Las violetas del martes

 

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No pensé en él

hasta que vi las violetas vencidas en el florero,

esas que compré el martes

creyendo que iba a venir.

Qué iba a venir.

Qué verbo tan fantasioso,

venir.

A veces los hombres sólo aparecen.

Cruzan la puerta de la piel

y salen por el descuido,

dejando algo peor que olvido.

Pero venir de verdad,

llegar a una

—con la vida,

con las manos,

con la mirada—

eso casi nunca ocurre.

Me prometí no pensarlo.

No revisar el celular.

Y aquí estoy,

a las diez y media,

con el café cediendo temperatura

y el corazón negándose a hacer lo mismo.

El cuerpo también espera.

Aunque una diga que no.

Él me decía que yo era distinta.

Que era su flor divina.

Y yo le creí.

Las violetas del martes

no aprendieron a mentir.

Por eso siguen diciendo

lo que no quisiste oír.

Las violetas del martes

todavía están aquí.

Más fieles que tus promesas.

Más pacientes que yo misma fui.

Me habló el jueves.

Con esa voz ronca

que confunde cercanía con costumbre.

—He estado ocupado.

Tú sabes.

El trabajo.

Y yo fingiendo que sí sabía.

Pero no dije nada.

Nada.

Sólo respiré hondo.

Como quien guarda una brasa

dentro de un vaso de cristal

para observar cuánto tarda en apagarse.

A veces pienso

que eso no es amor.

Sino una manera elegante

de quedarse solo.

Las violetas del martes

no aprendieron a mentir.

Por eso siguen diciendo

lo que no quisiste oír.

Las violetas del martes

todavía están aquí.

Más fieles que tus promesas.

Más pacientes que yo misma fui.

Las violetas ya murieron.

Pero las voy a dejar ahí.

Como ciertos juramentos.

Como ciertas esperas.

Como la risa de aquel martes

que nunca llegó.

Que me recuerden

que solo muere lo que vive.

Que lo esperé por gusto.

Y no por costumbre.

Y si vuelve a marcar,

que se vaya a Chalma a bailar.

Yo ya hice las paces

con las violetas del martes.

UNETE



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