Sabios censores y otros buenos señores

SABIOS CENSORES Y OTROS BUENOS SEÑORES

 

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Mariano José de Larra, Don Timoteo, o el literato.

Aquella tarde, con el vino ya refrescado en la nevera, se me ocurrió preguntarle si no tenía parientes, primos, hermanos, o alguien cercano. No porque me molestara, llegado el caso, cuidar de él, llevarlo al hospital o hacerle compañía, que no me molestaba, sino por mera curiosidad.

-Sí, tengo familiares -respondió con una media sonrisa- pero han terminado todos reñidos con todos. Por tonterías. Por dichas tonterías apenas si conozco a algunos de mis primos. Eso me ha llevado a reprocharles a mis padres y a mis tíos, en ausencia, más de una vez, su falta de visión y de empatía: no tenían ningún derecho a separarnos a los primos. Ninguno.

-Bueno -dije viendo cómo llenaba las copas-. Se pueden reunir ahora y ganar el tiempo perdido.

-Sí, tiene razón; pero, la verdad, no me apetece nada de nada. No los conozco. ¿De qué voy a hablar con ellos?

-De política -dije sonriendo abiertamente- es su tema preferido.

-Por lo poco que sé, mis allegados no son de mi misma cuerda. Y ya sabe que, en reuniones familiares, hablar de política es muy peligroso. Hacerlo con usted, por el contrario, es muy divertido: debería ver las caras que pone.

-Es un problema que siempre he tenido: no sé disimular. Ni sirvo para espía ni para diplomático.

-No todos servimos para todo. Yo, por ejemplo, no podría ser torero. Podría servir de asesor a algún político progresista, suponiendo que me necesitara; y, sobre todo, que la gente a la que iba dirigida mi mensaje, en su nombre, lo captara.

-Si los mensajes no son muy complejos y no están encriptados, como se dice ahora, seguro que algunos los comprenderíamos. No le quepa duda.

-Si yo le dijera a usted que la historia se repite, que siempre sucede lo mismo, una y otra vez, usted lo comprendería: ha leído muchos libros de historia, y conoce muy bien la historia de la antigüedad. Ahora bien, ¿lo comprendería el común de los mortales?

-Tal vez dependa de cómo usted lo planteé…

-Sí, tal vez. Tal vez habría que empezar por enseñarles a leer; y hacer, luego, que leyeran libros de calidad, y no cualquier cosa.

-Ya sabe: antes la gente no leía porque no sabía, y ahora que sabe no lee porque todo es un rollo. Pero supongamos que le van a hacer caso, y van a leer, ¿qué les recomendaría?

-El otro día vi una foto, en un periódico digital, en la que aparecían, por turno, los tres elementos de la derecha y de la extrema derecha de este país apretando la mano derecha, entre sonrisas, del embajador de EEUU en España. Y recordé que, no hacía mucho, un egregio torero, que nada tiene que ver con aquel otro llamado Ignacio Sánchez Mejías, invitó al presidente de EEUU, tras la invasión de Venezuela por parte de éste, a hacer lo mismo aquí, en su país. Lo invitaba a bombardearlo. Imagino que sin dañar las plazas de toros.

-Delirios de estúpidos y necios. No creo que se pueda calificar de otra forma.

-Sí, tal vez; pero yo me acordé de una de mis lecturas favoritas, una lectura que hoy, aquí, no hace casi nadie, o tal vez, nadie: los Episodios nacionales, de don Benito Pérez Galdós. Y me acordé de uno de ellos en especial: Los cien mil hijos de san Luis. Entonces, en 1823, los realistas, los patriotas de hoy en día, sin adornos patrios, todavía no se había inventado la moda de la pulserita con la bandera del país, abogaron por una invasión francesa para restaurar el absolutismo… Y es de risa: poco antes, los padres de Larra, Goya, y no sé cuántas personas más, ante las derrotas napoleónicas, tuvieron que huir del país por afrancesados, por ayudar a los gabachos a hacerse con el poder, pues pensaban que con ellos entraría la razón, el saber; se acabarían la Inquisición y el clero, como hizo José Bonaparte en Madrid, y España se modernizaría. Por supuesto, fueron perseguidos. Y tuvieron que exiliarse. Y los patriotas de alma recia, apoyados por aquellos cien mil hijos, de cuya madre no se dice nada, restauraron el absolutismo dando comienzo a la Década Ominosa. Eso mismo se pretende ahora. Con el apoyo de otros cien mil hijos patrios y alguno extranjero.

-Creo -le dije en tanto descansaba y se refrescaba el gaznate- que hoy en día una situación así sería imposible. Europa no lo permitiría, creo.

-No esté tan seguro -replicó llenando las copas de nuevo-. Usted sabe perfectamente que los tiempos cambian, y los métodos también. Hoy seguramente no hacen falta ni cien mil hijos sin madre, ni nada por el estilo. Está la informática, los periódicos, los bulos, los jueces, los burdos intereses de las almas recias, y de otras que tal vez no sean tan recias, pero tienen fuertes intereses. Sin olvidar a la Justicia, que en este país es de todo menos justa. Y que en este corralón lleno de sol pocos indígenas leen y muchos utilizan la cabeza solo para topar. Y las manos para robar y llevar pulseritas con la bandera nacional.

