ZAPATOS
ZAPATOS
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Séneca, Medea. -Hoy le voy a hablar a usted de varios asuntos importantes. Muy importantes. Más que los de los políticos, los jueces y todos sus negros tejemanejes. Y no se hable más. -Ya imagino que debe de estar harto de tanta política, de tanto corrupto y de tanto necio… -Sí, mucho. Muy harto. Prefiero que hablemos de otras cosas, si no le importa. No les sigamos el juego a semejantes individuos. -Adelante. Pero antes brindemos con este excelente vino. Brindamos, nos acomodamos bien, y comencé a hablar. -Como sabe -empecé- soporto muy mal el calor. Es por eso por lo que prefiero pasar las vacaciones en casa, poniendo el aire acondicionado cuando toca, y leyendo y estudiando. No me apetece nada viajar, sudar, cansarme como un mulo y pasarlo mal. -Ahora parece -dijo riendo de buena gana- que en los colegios, donde los niños sufren altas temperaturas por falta de aire acondicionado, este no se va a instalar en las aulas sino en las plazas de toros a fin de que los toreros no sufran tanto. Y los niños, y sus abuelitos, puedan ir allí a refrescarse y a darse un baño de buena cultura a precios muy económicos… Vale, vale, entendido el gesto; no me diga nada: siga con sus historias. -Pues como sabe, deseaba hacer un crucero encaminado a la Cólquide; pero como no conozco a nadie que tenga un yate para adentrarnos por el Ponto, me estoy dedicando a traducir El viaje de los Argonautas, de Apolonio de Rodas. Estoy haciendo el viaje sin moverme de casa, que ya tiene mérito. -Me encantaría, y se lo he dicho más de una vez, que publicara sus traducciones… -Y yo también le he dicho en más de una ocasión que hay muy buenas traducciones, y que las mías son más bien flojas; no aportan nada nuevo. Además, me gusta el anonimato. -¿Y no le parece que es absurdo hacer las cosas y guardarlas en el cajón? ¿Que solo sirvan para uno mismo y para nadie más? -Tal vez; pero cuando como o leo o salgo a caminar, eso sólo me aprovecha a mí. Y me gustaría que siguiera así la cosa con el resto de mis acciones. -De acuerdo. No insistiré. -Es inútil que lo haga. Así que dejémoslo. Yo le quería hablar de Medea, la bruja de la Cólquide, la experta en mil y una pócima, la πολυ φὰρμακοs, la que ayuda al indeciso Jasón a hacerse con el Vellocino de Oro. -Eso del Vellocino de Oro es algo que nunca he terminado de comprender. -Yo creo que es la excusa para emprender un viaje. Es la lana del carnero que transportó por los aires a Frixo y a Hele, dos hermanos, a la Cólquide, cuando su madrastra intentó matarlos. Como en todos los cuentos populares. Hele muere en el camino: se cae del carnero al mar, que luego recibirá su nombre: Helesponto. Frixo, llegado a la Cólquide, sacrifica al cordero, y le entrega el vellón al rey Eetes. Este lo cuelga de un árbol custodiado por un terrible dragón. -¿Y qué poder tiene ese Vellón de Oro para arriesgarse en un viaje tan peligroso? -Es otro de los misterios de la mitología. Para lo único que aprovecha el Vellocino es para que Medea y Jasón se refocilen sobre él. No se le describe ninguna otra propiedad. -Pues vaya… -Es otra tontería más, como la de Odiseo de ir al Hades para preguntar cómo terminará su viaje. A mí siempre me ha parecido una sandez indagar sobre el futuro. Yo ni hubiera consultado con Tiresias, ni con Casandra ni hubiera ido a Delfos a no ser como turista. -¡Hombre! Sabiendo lo que va a suceder en el futuro, uno se podía evitar algún que otro disgusto. -También se los puede evitar actuando bien. En lo que de usted dependa. Nada puede hacer en el caso de que un vecino, deseando suicidarse, le pegue fuego a la finca. Le queda huir por piernas. -Es lo malo de vivir en sociedad. O lo bueno, que nunca se sabe. -Volviendo a Jasón y a Medea, siempre me ha llamado la atención lo inconstante que es el héroe, por llamarlo de alguna forma: nunca hace nada por sí mismo. Siempre se vale de la ayuda de los demás. Y cuando se ha hecho con el Vellocino, condición que la ha impuesto el rey usurpador para devolverle el trono de Yolcos, tiene que huir a Creta con Medea por ciertos tejemanejes de esta. Y allí en