UN VINO AÑEJO
UN VINO AÑEJO
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Si un día fui joven, ahora empero la vejez me persigue1. Homero, Ilíada. Bajé a su casa, llevando una excelente botella de vino, sabiendo que en ningún caso lo iba a molestar. Pero aun así, y en la puerta, me disculpé, sonriendo, por si mi presencia interrumpía alguna diversión más o menos confesable. -Ignoro -le dije sin cruzar el umbral- si televisan algún partido del mundial de fútbol, y si usted lo está viendo. Si molesto, me voy. -Sí -me contestó sonriendo y arrancándome la botella de vino de las manos- los estoy viendo todos; que venga usted ahora es un incordio: me veo obligado a atenderlo y a apagar la tele. Justamente cuando la cosa estaba en lo más interesante: en la pausa para los anuncios. Dicho lo cual, me cogió de un brazo, me hizo entrar de un tirón, y se fue a la cocina a por el sacacorchos. La televisión estaba apagada. -A veces -me confesó una vez nos sentamos y llenó las copas- veo algún partido de fútbol o alguna competición. Pero, querido amigo, nunca tengo paciencia para ver terminar ninguna confrontación: duran demasiado, son muy largas. ¿Es usted aficionado a estas cosas? -No, no lo soy. Yo cuando me canso de leer, oigo música o, sencillamente, me dejo caer en la cama o en el sofá. Por regla general me suelo dormir. Y, la verdad, sueño, sueño mucho. Tumbado en la cama mi subconsciente me cuenta unas películas increíbles. -Yo procuro no dormir durante el día, sobre todo cuanto tengo cita en el ambulatorio, pues luego me levanto muy tarde, y no llego a donde debo llegar. Además, me gusta madrugar, y más ahora con estos calores. Por la mañana todavía se puede respirar. Y, dígame, cambiando de tema ¿qué proyectos tiene para este verano? -Ninguno. Un compañero me ha propuesto irme con él de viaje, pero no me apetece lo más mínimo. Quiere ir a Pompeya, ahora, con el calor que pega. -¡Hombre! -exclamó- yo creo que si París bien valió una misa, Pomeya tal vez no desmerezca por unas gotas de sudor. -Tal vez; pero esas gotas de sudor, litros, al menos en mi caso, comportan un malestar físico pronunciado. Y no creo que valga la pena ir a sufrir a ningún sitio. -En eso tiene razón: no vale la pena padecer. Máxime cuando hay tanto libro y documental sobre Pompeya. No es lo mismo, pero tampoco es despreciable. -Le he propuesto a este compañero irnos cuando nosotros tenemos fiesta, y otros no: en fallas o en pascua. Entonces no hace tanto calor y no hay tanta gente por las ciudades, sean antiguas o modernas, o viceversa. -Eso es horrible. Alguna vez he visto reportajes de gente yendo a la Acrópolis de Atenas, subiendo por la montaña con un sol que asa castañas; y, la verdad, no creo que se enteren de nada, ni que lo pasen medianamente bien. -El turismo se ha convertido en un negocio más. Y todo el mundo se cree obligado a ir a donde le dicen para hacerse la foto. -Es increíble -dijo llenando las copas de nuevo- cómo se puede manejar a la gente, zarandearla y llevarla por aquí o por allá… Por eso mismo, llega un momento en el que uno no se cree nada de lo que oye, o casi. ¿Cuántas veces, por ejemplo, ha anunciado Trump que ha ganado la guerra, que se ha firmado la paz y se va abrir el estrecho de Ormuz? -Algunos políticos, jueces y periodistas, como dicen en mi pueblo, mienten más que alientan, y alientan más que una puerca criadora. -¿Qué opina usted de todo esto de las joyas incautadas al ex presidente Zapatero? -me preguntó sonriendo-. Y disculpe por meterlo otra vez en terrenos poco agradables para usted. -Opino lo que ya le he dicho en más de una ocasión: que este país cada vez se parece más y más a los establos del rey Augías. Hay gente que, como los escarabajos peloteros, necesitan de la mierda, con perdón, para vivir. -¿No cree que puede ser cierto que el ex presidente haya formado una especie de red corrupta? ¿No tiene dudas al respecto? -¿Se acuerda usted de aquel cuento de Pedro y el lobo? Aquel en el cual Pedro siempre está asustando a los pastores con la broma de la llegada del lobo. Tantas veces lo dice, siendo falso, que cuando es cierto, nadie le hace caso. Y el lobo se zampa a sus corderos. -Sí, eso está bien; no debemos bajar la guardia. -¿Qué quiere decir con eso? La corrupción en este país es endémica, sistemática. Va con el cargo. Muchos políticos, sobre todo los de derechas, se creen que el país es suyo, y aplican aquello de “Dios me meta donde haya, que yo ya me tomaré”. Y lo siguen a rajatabla. ¿Y qué