PRAGMATISMO
PRAGMATISMO
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Eurípides, Helena. -He traído una botella de vino como la del otro día -le dije apenas me abrió la puerta-. Y saltándome varias necedades oídas a lo largo de mi vida, la he metido en la nevera. Vino tinto frío, ¿es una herejía? -¿Importa? No sé quien dijo aquello de que el vino tinto debía tomarse a temperatura ambiente; pero da lo mismo si lo dijo fulano o mengano. Frío está muy bueno. Vamos a comprobarlo rápidamente -dijo tras descorchar la botella y llenar las primeras copas. -Creo -seguí deleitándome en un primer trago refrescante- que ese es uno de los tantos problemas de este mundo: creerse a pies puntillas lo dicho por alguien, aparentemente enterado, sin comprobarlo, o sin comprender que a no a todos les gusta lo mismo, y a la misma temperatura, ni a la misma hora. -Bueno, pues allá cada cual con sus gustos y sus temperaturas. Yo, en estos días, lo prefiero fresco, recién sacado de la nevera. -Y yo también. -Pues no se hable más. ¿Y qué tal el día? ¿Ha hecho algo importante? -Sí. Algo verdaderamente importante. Como todos los sábados he ido al mercado a comprar. Y al regreso he notado tal cansancio en todo mi cuerpo que me he dejado caer en la cama, vestido, pensado recuperarme enseguida. Me he despertado cuando me ha acuciado el hambre, pasada y bien pasada la hora de la comida. -Eso se llama felicidad. -Pues sí. Si esto no es la felicidad debe de ser algo muy parecido. Y después de comer me ha sucedido lo mismo. Y me acabo de despertar hace pocos minutos. La ducha con agua fría me ha sentado de maravilla. -Es decir, que en todo el santo día no se ha enterado de nada de lo acontecido en este bendito país. -Pues no. Gracias a Morfeo he estado vagando por otros lugares mucho más agradables. -Feliz usted. Aquí seguimos con la corrupción, los burdos intentos de los políticos por librarse de ella sacudiéndose las responsabilidades, ayudados por eso apellidado Justicia. -Siempre he pensado que la Audiencia Nacional, como cualquier otra corporación, asociación o colegio, tiene que ser un avispero donde las puñaladas traperas, los odios, rencillas y demás, deben volar como dagas envenenadas. -Lo cual no impide la defensa de la corporación por jueces y abogados. Y, sobre todo, por sus amiguetes, o de quienes los han colocado ahí. -Nihil novum sub sole est. Y, antes de que me diga nada, no es que me quede tan tranquilo con esta cita; es, más bien, la constatación, como hemos dicho más de una vez, de que nada cambia y todo permanece. -Algo deberemos hacer a fin de evitar las tropelías de quienes, además, se amparan en la justicia para ser injustos. -Si la utopía de Platón, es decir su República, fuera posible, yo, en lugar de expulsar de ella a los poetas, como quería él, expulsaría a los políticos y a los abogados. -¿Qué propone usted, otra utopía? ¿Una anarquía? -Tal vez teóricamente fuera lo mejor. Porque en la práctica, señor mío, no se me ocurre nada. A veces, y ya sé cuanto me va a decir, he pensado que estaría muy bien aplicar la pena de muerte. Desollar al juez prevaricador como hizo algún rey oriental. Pero, claro, no ha servido de nada. Aquello pasó hace miles de años. Y seguimos igual. -Es una barbaridad lo que propone, desde luego. -Soy consciente. Otra fórmula, tal vez igual de utópica, sería una mayor preparación por parte de los políticos… ¿Usted ha oído hablar a Trump, a Feijoo o algunos miembros de la derecha y de la extrema derecha? -Sí, ciertamente dejan mucho que desear. Deberían hacer menos actos públicos y dedicarse a leer un poco más. -Sí, deberían leer; pero no las biografías de Franco o de Hitler. Algo más sustancioso. La guerra del Peloponeso, por ejemplo. Aunque, la verdad, dudo que entendieran algo: hay que leer mucho para llegar a Tucídides. Podrían empezar con Heródoto. O tal vez con Caperucita Roja. -Usted siempre a vueltas con la educación clásica. -Sí, señor. La famosa paideia. E igual que ella, buscaría yo una imagen ideal del hombre sin la