Creta es donde deviene la tragedia: Jasón repudia a Medea, con quien había tenido dos hijos, para casarse con Creúsa, hija de Creonte, el rey de Corinto, y hacerse así con el trono. Medea no se resigna: mata a Creúsa y a los dos hijos tenidos con Jasón. Y eso, querido amigo, es lo que más me llama la atención: parece como si Medea, matando a sus hijos, no hubiera hecho nada de nada. Nadie la culpa. Y por supuesto, el dios sol, Helios, su abuelo, le regala un carro tirado por serpientes con el cual huye. Nadie castiga el derramamiento de sangre inocente. De dos niños. -¿El infanticidio queda sin castigo? -Así es. Pero no solamente es este infanticidio el que queda impune. Hay una cierta ambigüedad: la vida de los niños en la Antigüedad, valía bien poco: muchos eran abandonados, expuestos; y a otros, sin embargo, los aprovechaban para vengarse de sus padres: los mataban y se los daban a comer sin que estos supieran lo que estaban comiendo… Baste con recordar el caso de Procne y Filomela, mito de una brutalidad enorme. También las dos hermanas matan al hijo, Itis, habido entre Procne y Tereo, pues este había violado a Filomela y le había cortado la lengua para que no dijera nada… El castigo de los tres es ser tansformados en diversos pájaros. -Hoy en día -dijo llenando las copas- también hay algunos descerebrados que matan a los hijos tratando de infligir el mayor daño posible a las madres. Han saltado a la prensa varios de esos casos, si lo recuerda. -Si, lo recuerdo. Lo cual me ha llevado a pensar, en más de una ocasión, en la débil separación entre el mito o el cuento y la realidad. -Igualmente, creo yo, sirven para desmitificar otras situaciones o tópicos: el cariño de los padres a los hijos. Cuando a estos se los utilizaba para esas monstruosas venganzas, es porque a los padres, a algunos por lo menos, no les eran indiferentes, ¿no cree? -Sí. Me imagino la cara de Tereo cuando las hermanas le dicen que lleva dentro de sí, se lo acaba de comer, a Itis, el pequeño hijo que está buscando. Medea, al menos, no le sirve a Jasón a sus dos hijos para que se los coma. -Me ha dejado usted de piedra con tanta salvajada -dijo llenando las copas de nuevo. -Y todo empezó por una sandalia perdida… ¿Usted cree que los zapatos son un símbolo sexual o tienen alguna connotación sexual? -Eso -dijo sonriendo- habría que preguntárselo a Luis Buñuel. ¿Usted ha visto Viridiana? Yo creo que ahí queda claro que sí, que tienen un oscuro significado sexual. -Ese significado queda un tanto claro en la tragedia de Eurípides Las bacantes. Penteo, el rey que se opone al dios Dioniso, avanza con unas botas de cazador que aterrorizan a los sirvientes. Luego, travestido, cuando lo despedazan, la pierna con la viril bota es lanzada por los aires como signo de triunfo de las bacantes, de Dioniso… -¡Dios mío cuantas cosas se nos pasan por alto, o no somos conscientes de ellas! -exclamó. -Fíjese: Jasón es reconocido por el rey usurpador de su trono porque le dijeron que fuera con cuidado con aquel que se presentara ante él calzado con una sola sandalia. Y Jasón la ha perdido al cruzar el río Anauro. Calza una sola sandalia, y así se presenta ante el rey. Y este, para evitarse problemas, esperando que muera en el intento, lo manda a por el Vellocino… ¿Se acuerda usted de Cenicienta? Esta es reconocida por el príncipe por un zapatito de cristal perdido en la fiesta de la que debe retirarse al sonar las doce. ¿Y qué me dice de la sandalia de bronce dejada por Empédocles al pie del Etna? -La verdad, no se me ocurre nada que decirle. -Y volviendo a Medea, antes de terminarnos el vino, ¿no le parece que el gran éxito de esta mujer es lo que dice Séneca de ella: no considerar sus crímenes como un crimen. Ni que se horroricen sus conciudadanos de ellos. -¡Ah, señor mío! -exclamó riendo y apurando las últimas gotas de vino- eso ofrece un gran paralelismo con los políticos actuales. -Acabáramos. Ya sabía que acabaría por entender la mitología clásica. -Es muy ilustrativa. -Sí, señor. Lo es. Mucho. Mañana más.1Séneca, Medea 560, en Tragedias I, Biblioteca clásica Gredos, Madrid, 1987. Traducción de Jesús Luque Moreno.