hacen los superiores? Hacer la vista gorda. Acusar a los otros de lo que hacen ellos. Los establos de Augías se les quedan pequeños. -Por eso yo he pensado que el caso de las joyas de Zapatero, como el del hermano del presidente actual, y el de su mujer, es hacer carne, tratar de derrocar a un gobierno al que no se derrota por las urnas. O también, citando otro viejo dicho, yo también sé algunos: “la que es puta, no quiere serlo sola”, ¿comprende? -Comprendo. -Además, luego están los jueces y periodistas, tan corruptos como ellos, que acaban de adornar el pastel. -Por eso hay que andarse con pies de plomo tanto con las noticias como con las condenas y absoluciones de los jueces. Es lo mismo que pasaba en Roma: cuando regresaba a Roma un gobernador, tras haber gobernado una provincia, debía rendir cuentas… La mayoría de ellos robaban a mansalva en su territorio con impuestos, gravámenes o sencillamente despojando a quien tuviera un mínimo de capital o estatuas o algún bien. Los acusaban de traición, y ya estaba todo justificado para arrebatarles cuanto tuvieran. Pero, claro, en la Ciudad Eterna, a la hora de rendir cuentas, los juzgaban otros senadores, viejos gobernadores, que habían cometido las mismas fechorías que ellos, o peores. Se absolvían unos a otros, o se daban tiempo para huir, como en el caso de Verres. Hecha la ley, hecha la trampa. -No hemos avanzado ni un ápice. Damos vueltas y más vueltas, y siempre estamos en el mismo sitio… Me gustaría exiliarme, irme a vivir a otro lugar… -Es inútil: vaya donde vaya se encontrará con lo mismo, o con situaciones parecidas. No se crea nada de lo que le cuentan de otros países u otras latitudes. También hay un refrán muy ilustrativo al respecto: “de largas tierras, largas mentiras”. -Tiene razón. A veces -dijo volviendo a llenar las copas- creo que he vivido demasiado. Me gustaría, aunque fuera por una sola vez, recuperar aquella inocencia de mis pocos años, aquella admiración por la gente que salía en la televisión y defendía una idea o algo, y no mentía. O yo no me daba cuenta. -¿Quién dijo aquello de quien añade sabiduría añade dolor? Nada se da gratis, señor mío: siempre hay que pagar un precio. Es la vida. Ahora bien, hay cosas por las que bien valen sufrir, sudar, y gozar. No lo olvide: también la sabiduría es un gozo. O el conocimiento, si quiere. Y no hace falta ir a Pompeya y empaparse la camisa de sudor por sus calles para adquirirlo -Tiene razón. Además, me he dado cuenta, a lo largo de mi vida, de que es cierto aquello de que “quien a buen árbol se arrima, buena sombra lo cobija”. Lo digo porque este vino que, tan generosamente ha traído usted, es excelente. Se nota -dijo riendo- que ha tenido usted un buen maestro. Se ha arrimado a un buen chopo. -Y yo he sido un buen discípulo. -Indudablemente. Faltaría más. -Hay una imagen que siempre me ha llamado mucho la atención. Es de Séneca; pero seguro que con el tiempo la he modificado. Venía a decir que quien se mete en una droguería, sale de allí con inmejorables efluvios y perfumes. Yo siempre procuro meterme en buenas droguerías. O, cuando voy de viaje, en esas tiendas de especias de variopintos colores, donde todos los sacos están abiertos, y huele todo de maravilla. -¿Equivalen los libros a esas droguerías o tiendas de especias? -Tal vez, tal vez sirvan siempre y cuando uno esté dispuesto a dejarse empapar, y tenga criterio para separar las buenas esencias de aquellas que no lo son. Eso creo que se aprende con la vejez. -¿Usted cree? Yo me he hecho muy mayor, y, la verdad, no me veo más sabio o inteligente de lo que era antes. -Una persona que es capaz de vivir sola, y estar a gusto consigo mismo, no es nada despreciable. Y si no se acerca a la sabiduría, poco le falta. -Al final -dijo sonriendo y mostrando que no quedaba vino- me va a arrancar las lágrimas. No siga. Eso sí. Traiga mañana cuando venga otra botella de vino como esta. Está de muerte, como dicen ahora. -Cuente con ello. Es un vino que, según me dijeron, tiene su misma edad, la de usted. Así que, como podrá ver, hay personas y vinos que aprovechan el tiempo. Que viven, y ayudan a los demás a hacerlo. -No siga, no siga, que me hará llorar. -Pues ahora, querido amigo, a ver la tele. Seguro que retransmiten algún partido de fútbol que vale la pena. -Ale, ande y váyase a dormir. -Buena falta me hace. Buenas noches. Y mañana más vino de su quinta. -Buenas noches.1Homero, Ilíada, IV, 320. Abada editores. Madrid, 2016. Traducción de F. Javier Pérez.