cual es imposible una cultura humana2. Y tal vez se trate de una utopía no imposible del todo. Así lo decía Platón. -Habría que empezar por enseñarles algo de educación. -La mala educación, las procacidades y demás, se utiliza cuando no hay argumentos. Y los políticos, como algunos monjes de la edad media, tienen pánico a lo que se llamó horror vacui. Para ellos el silencio es la derrota. Y ante él recurren a lo que tienen a mano, y para lo cual no hace falta ir ni a una escuela rural: al insulto. -No hace mucho -dijo llenando las copas antes de que se calentara el vino- vi algo que me llamó la atención. Un claro ejemplo de la imbecilidad de algunos: en una cancha de baloncesto, al aire libre, con las redes arrancadas de los aros, por supuesto, en uno de ellos habían colgado un carrito de la compra de esos que hay en los supermercados. No debió de resultar nada fácil subir el carro al aro y colgarlo del mismo. Calculo que harían falta dos o tres personas para ello. Si esos esfuerzos los hubieran dedicado a otras cosas, otro gallo nos cantaría. -Desde luego. Es lo que proponían los griegos: que cada uno haga aquello que puede mejorar a la ciudad, hacerla mejor y más bella. -Sí; pero como sabe, eso de que cada uno haga lo que pueda, ha sido una consigna del presidente de este país más maleducado, embustero y zarrapastroso de cuantos hemos tenido. -Sí, lo sé. Soy consciente de ello. Y por cierto, quien no participaba en los asuntos de la ciudad era un idiota, un ἰδιώτης, alguien centrado en sus propios intereses y en nada más. -De eso tenemos una buena cosecha. ¿Y alguna idea, dado que usted es magister, para corregir la idiotez? -Tengo una amiga que trabaja en un instituto -le dije tras llenar las copas-. Esta mujer cree que para que los ciudadanos respeten su ciudad, la deben conocer. Todos los años, en consecuencia, organiza excursiones con los alumnos. Con ellos recorre la ciudad romana, la musulmana, la renacentista, la barroca… Incluso los lleva a ver las lápidas que todavía se conservan en ciertas paredes de la ciudad. En latín y en griego. -¡Qué interesante! -Lo sería -dije apurando las últimas gotas de vino- si algunos padres, muy preocupados por la educación de sus tiernos retoños, no hubieran protestado. Ya sabe: esas cosas no las preguntan en las pruebas de acceso a la universidad, ni en ningún sitio. No sirven para nada. Tan inútiles como conocer los doce trabajos de Heracles entre los que se incluye la limpieza de los establos del rey Augías, del que ya le he hablado en más de una ocasión. -Y así tenemos lo que tenemos. Sólo nos queda la esperanza, y parece que lleva buen camino, de que la imbecilidad, cuando estalla, tampoco conoce límites. Y, al final, el abuso trae la cuenta. Una imbecilidad o una falsa acusación no se puede mantener hasta el final. No todo el mundo comulga con ruedas de molino. -Pues entonces no hay más que hablar. Tampoco fueron todos los padres quienes se opusieron a las salidas organizadas por mi amiga con los alumnos. A algunos aquellas iniciativas les parecieron muy interesantes. Otros, como siempre, iban con el famoso sonsonete de ¿eso para qué sirve? -El otro día estuve recordando una vieja entrevista que le hicieron a Jorge Luis Borges. Tras dar una charla, alguien le preguntó que para qué sirve la poesía. ¿Para qué sirve un amanecer? -le respondió Borges. -Me encanta. Yo, cuando he podido, he ido con mi amiga a participar en esos recorridos. Una maravilla. Sirven, y mucho. Como la buena educación. -Sin ella no estaríamos usted y yo aquí bebiendo buen vino y teniendo charlas harto transcendentes. -Mejor esto que ver partidos de fútbol, ¿no? -Por supuesto. Por cierto, mañana pongo yo el vino. Una marca nueva recomendada por un enterado. Y que el Señor nos coja confesados. -Sea.1Eurípides, Helena, 1010. en Tragedias III, Cátedra letras universales, Madrid, 2018. Traducción de Juan Miguel Labiano.2Werner Jaeger, Paideia,cap. La República I, Fondo de Cultura Económico, Madrid 1981. Traducción de Wencelao Roces.