LAETITIA
LAETITIA
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Paolo Rumiz, El hilo infinito. Bajé un poco tarde a visitar a mi vecino. Era claro y diáfano, no obstante, que contaba con mi presencia: cuando llegué, en la mesa no sólo había una botella de vino metida en una cubitera, sino también un par de platos con trozos de tortilla, cortadas de jamón y queso, y varias empanadillas. Un banquete. -Le agradezco el detalle -le dije apenas nos sentamos-: me evita el tener que cocinar. El calor me produce una vagancia enorme. No tengo más que ganas de meterme en la cama. -Yo creo que, pese a todo, sobreviviremos. He ido de compras con un amigo. Y me he tomado la libertad de traerle varias botellas de gazpacho y de salmorejo. Con eso y un poco de pan, puede sobrevivir. Sin olvidar el vino, claro. -Pues sí. Se lo agradezco. -Luego se las lleva. Están en la nevera. Y hablando de cosas más sustanciosas: otro amigo, por do vayas de los tuyos hayas, me ha enviado, por internet, un libro de Pérez Galdós. Es un libro de narraciones cortas, de cuentos, uno de ellos, al parecer, inédito. -Se va a convertir usted en un especialista en Pérez Galdós. -No. No me voy a convertir en nada. Todavía no he leído el libro que me ha enviado mi amigo; pero el nombre de don Benito me ha recordado, enseguida, los ataques al clero por parte de éste, y lo pésimamente preparado que estaban los curas y los monjes en la España del siglo XIX. -Algo he oído al respecto. Y parece ser que se debía a un problema de pobreza y de miseria más que a otra cosa. -Sí. Está claro que hasta hace bien poco, quien quería escapar de la miseria de los bancales, o de los abusos de los terratenientes, no tenía más salida que el seminario. Lo de menos era creer o dejar de creer. En el convento tenía la comida asegurada sin hacer ningún trabajo ni pesado ni difícil. -Menos peligroso que en otras épocas. La única salida entonces era el ejército. Ahora, perdida la fe, tienen los partidos políticos. Así que si antes teníamos frailes ceporros, los políticos de ahora no les van a la zaga. Se rio de buena gana. -Tal vez fuera menos peligroso meterse en un seminario, pero era más cruel. ¿Ha leído usted La regenta? -Sí, la leí hace muchos años. Y también leí, por la gracia y la simpatía de un compañero que se empeñó en ello, los Cuentos valencianos, de Blasco Ibáñez. En uno de esos cuentos se narra la terrible historia de un niño al que meten en un seminario porque la dueña de los campos, que trabaja y explota su padre, cree salvarse del fuego eterno haciendo un cura… Y es mejor eso, le aconseja el padre al hijo, que estar toda la vida de destripaterrones y no salir de pobres. -Sí, lo conozco. Y la pena de toda esa miseria fue que la Iglesia no la aprovechase y formase a buenos sacerdotes. -Eso me suena a puro idealismo. Como dijo el otro día un compañero hablando de la regeneración política, votar a las derechas, para frenar la corrupción de las izquierdas, es como barrer la casa con una escoba no nada limpia y llena de excrementos. Pues lo mismo con la Iglesia, ¿cómo iba a formar a nadie lo que está deformado desde hace siglos? -No sé si me he explicado bien -dijo llenando las copas-. No estoy hablando de preparación intelectual, que, al fin y al cabo, es fácil de conseguir, sino de transmitir una cierta dulzura, una alegría de vivir… Aunque claro, para eso hace falta tener fe. Y uno se pregunta hasta qué punto toda aquella legión de curas y frailes, criticados por Galdós, la tenían. Su única preocupación era huir del trabajo y del hambre. Vivir de la sopa boba. Como ciertos políticos de hoy en día. Y por si todo esto fuera poco, faltaba ahora el jefe de los obispos españoles acusando al gobierno de ser una cueva de ladrones. La ceporrez y la obcecación no ceden. Y el amor al prójimo es una conseja de un librejo sucio y gastado... -Yo no he tenido mucho contacto con la Iglesia. Ahora bien, me he tropezado con dos vertientes: quien estaba dispuesto a ayudarme, y lo hizo; y quien me negó la entrada a una biblioteca por sostener yo, ingenuo de mí, que en la misa hay algo teatral, como en otras muchas ceremonias religiosas. Aquel cura, zafio y maleducado, se puso hecho un energúmeno y me tiró de allí dando voces y gritos. -Lo típico de quien no tiene fe. Y se defiende con uñas y dientes ante lo que considera un mínimo ataque… -De todas formas, querido amigo -dije tras apurar mi copa- es este un tema que ya no preocupa a nadie, o a casi nadie. La Iglesia ha perdido mucha influencia. Y sí, viene el Papa, y todo son recepciones y saludos y reverencias y sonrisas. Puro teatro por muy mal que le sepa a unos y a otros. Pues ido el Papa, todos vuelven a lo mismo: a enfangar al país para hacerse con el poder, ¿o me equivoco? -No, no