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Porque la historia nos enseñó que "Peón por Rey", cambian los nombres, pero el juego es el mismo: siempre hubo quienes mandaron y quienes pusieron el cuerpo, siempre hubo "Masacre en el puticlub" de las promesas rotas y "Salando las heridas" seguimos caminando, cargando en el pecho "Banderas rojas, banderas negras", todo lo que luchamos, todo lo que perdimos, todo lo que soñamos. "Juguetes perdidos" fuimos y somos, piezas que se mueven en un tablero ajeno, pero que nunca dejaron de sentir que "Esa estrella era mi lujo", la esperanza de que alguna vez la rueda gire de verdad.
Y hoy, que el adiós se hace canción y se va quien supo cantarnos todo lo que nos pasa, nos damos cuenta de que en cada letra estaba cada uno de nosotros. Desde "El pibe de los astilleros" la "Hija del fletero" y hasta el que busca refugio en "Un poco de amor francés", desde el que grita rebeldía hasta el que sufre en silencio, nadie faltó en esta despedida. Su obra fue el mapa de lo que somos: habló de "La bestia pop" que nos consume, de "Nuestro amo juega al esclavo" como regla diaria, y nos dijo que "La dicha no es una cosa alegre", sino algo que se construye con lo que somos. Al irse, se lleva la voz, pero nos deja grabado que "Nadie es perfecto", pero todos somos parte de esta historia; y mientras quede un latido que diga "Aquella solitaria vaca cubana" o recuerde que "Gualicho" es el poder de creer, sus palabras siguen vivas, preguntando siempre: ¿Será posible esta vez? Llegar hasta aquí no fue fácil. Villa Dominico se transformó en el centro del mundo, un lugar sagrado que no necesita sellos oficiales. De todas las puntas del país, dejando rutas largas y caminos duros, llegaron miles: del norte, la costa, ciudades industriales y pueblos chicos donde también sonó esa música que nos hizo crecer. No hubo acto oficial ni lugar designado por el gobierno nacional --- si el de la provincia--, ninguna autoridad legislativa cedió espacio en el Congreso, un lugar que nos reúne a todos, ni puso nombre a este momento desde la comunicación oficial, se prefiere ignorar, fingir que no sucede. Como tantas veces con su obra, esta despedida fue "Tarea fina", hecha a pulmón y entre todos, porque lo que se vive acá es solo de la gente. La multitud ocupa calles y esquinas, una marea humana que se abraza sin conocerse, como si todo fuera una sola casa grande. Se ven camisetas viejas, banderas desvaídas, carteles hechos a mano. Se respira dolor, pero también esa fuerza que él despertó: la de "Yo caníbal" cuando se trata de comerse la vida, la que nos enseñó que "El arte del buen comer" es disfrutar lo que es nuestro. Acá no hay jerarquías: el que vino en auto y el que vino a dedo, el que trajo comida y el que solo trajo recuerdos, todos son "Herederos del whisky" y de la memoria colectiva. Están ahí, parados, devolviéndole todo lo que él dio: poner palabras a lo que sentíamos, decirnos que "Un ángel para tu soledad" siempre aparece si uno sabe mirar. Todo se llenó de cuerpos y voces que cantan bajito, entendiendo que este encuentro es el último abrazo de una familia formada al ritmo del rock. La fila para despedir al Indio supera los 9 kilómetros, pero el dolor va más allá de los casi 3 millones de kilómetros cuadrados del país. Hubo otras despedidas multitudinarias —la del Diego, la de Néstor, la de Alfonsín, la de Perón— pero esta supera lo imaginable y se extenderá tres días, para que nadie quede sin despedirse. Terminó la vida del Indio, pero comenzó su camino del héroe. Hoy no tengo críticas ni objeciones —aunque toda figura popular puede tenerlas—, solo, como radical de Alfonsín, una reivindicación: alguna vez dijo el Indio que la política más capacitada y que mejor entendía lo que pasa era Cristina Kirchner, y agregó: “pero se juntó con los Radicales y ellos siempre nos cagan…”. Más allá del hecho puntual por el que dijo eso, quiero recordar que los radicales del siglo pasado fueron quienes sacaron a los conservadores de la derecha del poder. Hombres comunes, militantes, que se enfrentaron a las armas de la policía y el ejército en la Revolución del Parque; así se llegó al voto universal masculino, luego a los derechos laborales, a la YPF de Mosconi. Hombres como Frondizi, Illia, Balbín y Alfonsín. Es verdad que ya no los tenemos, ni tampoco tenemos liderazgos populares, pero la UCR sigue siendo el primer partido revolucionario que desplazó el modelo de derecha, y cuenta con sus militantes. Los términos izquierda y derecha surgieron en la Revolución Francesa: para frenar la violencia se reunieron en el parlamento, y a la derecha se sentaron la realeza, la aristocracia, el clero y el poder económico; a la izquierda, comerciantes, obreros, estudiantes y el pueblo. El mensaje de toda la trayectoria del Indio —poner el poder en lo popular y no dejarse controlar por el poder económico concentrado— debería ser fácil de sentir si tan solo se piensa en la historia. Alguien que murió y hoy volvió a ser energía, una energía que nos abarca a todos, se convirtió, en su camino del héroe, en el líder de esta revolución. Una revolución que no será violenta, ni armada, ni de odio —que es el instrumento que siempre usa la derecha—. El liderazgo está en la energía del Indio, y la revolución será de conciencia. Para entender cuál es el modelo de crecimiento, inclusión y bienestar para la gente.