-¡Vaya! -exclamé- creía que el pesimista del grupo era yo. Y mira por donde…

-Ni todos los tiempos son uno, ni uno está siempre del mismo humor.

-En eso tiene razón.

-Pero dejemos a los hijos de san Luis, que de tan casto y puro como era engendró cien mil hijos, ni más ni menos, y hablemos de otras cosas, también de mi interés, y espero que también del suyo.

-Soy todo oídos. Pero me llama la atención, eso de san Luis. Su proeza no la ha logrado ningún sultán aun teniendo todo un harén de bellezas sin tocar al alcance de sus negras manos, o de otras cosas. Pero dejémoslo.

-Mejor así. El otro día un viejo amigo me invitó a almorzar. En tanto lo hacíamos, me recomendó, todo entusiasmado, una serie que están pasando por un plataforma, ¡Dios, qué nombre más ridículo! de televisión. Durante todo el almuerzo, hasta el café, me estuvo hablando, gozoso y contento, de la serie. Se titula La casa de los espíritus, y está basada en la novela de Isabel Allende.

-Ayer mismo la estuvo recomendado una compañera…

-Ya. Ante tanto entusiasmo nada más llegar a casa me puse a verla. Y la verdad, me gustó. Pero no sé si en el tercer o cuarto capítulo, por cada cinco minutos de película, metían cortes con cuatro o cinco anuncios. Al segundo o tercer corte, apagué la tele. Ya no sabía si estaba viendo una película o una serie interminable de anuncios. Que para más inri siempre eran los mismos repetidos hasta la saciedad.

-Sí, es una pesadilla esto de los anuncios. Recuerdo un chiste de Forges: el reo está, en medio del patíbulo, con la cabeza en el tronco de madera, y el verdugo con el hacha preparada, cuando un fraile irrumpe por allí con una gran cartelón invitando a la gente a apuntarse a la IV cruzada. “Odio los cortes publicitarios” dice el reo.

-Yo también. Vale que hagan un anuncio o dos; pero tantos… La cuestión es que, harto de cortes, de anuncios de perfumes, de gafas y de no sé cuántas cosas más, apagué la tele y busqué el libro. Di con él. Una edición antigua, pues me lo regalé el día de mi trigésimo cumpleaños… No recordaba nada de la novela. Pero comencé a leerla, y comencé a disfrutar.

-Me alegro de ello -dije volviendo a llenar las copas.

-Mucho mejor que la película, no siendo esta nada desdeñable, al menos hasta donde alcancé. Y entonces, querido amigo, volví a acordarme de los hijos de san Luis y los patriotas de alma recia.

-Deseo y espero que eso no se convierta en una obsesión.

-Esperemos. Recordé, leyendo La casa de los espíritus, haber leído una entrevista con su autora, con Isabel Allende. Esta, de alguna forma, se felicitaba porque su novela estuviera prohibida en EEUU.

-¡Dios mío! -exclamé- siempre la misma historia: gente bien pensante y de cerebro más diminuto que una lenteja diciendo a los demás lo que deben hacer o leer.

-Eso pensé yo. ¿Quién se creen que son estos tipos? ¿Qué derecho tienen a privar a nadie de un libro o de una teoría? También estuve viendo un programa, por la tele, en la que varios habitantes de un pueblo de Estados Unidos, debatían sobre los libros que iban a prohibir en los colegios. Una panda de necios engreídos. Y, además, insisto: ¿Quienes se creen que son? ¿Qué derecho tienen? Son como eran mis familiares: ¿qué derecho tenían a separarnos a los primos? ¿Y sabe? Estados hay en EEUU donde está prohibido hablar de la teoría de la evolución… Hay una película al respecto, basada en hechos reales, pero creo que ya le hablé de ella.

-Sí, la recuerdo. Condenan a un maestro por hablar a sus alumnos de Darwin1

-En efecto, eso es. Tiene buena memoria.

-Le garantizo, querido amigo -dije apurando el último trago- que no hay nada peor que esa gente que se cree superior y digna de dictar leyes y órdenes a su gusto, que no al de los demás.

-Dignos del fuego eterno, si este existiera. Por privar a los jóvenes de las bellezas de muchas cosas, entre ellas de las páginas de la novela de Isabel Allende, La casa de los espíritus.

-Entre ellos, las almas recias y los de san Luis, estamos apañados.

-A veces me dan tentaciones de exclamar aquello de “¡Padre, padre ¿por qué me has abandonado?!”

-No desespere, querido amigo, no desespere.

-No, no lo hago. Al menos nos quedan muchas botellas de buen vino, y muchos libros sin cortes publicitarios entre sus páginas.

-Razón tiene. Como siempre. A ellos nos dedicaremos.

-Con ahínco y cariño.

1Se trata de la película de 1960 Inherit the Wind, La herencia del viento, de Stanley Kramer.

UNETE



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