se equivoca. Pero todo esto viene a cuento de otro libro, se lo tengo que pasar y lo tiene que leer, en el cual el autor va recorriendo los diversos monasterios benedictinos de Europa, y va extrayendo unas lecciones muy provechosas para el mundo actual. Se levantó a por el libro. Lo tenía en una estantería próxima. Es El hilo infinito, de Paolo Rumiz. -No conozco al autor -dije ojeando el libro- no he leído nada de él. -Yo tampoco. Es un libro que un amigo se lo recomendó a otro amigo, y este, a su vez, me lo recomendó a mí. -Esa es la mejor crítica que existe. Creo. -Y lo bueno del caso es que ninguno de estos amigos es creyente, como tampoco lo soy yo, ni, creo, el mismo autor. -Ironías de la vida. -Tal vez. No estoy seguro. En el libro, sobre todo en sus primeros capítulos, se insiste mucho en el problema de la emigración, en la absurda tarea de la policía persiguiendo al pobre emigrante en tanto dejan en paz al ladrón de guante blanco, como también habrá podido apreciar por los recientes sucesos acaecidos en nuestro país. -Es un esperpento. Lo de este país, con la justicia, los jueces, los políticos y la policía, es un verdadero esperpento. -El otro día estuve oyendo una charla impartida por Isabel Allende. Estuvo hablando de la génesis de su novela La casa de los espíritus. Vino a decir, y es lo que me importa, que con una familia como la suya no hace falta imaginar ni inventar nada… Si Valle-Inclán viviera, pensé yo, tampoco le haría falta la imaginación para seguir con los esperpentos del Ruedo Nacional. Aunque quizás, como Max Estrella, acabara con sus huesos en la cárcel. -Anacarsis, uno de los siete sabios de Grecia, dijo que la justicia es como una tela de araña: atrapa a los bichos pequeños, pero los grandes pasan y traspasan y hasta la rompen. Creo que esa afirmación se puede actualizar… El otro día un señor mayor, la edad los vuelve impunes, dijo en el autobús, hablando con un amigo y sin levantar mucho las voz, que aquel que vaya a matar a su suegra, se afilie antes al Partido Popular. Tiene la impunidad asegurada. -Si es un alto cargo. Porque si es un pelagatos igual lo entregan para que vean que ellos también colaboran con la justicia. -Por supuesto. Tiene razón. -De todas formas con esto nos hemos alejado del tema, como siempre -dijo alargando hacia mí el plato con las pocas cortadas de jamón que todavía quedaban. -Soy todo oídos -mascullé acabando con la merienda. -Como le he dicho, en los primeros capítulos del libro de Rumiz, este habla mucho sobre la emigración. Por supuesto que está del lado del pobre… Me recordó una película, vista hace tiempo, en la que un policía se ve obligado a defender, a través de las montañas nevadas, a una emigrante de la feroz persecución de unos nacionalistas descerebrados que la quieren matar, por supuesto. Al final, el agente, cuando ha logrado salvarla, renuncia a su puesto en la policía, y se pone a trabajar en una ONG. Dice que no se hizo policía para perseguir a fumatas o a pobre gente que se ve obligada a emigrar para no ser asesinada en su país de origen. No han hecho ningún mal, en tanto que otros… -Tiene razón: es la perversión de la justicia. Eso y atacar a una profesora jubilada lanzándola por los suelos. Con la justificación, la hay hasta para un crimen, de haber empleado la mínima fuerza. Seguro que si registran el bolso de la profesora encuentran en él bolígrafos, algún lápiz, un móvil y pañuelos de papel, todo ello armas de destrucción masiva. Material más que suficiente para haber empleado con ella toda la fuerza del bestia del policía y de sus compañeros. -Por eso me llama la atención las descripciones de Rumiz de los monasterios benedictinos. No habla de fe ni de la existencia o no de Dios, sino de la alegría de vivir, del silencio, de los cánticos, de los pájaros y de los paisajes donde están enclavadas las abadías. La pura alegría de la existencia. Y hay dos cosas que a usted le gustarán. Una es una pequeña ampliación de la regla de san Benito. Me la he aprendido en latín para recitársela: ora et labora et lege e noli contristari. -Un excelente consejo. -Y la otra, una inscripción, en griego, en la puerta de una biblioteca de un monasterio: PSICHE IATREION, la farmacia del alma. -¡Qué maravilla! ¡Me encanta! Me tiene que pasar ese libro. -Cuente con ello. -O mejor, me lo compro. Así lo podré anotar y subrayar. Lo volví a mirar una vez más. Fotografié la portada con el móvil a fin de comprarlo y nos despedimos como buenos amigos, como siempre. No sin antes darme las botellas de salmorejo y gazpacho que me había comprado. Desde luego, quien tiene un amigo tiene un tesoro. Puro contento y alegría. 1Paolo Rumi, El hilo infinito, cap.7. Anagrama, Barcelona, 2026. Traducción de Álida Ares.