Decir que lo que expresa el gobierno no representa a la mayoría de los argentinos, que rechazamos sus posiciones.

- Reclamar al mundo que distinga: esta administración de ultraderecha fue elegida en un contexto de más de 200% de inflación, secuelas de la pandemia y esperanzas de que su modelo económico resolviera la crisis —cuando en realidad la agravó para la mayoría.

- Exigir respeto por nuestra historia libertadora de toda América Latina, multiétnica, diversa e inclusiva, por haber sido vanguardia en derechos sociales, humanos y de minorías.

 

Exigimos respeto. No somos un país racista: la discriminación está condenada socialmente y penada por la ley. Y cualquier persona, turista o figura pública que visite la Argentina puede dar fe de nuestra calidez y hospitalidad.

 

Al analizar publicaciones en redes sociales sobre esta “campaña contra la Argentina”, se leen acusaciones contradictorias: se nos califica al mismo tiempo de “sionistas” y de “nazis”. Es evidente que no se puede ser ambas cosas a la vez: hay una operación deliberada para sembrar odio, diciéndole a cada sector lo que está dispuesto a escuchar para enfurecerse.

 

 NOTA AL PIE:

Comparto al mundo el Preámbulo de nuestra Constitución

 

Preámbulo de la Constitución Nacional Argentina

 

Nos, los representantes del pueblo de la Nación Argentina, reunidos en Congreso General Constituyente por voluntad y elección de las provincias que la componen, en cumplimiento de pactos preexistentes, con el objeto de constituir la unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común, promover el bienestar general y asegurar la libertad, la igualdad y la seguridad de todos los habitantes de la Nación, y de todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino: invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia, ordenamos, decretamos y establecemos esta Constitución para la Nación Argentina.

UNETE



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